Ojos de Lobo
viernes, 24 de diciembre de 2010
Carta VI El Perdón... (1ªparte)
Ojos de Lobo
viernes, 17 de diciembre de 2010
Los peligros del café caliente
martes, 14 de diciembre de 2010
Carta V Buen Camino... (9ªparte)
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Una explicación
domingo, 19 de septiembre de 2010
Carta V Buen Camino... (8ªparte)
domingo, 12 de septiembre de 2010
Carta V Buen Camino... (7ªparte)
Al fondo, aquello que parece una iglesia que parece un castillo, el albergue de peregrinos de Cizur Menor, antigua encomiendo de los Caballeros de Malta.Un lugar así, no se encuentra todos los días
Ojos de Lobo
"Por eso, Cizur significó el más ansiado oasis que nunca habría imaginado. Y como en el árido desierto, el paraíso de este lugar ha sido el agua. ¡Cuántas veces, en mi niñez, habré dicho a mi madre que no quería ducharme! Cómo cambian las cosas.
A esto hay que sumarle la comida. Carlos y yo nunca habríamos imaginado encontrarnos con una cocina tan bien acondicionada en la que poder cocinar (cómo si fuera algo del otro mundo). ¡Qué sonrisa ha florecido en mi semblante al ver como los filetes chisporroteaban en la sartén y la sopa humeaba en aquel cacillo deformado! Cuchillos, tenedores, un vaso en el que beber agua sin limitación… ¡La tierra prometida, querida mía!
Además de eso, lo más interesante que aún le faltaba por vivir a la Compañía del Camino era la tarde de relaciones públicas que le esperaba. Como quizá hayas adivinado tras esos meses a tu lado - esas horas en las que pude nadar sin temor en el manantial de luz que es tu mirada -, soy una persona a la que la soledad, a veces, es fiel y buscada compañera. Pero a pesar de eso, en esta aventura nunca viene mal encontrarse gente como tú, peregrinos, con los que quizá lo único que compartas sea la meta pero con los que seguro compartirás, al menos, vuestra soledad. Y no me negarás que una soledad compartida es casi como un amor que florece, nunca sabes hasta donde llegará, pero seguirá creciendo mientras sol y agua, vuestras soledades, lo alimenten.
Las nuevas soledades han llegado, en primer lugar, de la mano del Hospitalero, el individuo que está al cargo del albergue de peregrinos. Aquel hombre, que hoy recuerdo con un cariño enorme, era tan cordial y tan amistoso que daban ganas de llevártelo en la mochila. Era como si nos conociera de siempre, como si con sólo llevar el apelativo de peregrinos ya fuésemos como parte de su familia. A decir verdad, fue así precisamente como me sentí, integrado en esa familia, ahora que la mía estaba lejos y la añoraba con todas mis ganas.
Además, hablé con la primera peregrina española: una chica catalana, de aspecto peculiar, que me ha parecido algo sosa pero que al menos ha sabido seguirnos la conversación con inteligencia y desparpajo. Sin embargo, en ese momento lo más impactante y a la par interesante de aquella mujer fue su arpa de boca. Un instrumento muy escuchado en esas películas del oeste que tanto odio, pero que cuando tú mismo lo tocas resulta divertidísimo.
Y Cizur seguía guardando sorpresas relacionadas con las más extrañas melodías. Ulrich, el que amistosamente se hacía llamar Uli, era un chico alemán con rastas, rubio y de ojos azules que era todo un poema para la vista. Estaba claro, querida mía, que hoy nos tocaba conocer a gente rara. Aunque… ¿acaso no lo éramos nosotros? Pero para raro el aparatoso instrumento musical que Uli llevaba consigo siempre, durante todo el Camino. Un arpa de boca, una flauta, son fácilmente transportables pero no lo es tanto un Didjeridú, que no es otra cosa que ese instrumento originario de Australia y que, básicamente, es un tubo de más de metro y medio de largo por el que se sopla y se obtiene un sonido deliciosamente inconfundible y que seguro habrás escuchado, mi niña.
Con este panorama tan prometedor y después de darme cuenta de que eso de hablar inglés no es para el que sabe, sino para el que menos vergüenza tiene, cómo iba yo a imaginar que el atardecer, que la puesta de sol, me iba a traer aún más sorpresas. De nuevo, mi vida, me quedaba mucho por aprender de los vericuetos del destino. Y hoy día, tanto este peregrino, que te adora, como tú misma, de sonrisa embrujadora, seguimos aprendiendo del destino… ¿o no?"
(...)
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Carta V Buen Camino... (6ªparte)
"Así, con un par de kilos más en la espalda y con el ánimo renovado, encaminamos nuestros pasos hacia la meta de aquel día: Cizur. El sol se apostaba en lo alto del cielo con un poder indecible pero comprensible a las dos de la tarde de aquella jornada de Julio. La despedida de Pamplona no podría haber sido más paradójica: lo último que contemple al dejar atrás la ciudadela fue la feria, extrañamente parecida a todas las que he visto hasta ahora. Lo último que escuche al dejar atrás el bullicio de las calles empedradas fue el agudo soniquete de esas tómbolas en las que siempre toca algo.
Una despedida tan pobre sólo podía presagiar un mal final. No voy a deleitarme en describir demasiado aquella hora que se me hizo interminable, porque mi mano hoy está más cansada que de costumbre. A pesar de ello, mención se merece, sin duda. No te lo vas a creer, Laura. Yo todavía no puedo o no quiero creerlo, y mira si ha pasado tiempo desde entonces y cómo los vientos han desdibujado mi ser y mi pensamiento. Pues bien, un cúmulo de cosas ha hecho que, durante unos minutos, me planteara el abandonar, el dejarme caer y quedarme allí con la esperanza de que algo sucediese y que me permitiera llegar a ese pueblo que ya se veía en la lejanía. El calor era insoportable y no había una sola sombra bajo la que poder cobijarse, el peso de la espalda se me clavaba en los huesos y en algunos momentos me impedía respirar, el duro asfalto hacía que a cada paso que daba el dolor de mi pie se hiciera cada vez más insufrible, un dolor que ya empezaba a afectar a gran parte de esa pierna. Todo eso enmarcado en un andadero al pie de la carretera sin ningún atractivo que pudiese desviar la atención de este peregrino agonizante. Me creerás exagerado, lo sé, querida mía, pero era tal la desesperación y las trabas que estaba intentando superar que ni en mi peor enfermedad había sufrido tan intensamente. Quizá viviera momentos de mayor dolor, pero no de un dolor que llegase tan hondo. Y eso que aún no sabía lo que me esperaba.
El bordón sujetaba casi todo el peso de mi cuerpo cuando apoyaba el pie izquierdo, pero ni con esas conseguía frenar las imágenes de fracaso que se amontonaban fundidas en el ardiente asfalto. ¿Sabes lo que hice? Aceleré el paso. Sí, eso acrecentó la tortura, pero así la hacía más efímera.
Momentos como este, te lo aseguro, los tenemos todos, y el que quiera negarlo sólo se engaña a sí mismo. Sólo quiero decirte que, cuando te asalten a ti, recuerda que yo continué mi camino, que no me rendí ante lo que parecía un final seguro. Lo sé, lo mío es más fácil. Pero también sé que tu resistencia supera a la mía con creces y aunque sea por puro amor propio estoy seguro de que, en esos momentos de penumbra, pensarás para tus adentros: “a mí no me tumba nadie”. Y si alguna vez lo dudas, aquí está tu peregrino, para envolverte en el consuelo y recoger esos pedazos de fortaleza que te devuelvan la esperanza. Que me devuelvan a ti. "
(...)
sábado, 4 de septiembre de 2010
Carta V Buen Camino... (5ªparte)
Yo no llevaba colgando un anillo al cuello, pero sí que te llevaba a ti en mi mente, una carga mucho más liviana y a la par tan especial como aquella.
Pues bien, Pamplona estaba en fiestas. Ya lo vi la primera vez que llegué y parece que nada había cambiado, que el tiempo se había congelado y volvía a andar, ahora que yo le retaba a seguir caminando. La impresión ha sido, por ello, casi la misma. Me ha vuelto a sorprender la indumentaria: te puedo decir que de cada diez personas que caminaban por la calle, siete de ellas vestían pantalón blanco, camisa a juego y pañuelo rojo al cuello. Me arrancó una sonrisa el ver a un cartero montado en su moto de reparto, tan amarilla como los rayos del sol, vestido de blanco con pañuelo rojo y faja del mismo color. Un auténtico San Fermín.
Es lo que antes te decía de implicarse, de apasionarse con algo.
Además de esto, de las tres personas que no iban de pamplonicas, dos de ellas iban vestidas al más puro estilo de los años 80: punk, heavy o incluso alguna campana se colaba en aquellos pantalones de flores. Un desfase total, tanto temporal como festivo. Te apuesto la cabeza, y no la pierdo, a que la mayoría ni había dormido o se acababa de levantar a las 2 de la tarde. Pero eso sí, todos con sus litros en la mano como fieles compañeros. Y yo con un simple bordón… ¡qué ironías!
Inconvenientes: olores nauseabundos en las calles, abarrotamiento allá por donde pasas, ruidos, borracheras que se completan expulsando el banquete de la primera comunión, los sonidos aberrantes de las ferias y los jovenzuelos que durante esos días se creen que han crecido, cuando en realidad hacen las niñerías más absurdas de todo el año.
En fin, que después me acusarán a mí de falta de cordura, pero aquello parecía sacado del Jardín de las Delicias de El Bosco: miles y miles de detalles y figuras que en conjunto son una maravilla pero que en realidad son una completa locura. Lo mires por donde lo mires.
Después del breve paseo y de visitar la catedral, muy bonita pero nada del otro mundo a mi entender, tocaba el aprovisionamiento. Esta vez para dos, para la Compañía del Camino, y esta vez no en una tiendecilla de aldea donde todo parece estar carísimo, sino en el mismísimo Corte Inglés, donde no hay nada que parezca carísimo, directamente lo es.
Bendita globalización. Nunca hubiera imaginado que podría estar agradecido a no se qué personaje que se lo ocurrió poner un Corte Inglés en medio de esa marabunta de gente que transita por Pamplona. Esta vez, tenía la seguridad de que todo lo que quisiera lo iba a encontrar: leche fresca, carne para hacer en el camping gas, aceite, fruta del día… pequeñas cosas que sólo si se tienen pasan desapercibidas en el día a día. Además de esta comodidad, que nunca viene mal a un peregrino novato, he sentido la sensación extraña de sentirme como en casa. Nada tiene que ver con que considere agradables los abarrotados pasillos o las sonrientes cajeras que nunca suelen acertar a la primera con el cambio. No. Lo digo porque durante años yo viví justo al lado de un Corte Inglés, allí, el lugar que por un momento eché en falta y que ahora más que nunca añoro con nostalgia insana. Una jugarreta del destino que quería burlarse de mí y que ahora no hace sino acrecentar el escozor de la llaga que se abrió en mi pecho hace meses, quizá años… no lo recuerdo.
Ese sentimiento de cotidianeidad ha sucumbido bajo una avalancha de contradicciones nada más verme reflejado en el escaparate de aquella gran superficie del consumo. Era la primera vez que me veía a mí mismo como Peregrino, así que sobra hablarte de la ilusión, la alegría, la extrañeza y de cientos de sentimientos más que cruzaron mi mente. La escena era para enmarcar, princesa: un personajillo con una mochila desproporcionada y de la cual colgaban, como si nada, un par de calcetines y unos bóxer azul celeste. He tenido que bajarme la visera de la gorra para no volver a contemplar ese cuadro y no estallar en una carcajada mezcla de satisfacción y ridículo total.
Para eso ya estaba toda esa gente que compraba en el Corte Inglés, que nos miraba con cara de póquer. Pero a mí ya me daba igual. Estaba seguro de que no sería ni el primero ni el último ese día.
El avituallamiento ha sido, por descontado, a la carta, pero ciñéndose al presupuesto estipulado. Uno no puede despilfarrar ahora que sólo lleva dos días, pues si así hubiera sido mi aventura no hubiese durado lo que canta un gallo. Es difícil admitirlo, mi niña, pero ese comportamiento ahorrativo va en contra de mi propio carácter, siempre dispuesto a saciar su apetito de caprichos. Otra de tantas cosas que se ven desde aquí, desde otro ángulo, desde "el otro lado del espejo", desde el Camino de Santiago."
(...)
lunes, 30 de agosto de 2010
Carta V Buen Camino... (4ªparte)
He aquí las enormes murallas de Pamplona. ¿Quién podría pasar a su lado y no quedar impresionado? Realmente inexpugnables. Realmente guardianas de una promesa de alivio.Un buen ejemplo de los prodigios que puede hacer el hombre... ojalá que todas fuesen así todas: auténticas maravillas.
Ojos de Lobo
"Hasta ahora, y gracias a la Fortuna, sólo me he entretenido en contarte, de la mejor forma que soy capaz, los prodigios y maravillas que el Camino me estaba ofreciendo en bandeja de plata. La Fortuna, esa dama de ojos tristes y corazón salvaje que muda como la marea. Una vez hizo que te conociera, lo que le estaré eternamente agradecido, y esta vez sus designios iban a estropear la perfección de este viaje.
Aunque, bien mirado, en la imperfección está la verdadera maravilla, aunque el dolor sea el precio a pagar por ella. Y fue eso precisamente lo que tuve que sentir.
Empezó como un leve malestar, por lo que lo consideré tan normal como un fresco amanecer. Pero el dolor fue creciendo poco a poco y mi pie izquierdo se resentía cada vez más. Llegó el punto, justo cuando las ciclópeas murallas me cerraron el paso y enmudecieron mis leves quejas, en que empecé a cojear. Estaba perdiendo parte de esa energía que te prometí que iba a conservar durante todo el Camino, por ti y por mí.
Lo que me asusta no es que sienta una punzada de dolor cada vez que apoyo el pie, sino que puede ser sólo el principio de algo más serio. De una de esas lesiones tan frecuentes en los peregrinos y de las que había leído en mi guía.
No es comparable, lo sé, pero estoy seguro de que cuando comenzó tu pesadilla no estabas asustada por el hoy, sino por el mañana. Sólo estabas viendo la sombra del lobo que pronto te invitaría a entrar en sus fauces. Fue eso, el acordarme de ti, querida mía, aunque fuera para rememorar tu dolor, lo que me alzó de ese hoyo en el que estaba empezando a caer.
Hoy estoy seguro de que, mientras escribo estas líneas, encerrado entre cuatro paredes, mi niña de ojos profundos no batalla contra un futuro, sino contra un presente. Vive el momento y no lo que pueda ser. Porque cómo bien escuché un día, querida mía, no hay preocupación sino ocupación. Permíteme que yo me ocupe en quererte, aunque sólo sea con vanas palabras que el tiempo se encargará de borrar, si no lo haces tú antes."
miércoles, 25 de agosto de 2010
Carta V Buen Camino... (3ªparte)
"Los pueblecitos que tan maravillado me habían dejado horas antes, ahora se iban transformando otra vez, como por arte de magia, en pequeños núcleos urbanos que rodeaban a Pamplona.
Definitivamente las cosas habían cambiado. Aquel paisaje era diferente, pero no por ello dejaba de ser especial. ¿Te has planteado alguna vez cargarte una mochila de 11 kilos a la espalda, tu cantimplora colgando, vistiendo una ropa que más bien parecen jirones de ti, con una gorra de estilo cuestionable, apoyándote en un palo que repiquetea a la par que tu caminas… y ponerte a andar por Madrid? La gente te miraría como sólo saben mirar los estúpidos e ignorantes: con recelo y desencanto.
Sin embargo aquí no ocurre eso. La gente te mira y sonríe, como queriendo darte fuerzas. Los coches se detienen cuando cruzas una calle y te hacen un gesto amistoso cediendo el paso al Peregrino. Los niños que caminan junto a sus madres cuchichean al verte y entre asombrosas palabras - como sólo un niño puede fabricar - escuchas:
- Mamá, ese chico es del Camino de Santiago, ¿a que sí?
Después de haber leído ya varias cartas, incluso tú misma podrás concluir conmigo en que después de oír sus vocecillas no hay mayor satisfacción.
Ahí estaban, como un verdadero portal al Paraíso, como un titán que te da la bienvenida con semblante serio y esquivo, pero siempre vigilante.
Las enormes murallas de Pamplona eran una auténtica pasada. No sé si es que con esto del Camino no lo recuerdo, pero creo que son las murallas más altas y sólidas que he visto en mi corta existencia. Ha sido después de cruzar un coqueto puentecillo de piedra que se levantaba altivo sobre el río, cuando mi corazón se ha paralizado con tal muro. De color grisaceo, en algunas partes casi negro, y con plantas que brotaban de sus juntas, en la parte superior de la fortaleza. Lo realmente asombroso es que apenas se aprecian las líneas entre sillar y sillar, entre piedra y piedra, lo que hace que parezca una pared de una sola pieza.
Bueno, querida Laura, podría estar inventando adjetivos para aquella maravilla toda la mañana, mas estoy seguro de que acabaría cansándote, así que te invito a que tu mismas las contemples, y después compartiremos sueños.
Eso siempre."
(...)
domingo, 22 de agosto de 2010
Carta V Buen Camino... (2ªparte)
Yo vuelvo también, después de mis merecidas vacaciones veraniegas, con las ganas renovadas y con una infinidad de nuevas noticias que comunicaros. Aún así, Salva es más importante que yo mismo. Así pues... dejaremos mis confesiones para otro momento... aunque, os lo prometo, ¡son completamente increibles!
Ojos de Lobo
"Palabras. Costumbre. Sentirse especial.
Creo que no sabría continuar con mi relato sin antes no hacerte una de tantas confesiones.
Mis palabras. Tus palabras. Esas distantes compañeras. Esas completas desconocidas que se conocen muy bien. Huidizos reflejos de lo que de verdad sentimos y que tan sutilmente queda velado por esta o aquella coraza. La verdad es, mi muy querida Laura, que aún no he encontrado el modo de plantarme frente a ti - figura que provoca miles de voces que susurran contradicciones - y hablarte con la total libertad con la que debería hablar cualquier persona.
A pesar de esto, al margen de que mi voz tiemble o resulte sólo el eco de lo que me encantaría decirte, es una verdad incuestionable que paso minutos eternos escuchándote.
¿Quién pudiera ahora recuperar esas frases que tan inocentes brotaron de nuestros labios? Ojalá su mero recuerdo me diera fuerzas en mi camino. Pero lo cierto es que rememorando los días en los que tú y yo compartimos palabras, sólo el dolor de no poder volver atrás hace que no pueda oír mi voz sin despegarme de la tuya.
Sin embargo hoy, querida mía, he hecho un ejercicio de penitencia únicamente para decirte, en breves esbozos que llaman locura, lo que me hechiza de esa atractiva melodía, ese dulce runrún que evoca jardines repletos de anhelos que buscan tu nombre… ese milagro y castigo que son tus palabras.
Lo que me encanta de tus palabras es la belleza y el mimo que parece emanar de ellas sin querer, como si ésta fuera parte de tu boca. No te oculto que eso, a veces, hace que prefiera callar a contestarte, pues la sola sospecha de poder errar después de tus sentencias, me retiene. Lo de quedarme con la boca abierta y con esa sonrisa de tonto que tanto amo y odio a partes iguales, es ya una costumbre estando contigo.
Pero no es sólo eso.
Muchas veces he dicho, y que quede aquí reflejado por siempre, que vivir es apasionarse, implicarse en el devenir de los hechos que sólo son el marco de nuestra vida. Los que verdaderamente tenemos que vivir somos nosotros, y no la vida. Y esa pasión que te sobra de vivir el día a día, mi niña, se traslada con gran acierto y aplomo a tus palabras, que desde ese momento suenan como miles de corazones latiendo al unísono. Me encanta, como tantas otras cosas, pero esta es casi exclusiva de ti, algo que he visto en muy pocas personas y que espero no ver en muchas más porque de esa forma seguirás siendo tan especial.
¡Qué digo! Lo seguirías siendo de todos modos."
(...)
lunes, 9 de agosto de 2010
Carta V Buen Camino... (1ªparte)
Quinta carta que te escribo y segundo día de peregrinaje. Mediodía del 13 de Julio, caluroso pero con cierta clemencia, y testigo directo de mi aproximación a la capital navarra de los San Fermines. Antes de contemplar sus imponentes murallas, voy a detenerme un poco, como de costumbre, en un par de ideas que rondan mi cabeza y que quizá luego se desvanezcan.
Una de ellas responde al título de esta carta.
Pues bien, caminaba yo junto a mi compañero de aventuras, Carlos, justo después de tomar ese frugal almuerzo. Una construcción en ruinas y cubierta por un manto de hiedra, precioso a la par que interminable, ha servido de fondo para un par de fotos. Acto seguido, las reveladoras flechas amarillas nos han conducido hacia un desvío provisional a causa de las obras en la autovía. De nuevo la mano del hombre destruyendo lo original del paisaje. Sin embargo, ha sido un hombre, un anciano apoyado sobre su bastón y que nada tenía de peregrino, el que ha dado fuerzas a mi corazón. No ha hecho nada, no ha sonreído, no me ha mirado a la cara si quiera, sus pasos no se han detenido ni ha vacilado lo más mínimo al pasar a mi lado. Como si fuéramos espíritus errantes, querida mía. Pero nada más sobrepasarnos y dirigirse en dirección contraria a la nuestra, sus inertes facciones se han contraído para que de sus labios surgiera una frase, la frase:
- ¡Buen Camino!
No ha dicho nada más. Te parecerá estúpida, simple o incluso innecesaria, pero no sabes lo que significó para mí.
Le estaré por siempre agradecido a aquel hombre, de cuyo rostro hoy no puedo acordarme, pero que me descubrió, definitivamente, que me había convertido en un PEREGRINO, con mayúsculas. Una persona que no conoces, que jamás has visto, pero que despide respeto, compasión, amistad incluso. Una persona cuya meta es Santiago, cuya vida es caminar, cuyo escenario es algo menos de mil kilómetros a través de montañas, praderas, llanos y pueblos de encantos ocultos. Ese soy yo, mi niña. Si no me conocieras, podrías pensar que estoy pecando de prepotencia, pero lo que aquel hombre había conseguido gracias a esas dos palabras de ánimo es que, por una vez en mi vida, tuviera claro quién soy. ¿Y qué mayor satisfacción hay que saber quién eres?
Me da igual mi nombre, me da igual de dónde sea, mi edad, mi vida… sólo sé que soy Peregrino, y eso no me lo puede robar nadie, ni la escurridiza Fortuna que tanto se empeña en complicarnos la existencia.
Piénsalo, preciosa. Intenta decirte a ti misma quién eres. Si lo consigues le habrás ganado otra batalla a la vida, al tiempo, a la muerte, que ya no podrá arrebatarte lo único que nos puede quedar tras su visita: el saber quién somos, quién fuimos.
A pesar de todo, esa frase, aunque en ese momento me sonara especial - y que así fue precisamente por eso, por el momento - , se convertiría en el santo y seña del peregrino. La iba a oír y a repetir de mi propia boca miles de veces. Con cada alma que me cruzaba, con cada individuo cargando su vida a la espalda… aquellas dos palabras saldrían casi solas, convirtiéndose en una costumbre que incluso hoy no he podido perder. Una de tantas dulces llagas que me ha dejado el Camino."
(...)
viernes, 6 de agosto de 2010
Conversación a dos bandas
Mira Iván, una cosa está clara. Esto está empezando a gustarme. Pero de una manera poco... adulta. A ver si me entiendes. Lo de descifrar las cartas y eso, el tío de la capa, los pergaminos... parece de película. Y si me hubieses dicho hace unos meses: oye, te va a pasar tal. ¡Ja!, me hubiese reído en tu cara. ¡Me siento como el protagonista de una novela! Si antes nuestra vida parecía sacada de un programa de televisión... ¡ahora ni te cuento! ¿A quién se le puede ocurrir esto? Oye, pero que yo voy a por todas con Salva, con Nerón, con Laura... y con la chica esta. Sí, sobre todo con la chica.
Y otra cosa te voy a decir... algo tengo a mi favor. Lo he estado pensado. No, no es otra de mis paranoias. ¡Escucha un momento! A ver... si Salva está haciendo el Camino de Santiago con tanto ímpetu y en su día le escribió a Laura estas cartas... eso sólo puede significar que lo hizo entero. ¡Déjame que acabe! Pongamos que hace el Camino entero. Yo sé lo que es eso. Es, como mínimo, un mes. Llevo cuatro cartas trascritas... para un total de 2 días de viaje que, en mi caso, ya van tres meses... ¡te das cuenta de que a este ritmo la rubia va a tener que estar rondándome una eternidad! Ya sé que es un poco rebuscado pero... ¡no te rías, joder!
Iván, espera un momento, creo que me llaman al móvil. No cuelgues, un segundo.
¿Quién es? ¿Cómo? - tú, tú, tú... ¡es ella! ¿Quién va a ser? La rubia. Espera. - ¡Ah, perdona... me has pillado... ¡cenando... haciendo la cena quiero decir! Dime, dime - Tsss, Iván. Que dice que quiere quedar para vernos.¡ Así, de golpe y porrazo! - Aham, sí... pues verás... ahora me pillas liado. Sí, sí, ya me imaginaba que no era ahora... ¿Mañana? Espera... - Cancelamos lo de mañana, Iván. ¿Qué? No, creo que no le haría gracia lo de quedar los tres. - Sí, está bien. Mañana. Me viene bien. No tenía nada pensado. Iba a ser un día muy aburrido.- ¡No, no se te ocurra aparecer por allí que te la corto! - Que parece que se me corta, digo. Perdona... es la batería del móvil. Por mí quedamos aquí, sí. ¿En el Continental? - Aunque a ti te parezca cutre llevo a todas las chicas ahí, Iván. Es como jugar en casa. - A las siete. Está bien. ¿Qué me pareció el pergamino? Pues... viejo... y... no, a ver, es bastante inquietante. Me gustaría saber más de él pero... no, no he leído más, yo sigo tus órdenes... ¡las de Salva, quiero decir! Además... mi perro se llamaba Nerón. ¿Hola? ¿Sigues ahí? ¿Hola?
Me ha colgado. Que sí. Que se ha reído y me ha colgado. Ha sido por lo del perro, seguro. Siempre acabo jodiéndola, no sé como lo hago. Pero... ¡eh! ¡se ha reído! y acabo de quedar con ella! Bueno, ella conmigo, pero para el caso es lo mismo. Ah, que es mejor... si tú lo dices... me fio de ti. Oye, ¿hueles eso? No me ha dicho como se llama... Ya sabes que a mí siempre se me olvidan los nombres pero... no sé... En serio, ¿no hueles como a quemado? ¡Joder! ¡Noooooo!
¡Mi cena!
Ojos de Lobo
martes, 3 de agosto de 2010
Carta IV De vuelta... (6ªparte)

La gran urbe espera.
A las afueras, los contrastes entre lo moderno y lo antiguo presagian el reencuentro. El cauce del río, los coches aparcados, el puente y la iglesía de piedra, el edifico adosado en su espalda...
Sin duda un buen momento para haber encontrado compañía.
Ojos de Lobo
"Carlos y yo, o como decidí bautizarnos, La Compañía del Camino, no hubiésemos podido continuar si no llega a ser por el frugal almuerzo que íbamos a darnos en aquella ruinosa área de servicio, al pie de la serpiente de asfalto.
No fue tan especial como la mañana anterior junto a Nerón, que por cierto no había vuelto a ver desde su visita misteriosa en plena noche, pero resultó ser un momento para descansar y reírnos hasta de nuestra propia sombra.
Así, dos amigos que se reencontraban en el confín del Camino de Santiago, iniciaban su aventura juntos, una aventura que merece ser contada con todo lujo de detalles y que espero tenerte ahí para compartirla con este pobre desdichado que, en aquel lugar apartado, pensaba en ti, como ahora piensa.
Desde allí, subiendo por un sendero que bordeaba una colina, contemplé la gran urbe que me esperaba allá abajo. Fue paradójico porque era de nuevo Pamplona, el lugar donde había llegado hace días, y al que ahora veía con ojos de peregrino.
Estaba de vuelta.
Pamplona era la misma.
Yo no.
Sin demasiada prisa y después de un par de fotos, la Compañía se puso en marcha y en aquel mediodía de Julio, con un calor que ya empezaba a apretar, susurré para mis adentros lo que ahora mismo he de escribirte aquí, con lágrimas en los ojos:
Me encantaría estar ahí cuando tu paisaje vuelva a ser verde por completo y tus preocupaciones vuelvan a ser mundanas. Si estoy a tu lado para entonces prometo mirarte de frente, cara a cara como a una de las personas que más quiero, tumbarme en tus ojos y susurrarte al oído: “Lo has conseguido”.
Desde aquí y por siempre.
Salva."
sábado, 31 de julio de 2010
Carta IV De vuelta... (5ªparte)
"El paisaje que me rodea está cambiando. Todo parece cambiar a la misma velocidad que mis pies avanzan. Da la sensación de que si echara la vista atrás, contemplaría cómo el horizonte se está modelando a tu paso.
Los frondosos humedales que me acompañaron en mi primera etapa se habían desvanecido. Ahora lo único que quedaba de ellos era el recuerdo y algunas manchas de follaje que de vez en cuando encontrabas y dabas gracias por un escenario algo más motivador.
En su lugar, se extendía ahora una lejanía serpenteante aunque sin montañas de fondo. Colinas desdibujadas por los núcleos de población que se iban haciendo cada vez más abundantes. Ahora, la carretera era también protagonista. Y todo porque nos aproximábamos a la primera gran urbe del camino.
"Es increíble cómo puede cambiar el paisaje en cuestión de 24 horas" – le dije a Carlos, que caminaba con paso firme a mi lado.
Lo más irracional es que de estos prados ocres y marrones, repletos de trigo y cereales de todo tipo, a los bosques verdes, nos separan una decena de kilómetros que nosotros mismos hemos recorrido a pie.
Era realmente increíble. Cómo puede cambiar todo en un abrir y cerrar de ojos y sin darte cuenta de que tú eres el protagonista. Las cosas pueden ser verdes un día para tornarse ocres a las pocas horas. En la vida ocurre lo mismo. Un día caminas por el mundo con la única preocupación de cómo y dónde pasarás tu tiempo libre, y cuando te quieres dar cuenta un enemigo salido de la nada torna tu paisaje y lo convierte en sombrío. Como de una sonrisa puede surgir una lágrima.
Querida mía, sabes tan bien como yo que la vida que nos ha tocado vivir está sujeta a constantes cambios, como el Camino, como el mundo que nos rodea. Sin embargo, lo que verdaderamente nos convierte en héroes es el aceptar los cambios que se nos presentan, afrontar los peligros que nos acechan y luchar por vencer ante tal reloj de arena que no nos da tregua alguna.
Sé que podrás decirme, mi niña, que hay cambios que nadie merece. Lo sé. No mereces la tortura por la que estás pasando, ni siquiera se la desearía a mi peor enemigo, pero ¿sabes lo que tú tienes que el resto no puede ni soñar? Tienes el destino en tus manos. Tienes el poder de mirarlo de frente, de tener cara a cara a tu enemigo, de mirarle a los ojos y susurrarle al oído: “Voy a poder contigo”.
Que así sea, mi niña."
(...)
miércoles, 28 de julio de 2010
Carta IV De vuelta... (4ªparte)
Después de estos días de asueto, de descanso vacacional, he vuelto para volver a arrancarle palabras a unas enmohecidas cartas. Siento que la ausencia haya sido tan larga y sin previo aviso.
Tan sólo decir que me alegro de haber regresado por estas soledades y que espero que tenga al menos los mismos lectores que tenía a mi partida.
Para ellos y para todos los demás: ¡bienvenidos!
Ojos de Lobo
"Caminar sólo no es siempre la mejor forma de encontrar la soledad. Quizá sí lo sería en las planicies palentinas o en la sobrecogedora monotonía de los campos de Castilla. Pero no allí. No en aquel camino arbolado, serpenteante, con altos y llanos que retan a mis fuerzas pero que animan a mi espíritu. En aquel escenario todo parecía tener vida. Todo te observaba con asombrosa quietud y, a la par, desprendiendo un aura casi mágica que recordaba a los cuentos de hadas, donde duendecillos habitan en el lindero del bosque. Sobre todo había algo que animaba a cualquiera y que se convertía en la mejor banda sonora que cabría esperar. El río, ese torrente inolvidable de murmullos y tempestades. Ahora comprendo, mi niña, porque grandes maestros de la literatura situaron esos hermosos cuentos y fábulas a las orillas de los ríos: allí habitaban ninfas de belleza sólo comparable a tu simpatía, por allí moraban demonios dispuestos a tentar al primer campesino que acudiera a recoger agua, allí tenían sus encuentros secretos esos enamorados que se desean hasta en sueños y se aman hasta en la muerte… Si aún no lo has hecho, querida mía, te animo a que un buen día te acerques hasta un caudal, lejos del mundanal ruido, y cierres los ojos para sólo escuchar su arrullo. Te aseguro que olvidarás las preocupaciones y por un instante el rumor te trasportará a un universo lejos de los problemas que dejaste en Madrid que, por mucho que lo neguemos, nos estarán esperando con los brazos abiertos.
En ese paraíso de los sentidos te espero, Laura, allí ni enfermedades ni fantasmas del pasado pueden separarnos.
El río, además, me aguardaba en un claro para darme una grata sorpresa.
Mi intención era la de parar a descansar un rato después de un par de horas de caminata. Además quería que fuera cerca de la corriente imperturbable, pues quizá bajo su embrujo dormiría unos minutos. Así que, en cuanto vi aquel hueco en la masa de vegetación que separaba el río del camino, no dudé ni un segundo en aflojarme la mochila y prepararme para el momento de relajación, merecida por cierto.
Al contrario de mis intenciones, quedé atónito al ver allí, en aquel remoto lugar de cualquier parte, justo donde yo había decidido parar, a un viejo amigo y compañero de estudios durante años. Era él, aquel muchacho raro donde los haya, particular para todo o para nada, según se mire, y que podría ostentar, sin modestia alguna, el apelativo cariñoso de bicho raro. Era, para que me entiendas, preciosa, algo parecido a este que escribe pero en el polo opuesto del imán.
Lo único común era su nombre: Carlos.
Ahora podría contarte todo lo que nos dijimos, sin salir cada cual de su fascinación. Pero me parece inútil o cuanto menos innecesario pues tú misma puedes imaginar como se sienten dos amigos que se encuentran por sorpresa donde menos cabría esperar. Sólo te diré que nada le dije de Nerón. No tenía una razón de peso para no hacerlo pero me pareció que ni yo ni él estábamos preparados. Carlos hubiese pensado que me había vuelto loco (lo que quizá tú misma estés pensando), por lo que decirle algo sería una completa perdida de tiempo. Y por mi parte, no quería desvelar nada acerca de aquel personaje que había confiado en mí y del que no sabía nada. “Todo a su tiempo”, me dije.
Mientras dábamos nuestros primeros pasos juntos, comentamos los objetivos de aquel viaje, una de las dudas más punzantes que me recorrieron durante todo el viaje. El tema surgió, como suelen surgir los grandes debates y pensamientos, por un comentario absurdo. Al verme caminado junto a él, ambos cargados con enormes mochilas de las que colgaban calcetines y otras prendas húmedas, me recordó a Frodo y Sam, los personajillos del Señor de los Anillos. Para ambos, su destino, su objetivo, era destruir aquel anillo del que pendía el devenir de su mundo. Ellos tenían una meta. ¿Cuál era la nuestra? ¿Cuál era mi meta? Tengo que confesarte, querida Laura, que cuando comencé mi andadura no me planteé el motivo de porqué un ser humano encamina sus pasos a una ciudad, que dicen santa, recorriendo 800 kilómetros hasta llegar a ella. No eran motivos religiosos: por mi parte, si Dios es tan verdadero como algunos dicen, prefiero no mezclarme en sus dimensiones y no esgrimir su nombre para justificar un acto tan humano como este. Por motivos de salud o deporte: a decir verdad, el mal que me corroe por dentro es incurable. Por razones espirituales, culturales, diversión, necesidad… no tengo ni idea, mi niña. Es una verdadera pena que sea hoy cuando me dé cuenta de todo, quizá las cosas nunca hubieran seguido caminos tan oscuros. Pero no adelantemos acontecimientos, aún te queda mucho camino que recorrer a mi lado, y siendo mi última voluntad espero quedarme contigo hasta que la muerte me lleve o el Camino se acabe.
Y ahora dime, querida mía, ¿cuántas veces hacemos algo con una voluntad férrea, aunque en el fondo no sepamos muy bien el porqué? Si hay algo de lo que me arrepiento, ahora que escribo esto, es de las cosas que debería de haberte dicho, no con letras, sino con palabras. Es injusto saber que te tiembla la voz al lado de esa persona, es ilógico pensar que el silencio es el mejor puente para expresar todo lo que llevas dentro… pero aun así, seguiré en mi empeño de que sepas, por aquí, lo mucho que te podría haber dicho mirándote a los ojos.
Mas, ¿qué me ocurre? Creo que divago. No perdamos más el tiempo, ese tiempo que, como bien sabes, juega en nuestra contra."
(...)
martes, 13 de julio de 2010
Carta IV De vuelta... (3ªparte)
Puede que sea esta la estampa que contempló Salva nada más salir de Larrasoaña. Puede que no. Sea como sea, fue lo primero que yo vi nada más ponerme a caminar aquel día. Y me sobrecogió. Lo sé, la foto no le hace justicia a la realidad... pero algo es algo... Ahora es cuando vuestra imaginación se pone en marcha. ¡Aprovechadla! Ojos de Lobo
"Estarás de acuerdo conmigo, mi niña, en que después de caminar 27 kilómetros, el ponerse en marcha podía ser, cuanto menos, complicado. Y así ha sido.
El dolor muscular de mis piernas ha hecho que las ganas de contemplar las maravillas que me aguardaban los 21 kilómetros siguientes, decrecieran.
Ahora que me doy cuenta, hablarte de estos “dolores”, a ti, es tan absurdo como creer que tienen importancia al compararlos con tu lucha. Si estuvieras ahora a mi lado hubiésemos compartido un par de carcajadas, un par de miradas de complicidad y esta irracional queja se hubiera quedado ahí. Sin embargo, y muy a mi pesar, no te tengo todo lo cerca que quisiera por lo que saldaré esto de la forma más racional que me sea posible. Porque, a pesar de todo, hay que ser fuertes y sabes tan bien como yo, que la gente luchadora mira a los problemas a la cara y los afronta con una mueca de entusiasmo. Esa es una de las cosas que admiro de ti y que hacen que, día tras día, me sienta tan orgulloso de ti como afortunado por tenerte.
Por eso, querida mía, me he vuelto a enfundar las botas y a pisar fuerte de nuevo ese camino pedregoso que me ha vuelto a dar la bienvenida.
Todo ha comenzado como acabó: con un paisaje arbolado que iba ganando atractivo por momentos.
Nada más salir de Larrasoaña, de frente a veces y a mi derecha otras, una aldea casi oculta por la espesura me vigilaba, impasible. Lo más estremecedor era la enorme construcción en piedra que se erguía como una fortaleza y que se convertía en el mejor centinela y testigo de mis primeros pasos en ese fresco amanecer. Dos enormes chopos le flanqueaban a ambos lados, dándole más majestuosidad si cabe. A decir verdad no parecía un edificio defensivo, a pesar de estar construido en inalterable piedra rojiza. Más bien parecía un monasterio. De esos que órdenes militares o humildes monjes habían levantado con el sudor de su esfuerzo o con el de otros, y en el que después habían morado durante siglos. Su presencia hoy es casi inexistente, pero sus maravillas siguen en pie, para deleite de todos. Sacrificios de pocos que servirán a causas mayores: la delicia de una eternidad de caminantes.
Al margen de esta belleza que te describo, me he dado cuenta de dos cosas.
La primera es que, a pesar de pensar que estaba perdiendo el tiempo, mis años de estudiante universitario sirvieron de algo. No ha habido más de media docena de personas que al escuchar la palabra Historia no hayan echado pestes sobre esta carrera. La frase: “vaya coñazo”, casi la consideraba ya como el inicio de mi discurso de graduación. Pero, querida Laura, que pena de aquellos que no valoraban todo lo que aprenden en esos “maravillosos años”, yo el primero. Podría hablarte de los monjes del Cistern, del Cluny y otros que controlaron el Camino de Santiago; de las órdenes militares que protegieron el Reino de Navarra durante siglos; de las luchas allí, al pie de los Pirineos, con enemigos de diversas coronas… Un sinfín de detalles que han hecho que esa simple mole de piedra se transformara en un libro abierto para unos ojos que saben leerlo. Satisfacción, esa es la palabra, mi niña.
Lo segundo en que he reparado es que, a pesar de contar con maravillas en nuestra geografía, no les prestamos atención. Me he visto a mi mismo en otros viajes, de placer si quieres llamarle, en los que me han pasado desapercibidas.
Si te place, y si la vida se digna en darnos la tregua que ambos merecemos, espero que una de tantas cosas pendientes que tengamos es el llevarte de viaje a cualquier rincón, con cualquier excusa, para contemplar maravillas: paisajes, el frescor de tu sonrisa, testigos de piedra, ese manantial de luz del que puedes presumir, y tantas otras cosas que encojan nuestro corazón, como aquella mañana se encogió el mío. "
(...)
jueves, 8 de julio de 2010
Carta IV De vuelta... (2ªparte)
"Del mismo modo que tu rostro está maravillado a la vez que asombrado por tal relato, querida mía, del mismo modo quedé yo cuando lo leí por primera vez aquella mañana de Julio.
Ya sabes que, como todo ser humano, la curiosidad a veces me vence. Por eso decidí que, sea como fuere, hablaría con aquel peregrino, el que se hacía llamar Nerón, y le preguntaría sobre su enigmática historia.
Sin embargo, y como tú misma comprenderás con el tiempo, los misterios más puros y más hermosos se nos presentan por sorpresa, cautivándonos. Pero esos mismos misterios guardan en su interior la inevitable cualidad del no saber. Así llegué a darme cuenta de que, por muchas preguntas que hiciera, aquel relato sólo iba a ser el principio de un imparable tobogán de enigmas. Enigmas que juntos, si te parece, querida mía, iremos descubriendo.
Por nuestra vida pasan en tropel miles de rostros a los que no prestamos la más mínima atención. A pesar de esto, es sabido que el ser humano no puede vivir en soledad sin acabar loco de cuerpo y alma. Es extraño, Laura, que esos a los que llamamos desconocidos, en un momento dado, en una situación incontrolable por nuestra voluntad, se conviertan en compañeros. Son gente que pasa por tu vida sin hacer mucho ruido pero que son la sal de nuestra existencia.
Todo esto para intentar que comprendas todas las contradicciones que vivimos hoy en día. Aquellas compañeras de habitación de aquel día, desconocidas en el sentido más amplio y estricto de la palabra, se habían convertido en eso mismo, en compañeras. Yo creo que la vida oculta una hipocresía involuntaria pero presente, en la que nuestros iguales pasan de ser nadie a todo en un abrir y cerrar de ojos. Este Camino hubiera sido horrible, imposible, sin gente que estuviera a mi lado y que irás conociendo con el tiempo. Pasaron de ser nada a ser todo con una facilidad pasmosa y preocupante. Más aún si te dijera que muchos de ellos, hoy en día, vuelven a ser figuras que se cruzan en mi camino sin que las preste apenas atención. Espero con todas mis fuerzas, que son más de las que imaginas, que seas siempre, querida mía, un todo en mi vida.
Así pues, las Tortellini (las dos jóvenes italianas) y la Reina de Inglaterra (la señora inglesa con más de 40 primaveras sobre sus hombros), se portaron bien aquella mañana. Sencillamente porque me hicieron comprender que, por muy difícil que parezca, si dos personas quieren comunicarse, lo consiguen. Por muy italiano, inglés o checo que seas. Y así, querida Laura, con la agradable sorpresa de que “puedo” hablar italiano y con la incertidumbre del nuevo día, comenzó esta segunda jornada de Camino. "
lunes, 5 de julio de 2010
Carta IV De vuelta... (1ªparte)+Relato
"Mi segundo despertar lejos del hogar ha sido algo menos frenético que el anterior. La verdad, mi niña, no he tenido ni que esperar a que la dichosa alarma de mi móvil sonara. Tenía claro, desde el momento en que me acosté la noche anterior, que mis compañeras de habitación se iban a levantar antes que yo, por lo que, por muy discretas que quisieran ser, a un personajillo de sueño ligero como yo, cualquier ruido puede sacarle de su sueño.
Estoy seguro, Laura, que tras leer mi última carta la intriga sobre el extraño documento del sordomudo, te ha hecho empezar a leer con más interés. Sabe Dios -si es que Él entiende de estas cosas tan mundanas- que cuanto esté en mi mano para complacerte se hará con la presteza que me sea posible. Así que, sin más preámbulos, dejo que tú misma leas y juzgues, pues no sería completa ésta, mi historia, sin un relato como el que vas a leer. Tal y como el sordomudo lo escribió, he aquí su contenido."
“Hoy ha amanecido igual que ayer, igual que tantos días.
El susurro de un viento frío, distante, me ha hecho estremecer hasta el punto de que mi escalofrío despertó también a Naila. Como cada mañana, un resplandor me inundaba el alma y templaba mis mejillas: su mirada. Era cálida y gélida a partes iguales, un despropósito de la naturaleza tan sublimemente aprovechado. Con ese candor dulce y grisáceo, como el cielo, arrancó mi primer día de búsqueda. En realidad llevaba buscando algo toda mi vida, cada segundo que pasaba en soledad, pero esta vez había decidido ponerle un nombre a mi objetivo: la tumba de mi padre.
- Esos ojillos de gato me dicen que aún estás soñando – dijo Naila después de regalarme una caricia en el pelo.
- Ya sabes que sueño contigo. Así que al abrir los ojos y verte no puedo sino seguir soñando – respondí.
- ¡Qué poeta te vuelves cuando estás cansado! Aunque en realidad lo seas siempre, me sorprende saber que sólo lo eres conmigo.
- No te demores. El tiempo aún no se alió conmigo.
Recogí las mantas del suelo, totalmente empapado. En mi cuerpo sentía la humedad chascar mis huesos y entumecer mis latidos, aunque era una sensación tan rutinaria que ya ni me causaba mayor preocupación. Dormir al raso no era el problema. Dormir a su lado sí lo era.
Al abandonar Roncesvalles eché la vista atrás por primera vez. Recordé mi infancia sin saber cómo y me vi sentado en la butaquita de la entrada de casa, esperando las típicas visitas que importunaban a mi madre.
Se decía en el pueblo que no había nadie mejor en la zona con las hierbas y pócimas naturales, que mi padre. Un ser que se había anclado al pasado, siguiendo la ilustre tradición de los curanderos.
“Yo sano lo insano con sanos remedios” – solía repetir una y otra vez.
Pues allí estaba yo, tan niño, sonriendo a la señora Julia con sus reumas y al padre Pastor, con sus molestias de hígado.
- Mira que es simpático este crío – decía el cura – De mayor serás un cristiano ejemplar, Nerón.
Lástima que, como tantas otras veces, el padre se equivocara de pleno.
Nerón. Un bonito nombre para un loco, para un vividor de la vida, para un artista sin su musa o con musa equivocada. Jamás podré entender porque mi madre escogió a ese famoso Emperador. César o Marco Aurelio podrían haber sido nombres perfectos para mí.
Pero no. Seguro que papá tuvo que ver con todo aquello. Ni lo sé, ni me importa.
En realidad, amando el tiempo y las horas muertas he aprendido a amar también mi nombre. He aprendido a amar tantas cosas…
He descubierto que la vida no siempre es tan dulce como la señora Julia pretendía, ni tan espiritual como Pastor alegaba. No es que no crea ahora sus palabras, ni que sepa que, aún muertos, sus más allegados no han ido jamás a visitar sus lápidas… Simplemente comprendí que su falsedad era tan ruin que sus palabras carecían de sentido verdadero.
La señora Julia, tan pulcra y presumida, fornicaba a todas horas con un joven aprendiz que trabajaba para su esposo. Así, sus reumas eran tan frecuentes como placenteros. Y qué decir de Pastor que un buen observador no hubiera percatado. Rezando pasaba las noches a su virgen verdadera: una escondida botella que siempre permanecían bien llena.
Cosa es cierta que el hombre es falso por naturaleza mas no hay que optar por esconderse tras ella.
Algo así sólo lleva a un camino: ninguno.”
Oculto tras el espejo. Nerón.





