lunes, 31 de mayo de 2010

Carta II: La historia comienza (4ªparte)

"Perdóname, de verdad, si me he extendido demasiado en preámbulos y banalidades. Es de sabios colocar al lector en el punto de partida del que escribe, y sólo conociendo lo que por mi mente surcaba en aquella mañana, comprenderás el resto del viaje. Considéralo pues, mi niña, como un prólogo algo desastroso pero realmente brillante.

Además, durante esta madrugada de preparación, a escasos minutos de empezar a andar, conocí a aquel que se convertiría, pasando el tiempo, en mi compañero de viaje.
Ya no quedaba casi gente en el frío albergue. No me levanté de los últimos pero me lo tomé con excesiva tranquilidad. No tenía ninguna prisa, eso es cierto. El principio del fin es, como poco, lo más paradójico de cualquier viaje con meta señalada. Espero que cuando llegue mi fin, además de poder contar con ese manantial de luz que es tu mirada, éste sea repentino y sin haber sido consciente de que tuvo un principio. Aunque de esto ya hablaré más adelante, quizá. Ahora es preciso hablar de él.

No le había visto la noche anterior, no le había visto jamás, ni siquiera cuando, recién levantado, eche un vistazo general para observar a mis futuros compañeros de camino. Y su estética era, cuanto menos, rara.
Vestía con unas botas negras, parecían altas por lo que me dejaba distinguir su pantalón. Si no supiera que era casi imposible, hubiese jurado que se trataba de ese calzado que se utilizaba en tiempos pasados para montar a caballo. Sea como fuere, estaban limpias como una patena, aunque sin brillo. Su pantalón, del mismo color que la bota e igualmente pulcro y limpio, parecía de lana, aunque por las formas ajustadas y bien diseñadas, he de decir que no había visto una prenda semejante nunca. Lo único que rompía su monotonía negra, eran unas protecciones de color pardo que estaban cosidas a la altura de las rodillas. Aún no lo sabía, pero tenían una utilidad, que no creo que imagines, querida mía.
Estaba observando como se ponía un extraño chaleco de cuero sobre una camisa ancha de color hueso, con corderajes en puños y cuello. Sobre el chaleco negro, una vez bien abrochado, que protegiera casi hasta su barbilla, se puso una prenda difícil de calificar. Parecía una chaqueta, aunque era bastante larga, casi hasta la mitad del muslo. Era de piel, curtida, pero no parecía cuero sino mucho más tosca. Cualquiera que lo hubiese contemplado en medio del bosque, hubiera huido de lo que parecía un robusto cazador abrigado con una piel de oso. Y si además hubieran visto como se enfundaba en una enorme capa de lana negra, tan pesada como una docena de abrigos y tan larga que arrastraba por el suelo, hubiesen pensado que estaban contemplando a un personaje salido de un cuento de hadas. Sin embargo ahí estaba. Terminando de hacer su considerable atillo y protegiéndose de las miradas curiosas, quizá sólo la mía, con un pañuelo azul que le cubría el rostro hasta casi los ojos.

En cuanto le vi caminar hacia la salida del albergue y su mirada se paró de soslayo sobre la mía, supe que seríamos compañeros de más de una aventura durante nuestro peregrinar.

Ya te contaré más sobre este personaje, Laura, ahora basta con que sepas esto y que, desde luego, no consiga aburrirte para que continúes leyendo este apasionado relato que, no te quepa duda, vivirá y morirá bajo tus ojos, bajo ese manantial de luz que es tu mirada.


Desde aquí y por siempre.
Salva. "

viernes, 28 de mayo de 2010

Carta II: La historia comienza (3ªparte)

"Con todo, poco a poco, la figura de Peregrino, se va haciendo más real. Deja de ser una simple palabra para convertirse en un hecho. Y sin darte cuenta, te integras en ese grupo de gente con un fin común, te conviertes en Peregrino, el más hermoso apelativo con el que he contado jamás. Me encanta darme cuenta de que, sin quererlo, me siento integrado en esa banda de desconocidos que te sonríen en el baño mientras te lavas los dientes. Ya sabes, querida mía, que no soy de esos que se integran fácilmente. Tan sólo en esa excavación tan poco usual, que desde aquí echo de menos, he conseguido sentirme miembro de algo superior, de una familia. Y más estando a tu lado, otra de las cosas que desde este frío Pirineo Navarro, echo en falta.

Hay algo que me ha llamado poderosamente la atención dentro de este enorme grupo que hoy partirá de Roncesvalles. No hay prácticamente ni un sólo español. Es algo extraño si tenemos en cuenta que estamos en España y que, eso espera uno, el Camino de Santiago es una de las rutas más frecuentadas por los habitantes de su propio país. Me resisto a creer que el motivo sea que no tenemos el suficiente coraje como para empezar al Camino desde el principio.
A pesar de todo, siempre existe la excepción que confirma la regla y al menos un Peregrino si que hablaba castellano. Miento, debería de decir Peregrina.
Era una chica, a primera vista no aparentaba más de 20 años. Morena, media melena, con unos ojos muy bonitos pero nada más que destacara en su rostro por encima de cualquier jovencita de su edad. Su figura era bastante atlética, sin llegar a resultar atractiva como para perder la cabeza. Si a esto añadimos su forma de vestir, típica del peregrino que se precie, no puedo decir que fuera una maravilla de la naturaleza.
A pesar de todo no pude evitar verla con otros ojos. He de confesarte, Laura, que si me la hubiese encontrado en cualquier otra situación, en cualquier otra parte, ni siquiera me hubiese detenido en fijarme en detalles que me permitieran describirla con posterioridad, y se hubiese quedado como una de tantas personas que se cruzan en mi vida. Sin embargo, bien por ser la única con la que tenía posibilidades de entenderme en un futuro o porque echaba de menos el abrazo de una mujer, la miré con ojillos tiernos.

Querida mía, hay veces que se nos va más que la mirada, la cabeza. Momentos de locura transitoria que no llevan a ninguna parte, te lo garantizo. Hoy, a punto de concluir mi vida, puedo decirte que los amores a primera vista son, por definición, locura sin medida.
Es verdad que perdí a aquella chica a mitad de la jornada, aquella que se reconocía por llevar unas botas blancas, y es cierto también que mi corazón, a pesar de latir con fiereza, no hacía otra cosa sino advertirme de mi sueño, de que en realidad no sentía nada. No sé si lo habrás sentido alguna vez, querida mía, mas te aseguro que no existe momento más bello ni más loco, aunque después todo vuelva a la normalidad. Y por mí, te digo una cosa: Ojalá todo el mundo estuviera loco."

(...)

miércoles, 26 de mayo de 2010

Carta II: La historia comienza (2ªparte)

Sí, el fragmento de carta de hoy es más corto que de costumbre. No ha sido por vaguería o pereza (a pesar de que son dos de mis cualidades más extraordinariamente conocidas por mis allegados), sino porque, con total conocimiento de causa, he decidido acortar el contenido, intentando así que este párrafo que leereis a continuación no caiga en saco roto. Merece, al menos eso creo, una reflexión especial. Sobre todo para aquellos/as que, como yo, tienen su particular lucha contra la monotonía.
Que así sea.
Ojos de Lobo


"A pesar de tan tempranas horas, he de decirte que fui una de las personas que más tarde se levantó. Cuando bajé de mi litera, dispuesto a refrescarme un poco, la gente ya se afanaba y muchos de ellos ya se embutían en sus abrigos y chubasqueros. Al parecer estaba lloviendo.
Es sorprendente darte cuenta de que todo un grupo de personas, completas desconocidas, actúan, casi por instinto, de la misma forma. Todos tienen un objetivo y todos van a recorrer el camino que les separa de él. Todos incluyéndome a mí.
Así que eso de preparar la mochila, guardar el saco de dormir, colgar la ropa húmeda en la mochila, coger tu bordón (ese palo más o menos artesanal que te sirve casi más de acompañante inanimado que de apoyo verdadero), y ponerse en marcha, era un ritual que se repetiría día tras día hasta llegar a Santiago.
No sé si te habrás parado a pensar, querida mía, que cada día, cada mañana, repetimos los mismos pasos con absoluta monotonía y eso, es algo que no cambia estés donde estés. A veces pienso en lo desafortunados que podemos llegar a ser debido a que, como bien he dicho siempre, las costumbres fijas nos siguen vayamos a donde vayamos, como si fueran parte de la sombra de nuestra sombra, como si también nosotros tuviésemos miedo a innovar, al placer de arriesgar con novedades. Aunque bueno, no me digas que eso de abrir los ojillos y ver a la persona que amas a tu lado, aún durmiendo, no es una de esas costumbres por las que pagarías. Yo sí, no voy a mentirte, aunque suene estúpidamente típico y se haya escrito ya miles y miles de veces… hoy no me importa. "
(...)

martes, 25 de mayo de 2010

Carta II: La historia comienza (1ªparte)

Más letras, más vida...
Un segundo capítulo de un camino que promete.
Todo vuestro.

II.- La historia comienza.

Hay que ver lo bien que uno duerme en SU camita. Lo sé, las temperaturas no siempre acompañan y el calor de Julio a veces es asfixiante, pero el sentirse arropado por el bienestar es algo que no cambiaría ni por todas las brisas frescas.
El amanecer en un lugar extraño, tan ajeno a ti como para abrir los ojos y por un momento no saber donde estás, es una experiencia que merece la pena experimentar.
Y así lo hice en Roncesvalles.
No puedo decir que el sol, ese curioso visitante tan inoportuno a veces, se filtrara a través de las ventanas del albergue porque, a decir verdad, las ventanas eran tan minúsculas que ni el más atrevido rayo de luz hubiera podido colarse por ellas. Sin embargo no sé de que me extraño tanto: no eran todavía las 6:30 de la mañana por lo que ni si quiera el gran astro se había desperezado de su largo letargo.

A pesar de todo, desperté.
Lo primero que se me vino a la mente fue: “no sabes en dónde te has metido, chaval”. Esos primeros segundos, cuando aún no puedes ni abrir los ojillos, fueron los peores, lo reconozco. Pero poco después, al recordar mi Camino, al recordarte a ti y todas mis palabras y promesas que a mí mismo me había hecho, el sueño pareció desvanecerse tan rápido como me incorporé de la litera.
Perdóname, Laura, pero no quiero dejar pasar el momento para contarte como fue esa primera nochecita. Te aconsejo que, si eres una persona de sueño difícil, te armes de valor si algún día duermes en este improvisado templo del peregrinaje.
No es sólo que me clavara la tabla de ese supuesto somier con el que contaba la litera, no, eso en verdad hubiera sido tan sólo una dulce tortura. Eran, además, los ronquidos acompasados de seis o siete peregrinos, los movimientos de la cama producidos, a mi entender, por aquella pareja de abajo cuya noche fue bastante más interesante que la mía. Pero no, pequeña, esto no acaba aquí, súmale aquella chica de la linterna que no puede o quiere dormir y se pone a leer, con la luz, como no, apuntándote a ti directamente; esos pies que se te quedan helados… En fin, un cúmulo de cosas que han hecho de esta primera noche, de este primer amanecer en el Camino, algo inolvidable.


Sin embargo, querida mía, la energía con la que me he puesto en pie ha sido sobrenatural. Nunca dejaré de sorprenderme.
Es curioso como a las puertas de lo que pensamos un paraíso, los primeros pasos siempre son rápidos y con energía. Hay paraísos que lo merecen.
Desde luego que si tuvieras que emprender el interminable camino de indagar sobre aquel que tan sinceramente te escribe, pensarías que es mejor reservar energía.
La ilusión es también un compañero fiel para estos primeros momentos, y se convierte en un aliado cuando no sólo nos acompaña en los pasos iniciales, como he dicho, sino cuando se convierte, por meritos propios, en parte de nuestra vida.
La ilusión de verte cada día sonreír, de contemplar ese manantial de luz en tu mirada, de saber que tu ilusión por la vida es, al menos, tan grande como mi ilusión porque sigas formando parte de ella… espero que se convierta, tarde o temprano, en mi más fiel aliada.


(...)

lunes, 24 de mayo de 2010

Primeras impresiones

Roncesvalles


Una vez terminada de transcribir la primera de estas cartas, me he dado cuenta de que no hace falta ser Indiana Jones o Lara Croft para que la vida te obsequie inesperados tesoros.

Estareis de acuerdo conmigo en que la providencia nos ha regalado (a vosotros y a mí) el poder bucear de lleno en la mente de un completo desconocido que, bajo el nombre de Salvador, nos transporta a lugares tan conocidos y, a la vez, tan ajenos a nosotros.

Por mi parte, he de decir que es un trabajo arduo y a veces insufrible: las cartas están muy deterioradas, con manchurrones de tinta por todos los lados, con una caligrafía espantosa y, aunque escritas en nuestro idioma, se intercalan palabras en inglés, francés y, lo que creo que podría considerarse, una lengua completamente inventada. Pero merece la pena.

¿Por qué acepté este "trabajo"? Aún no me he puesto a pensar y analizar las razones... pero lo que sí sé es que, instintivamente, accedí a esta tarea porque, hace años, yo también hice el Camino de Santiago y, consciente de que mis letras no merecían la pena, utilicé las fotos para retratar todo aquello que iba viviendo.

Así que cuando me dijeron que estas cartas tenían como escenario la ruta jacobea... me dije: "así podrás poner palabras a las imágenes". De ahí que haya abierto esta entrada con una de ellas.

Por hoy... no me queda nada más por decir. Eso sí: dar las gracias a todos/as aquellos/as que me siguen. Es un placer y me llena de orgullo (que no vanidad) leer vuestros comentarios. Gracias, muchas gracias.

¡Sed muy felices! Un abrazo

Ojos de Lobo

viernes, 21 de mayo de 2010

Carta I: Cu, cu... despierta (4ª parte)

"Así que aquí estoy, en una litera a punto de caer al suelo, con un colchón imperceptible y escuchando a un par de personajes que superan en decibelios a la Orquesta Mondragón. Pero bueno, se entiende cuando duermes rodeado de más de cien personas, peregrinos que siguen el mismo camino que tú… cada cual con sus metas. Espero que yo alcance la mía. Por mí, por todos aquellos que alguna vez creyeron en mí; y por ti, porque esta andadura no es más que un recuerdo de que, por tu parte, caminas por sendas aún más peligrosas. Permíteme que te acompañe, aunque sea sólo en pensamiento.

Así empieza mi Camino de Santiago. Desde aquí, más de 750 kilómetros me separan de la ciudad santa. Sólo espero una cosa: ser tan fuerte como esa rubia de ojos claros que lucha contra algo aún más aciago.
Lucha, es lo único que me oirás pedirte, porque a decir verdad es lo único que ese monstruo que intenta hundirte no puede arrebatarte: las ganas de vivir.
Por si te faltan fuerzas en algún momento desde aquí te mandaré las que me sobren, las que mi propio cuerpo no necesite para vencer a su enemigo, que prometo serán las máximas posibles.

Papá, mamá, gracias por estar ahí. Ahora más que nunca uno repara en vuestra ausencia.
Nada más. Cierro los ojos y a intentar dormir.
Mañana, sin duda, amanecerá de manera diferente. Mañana arranca el Camino, mi camino… siguiendo de cerca los pasos del tuyo.

Desde aquí y por siempre.
Salva."

jueves, 20 de mayo de 2010

Carta I: Cu, cu... despierta (3ª parte)

"Solitario, vacío… Roncesvalles ha aparecido como un fantasma venido de tiempos lejanos. Un maravilloso paraje con remembranzas medievales que cubierto por una neblina de misterio, nos ha dado la bienvenida, como a cualquier peregrino. Como si aún no hubiésemos asumido nuestro destino, la austera aldea nos gritaba al oído que el Camino acababa de empezar.
Nunca antes la expresión de estar como en una nube había tenido tanto significado y había sido tan literal como en aquella ocasión. Deberías de haberlo visto, una espesa niebla parecía reírse a carcajadas de mí, un iluso principiante que creía que iba a pasar el calor de Madrid.
Aquella era sólo una de las infinitas sorpresas que me aguardaban. Lo más impresionante fue contemplar el primer refugio del peregrino en el que iba a dormir. Un enorme edificio de sólida piedra, de factura medieval, pegado a la grandiosa colegiata, y que emanaba un ambiente típico de los grandes castillos de leyenda.

Hacía tiempo que no asistía a una misa pero, como bien me he dicho para mí mismo, “toda ayuda es poca”. Me quedo con dos cosas: he podido disfrutar del primer gran monumento del Camino, la colegiata de Santa María. Además de su austeridad, esa mezcla extraña de un gótico temprano y una restauración poco ortodoxa, lo que más impresiona son sus abrumadoras vidrieras. En ellas, Sancho "el Fuerte" de Navarra, cabalga al frente de los ejércitos cristianos que vencieron en las Navas de Tolosa, allá por el siglo XIII.
En segundo lugar, me quedo con la tranquilidad que da saber que a uno le han bendecido en tantos idiomas, que si muero en el intento tendré un bono especial para el Cielo.
Me he acordado de papá, de mamá, de mi hermana, mis abuelos… y de ti. Es igual que me llamen estúpido, pero uno de mis deseos es completar este camino y concluir este relato, dedicado, por diversas razones, a la persona que me ha dado esos ánimos y ese empujoncito que necesitaba para coger pluma y papel y plasmar en él mis pensamientos.
Por lo tanto esto va por ti, Laura, de este peregrino, Salva, que hoy da comienzo a su fin."

(...)

miércoles, 19 de mayo de 2010

Carta I: Cu, cu... despierta (2ªParte)

"El viaje no ha sido, para nada, emocionante. A lo mejor es por la costumbre de hacer viajes largos, o quizá porque en mi cabeza se dibujan ya paisajes y parajes tan maravillosos que unos cientos de kilómetros por asfalto y en un autobús no me resultan para nada alentadores.
Me ha servido un poco para reordenar pensamientos, empezar a modelar mis búsquedas y mis metas a alcanzar durante este viaje y para que, poco a poco, vaya apreciando en su justa medida las cosas banales de la civilización. Objetos sin más valor que el que nosotros mismos les damos y que no son nada comparado con otras cosas que ni siquiera tenemos en cuenta… pero bueno, ese descubrimiento es un capítulo posterior.
Por tanto, ha sido un viaje demasiado largo para un espíritu inquieto como el mío, como el nuestro, deseoso de trotar por sendas y bosques. Recordando esa vitalidad, ese brillo en los ojos… todas esas cosas que se pueden apreciar en ti si el buen observador se detiene en algo más allá que la mera fachada. Rememorando todo aquello y con unos nervios a flor de piel he llegado a Pamplona.

La llegada a la capital navarra ha sido paradójica: se supone que huía de la gran ciudad… y ahí tenía ante mí una aún más abarrotada. Es curioso como a veces intentamos escapar de ciertos fantasmas y, tal y como el destino nos tiene preparado, volvemos a encontrarlos con formas diferentes. Por eso, pequeña, creo que lo de huir es para gente que no ha vivido lo suficiente como para darse cuenta de que no se puede uno escapar así como así de las cosas.
¿Le dejamos lo de escapar a los presos, te parece?

Pues sí, Pamplona se ha mostrado ante mí como una ciudad en fiestas, repleta de gente que, sin excepción, viven esos días con pasión y entrega. Hasta el punto de que es raro ver a alguien que no vista con los típicos pantalones blancos y pañuelos rojos.
Pero a pesar de ese espléndido colorido sangre y nieve, la ciudad no me ha parecido más hermosa que Madrid.
Es cuestión de pequeños detalles.
Ocurre como con todo en esta vida. Uno no deja de maravillarse ante grandes abrazos, ostentosas reverencias, grandes acciones para mínimos propósitos… y en su ignorancia se pierde ese susurro junto al abrazo, ese guiñar el ojo justo antes de agacharse, y esas pequeñas acciones que esconden un mundo en sí mismas.
Esas sonrisas que duran segundos pero que entrelazan dos almas hasta el punto de sentirse vivo, esas miradas… gracias a ellas uno puede ver el interior de las personas, conocer sus más ocultos secretos.
La mirada no engaña, no sabe mentir. Y pensar que fue una mirada lo que me hizo sentir que algo no marchaba bien, que esa joven muchacha que encantadoramente se había colado en mi vida no estaba todo lo bien que pretendía aparentar…
Hoy, miradas y hechos se dan la mano, y aquí seguimos, luchando cada cual en su batalla."

(...)

martes, 18 de mayo de 2010

Carta I: Cu, cu... despierta (1ªParte)

Lo prometido es deuda.
Este es el comienzo.
Es sólo el principio... el final... sólo el destino lo sabe.
Disfrutadlo tanto como yo.


I.- Cu, cu… despierta.


"Hoy ha amanecido igual que ayer, igual que tantos días. El sol no ha querido, para nada, estropear aquella noche que significaba tanto para alguien que, en unas horas, estaría viviendo una intrépida aventura… quizá su última aventura.

Mi nombre es Salva, un nombre estúpido si uno se para a pensar en lo paradójico de su significado. Salvador… ¿de qué?, ¿de quién? La mejor respuesta sería, sin duda, de uno mismo. Sin embargo, y por mucho que me cueste decirlo, decisiones de tan alta consideración no están en mi mano. Sólo puedo planificar los días que me quedan por delante como un ciego contempla una hermosa puesta de sol: con una absoluta melancolía. Serán, y ya me encargaré yo de que sean si el destino decide no jugar mis cartas, unas puestas de sol… irrepetibles.

Pues bien, el amanecer de hoy traía consigo un aroma especial. Un susurro lejano que desperezaba a un peregrino a punto de comenzar su camino a Compostela. Una brisa que me ha estremecido y me ha recordado lo calentito que puede dormir uno en su cama. Lujos que pronto dejaré atrás.
Como cualquier día, la ducha fría ha sentado peor de lo que pensaba y el desayuno no ha sido más que un mero trámite para poder decir que no he salido de casa con el estómago vacío. Lo más irónico de todo es que quizá mañana esté deseando que torturas como el agua helada cayendo por mi espalda o un par de tostadas quemadas, esos pequeños detalles sin importancia para el ser humano de a pie, vuelvan a presentarse ante mí.
Así, hoy comienza mi andadura, casi a la par que la tuya, a pesar de que sospeche que mi camino será una feliz travesía al compararlo al tuyo.
No lo sé. Únicamente disfrutaré de este tiempo que ahora se me brinda… y mañana Dios dirá, como dicen algunos.
Pues sí, mi querida Laura, he aquí a un completo desconocido que se acordará de ti todo lo que dure su travesía, su camino… su vida… que aunque efímeros los días, unas horas pensando en ti dan para muchos buenos pensamientos. Y con esa sonrisa tuya me quedo para despertar cada mañana."

(...)

lunes, 17 de mayo de 2010

Permitidme que me presente...

Nunca creí que yo, hombre ocupado en miles de asuntos y sin tiempo ni ganas para otra cosa que no sea vivir, me embarcaría en una locura como esta: escribir un blog.
Si os soy sincero, mi vida no es interesante. Apenas llegaría para ocupar unos minutos en un documental sobre el ciudadano de a pie. Por eso, salvo que ocurra lo inesperado, no escribiré acerca de mí.
Pero... ¡qué incorrección! Permitidme que me presente: Me llamo Ojos de Lobo, tengo 24 años y pocas ganas de describirme ante un espacio en el que ni siquiera sé si entrará alguien.
He creado este lugar para compartir unas cartas.
Unas cartas que, desde hoy y hasta que quiera el destino, me encargo de descifrar y mecanografiar.
Unas cartas que, como condición para serme entregadas, debía de hacer públicas de la forma más eficaz posible. Como nunca he sido eficaz... aquí os las dejo.
Para evitar empachos innecesarios, iré publicando las cartas por trozos. Quizá así, sin quererlo, alguien se aficione a esta, mi pequeña guarida, y me visite asiduamente.
Nada más, de momento. Gracias por estar ahí y en un par de días comenzará la aventura.
Ojos de Lobo