domingo, 27 de junio de 2010

Mis encuentros nocturnos

No me ha sido fácil decidir qué contaba exactamente en este pasaje. Primero, porque este espacio tiene un fin superior al de contar mis penas y alegrías. Segundo, porque en realidad no sabía cómo plasmar aquí mi afortunado encuentro.

Tres cartas de Salva completadas. Un Camino que ya ha cumplido su primera jornada y que, a decir verdad, empieza a apasionarme más de lo que me gusta confesar. Un joven caminante en soledad, acompañado por un sinfín de almas que viven en cada piedra, cada árbol, cada paisaje, cada crucero... Y por encima de todo eso, un personaje con capa, pañuelo y que dice ser sordomudo.

En este punto me encontraba hace unos días, dudando seriamente sobre la veracidad de los acontecimientos que aparecían en el texto. ¿Quién puede creerse que un tío pueda ir así por el Camino y no aparecer en las Noticias o en todos los periódicos nacionales? Sin embargo, ni una mención, ni dato, ni fotografía... que recompensara las horas que he pasado investigando sobre aquel individuo que, hasta hace unas horas, consideraba producto de la imaginación creadora de una mente especial: la de Salva.


Pero he aquí que la vida te prepara sorpresas.
El timbrazo del telefonillo me hizo saltar de la silla. Qué hora era... ¿las once de la noche?. Alguien a estas horas... Sea como sea, acudí a ver quién quería gastarme una obra e iba a salir escaldado con dos o tres insultos de esos que dejan sin moral a cualquiera. Sin embargo, fue una voz femenina la que me dijo: "Hola, ¿puedo subir?"
No es que yo tenga normas especiales por las cuales no insulto a las mujeres que llegan de madrugada pidiéndome subir a mi casa, es que reconocí la voz casi de inmediato. Era la mujer del paquete, la extraña rubia de Ucero. Sí, la de la iglesia, la que se atrevió a decir que mi caligrafía dejaba mucho que desear.
Por supuesto que abrí. Y por supuesto que recorrí mi casa a una velocidad que nunca había alcanzado antes. Mirándome al espejo, recogiendo trastos, peinándome un poco, cambiándome la camiseta de estar por casa por algo más decente, de nuevo el espejo, ¡dios mío que desastre de cocina!, si es que no se me puede dejar solo...
¿Y todo para qué? Pues para que la joven llegara a mi puerta y se quedara allí, sin hacer siquiera el amago de entrar.

- No te preocupes, no voy a entrar. Vengo a decirte que me parece un gran trabajo lo que estás haciendo con las cartas. No me equivoqué contigo. Sigo el blog con asiduidad. Espero que el nombre que escogí como título no te parezca muy cursi. Ya lo entenderás...
- Gracias, no es más que...
- Es más de lo que podía esperar de ti. Me alegro. Y siento haberte subestimado. De todas formas, mira qué hora es. Seguro que estás cansado. Con que me des tu móvil... yo me voy por donde he venido. Por cierto, me encanta tu camiseta, aunque tenga una pequeña mancha, justo ahí. Da igual, cosas que pasan. ¡Por cierto, esta caja tiene documentos que necesitarás a lo largo del relato! No te lo di en Ucero por si resultaba que no estabas a la altura. Sí, no me mires así. Son las hojas del sordomudo. No creías que fuera verdad, ¿no? Jejejeje. Pues aquí tienes. No te empaches. Respeta el tiempo que exigen.

Después de esto, yo me pregunto: ¿por qué será que las mujeres que asaltan a jóvenes en las iglesias y que se plantan en la puerta de mi casa meses después, son mi punto débil, ¿será que me quedo sin habla con todas o es que estas tienen algo especial que hacen que me quede atontadísimo de la vida? Claro que le di el móvil. Y si hubiese querido el número de la seguridad social o el de mi tarjeta de crédito. ¡¿Qué tendrá esa mujer?!
Y me dejó allí, con los pies descalzos sobre el felpudo, la cara de imbécil y una nueva caja en la mano. Cuando sentí que se cerraba la puerta del portal acerté a pensar en alto: " A ver si la siguiente caja es de bombones." Sí, a veces soy así de lumbreras.

Lo peor vino después. Cuando me senté en el sofá y examiné el contenido del paquete. ¡Hojas de pergamino! Con suma delicadeza acerté a leer la primera, aún incumpliendo la norma. Me dejó pasmado. Más de lo que ya estaba. Fui rápidamente a las cartas de Salva y vi que, nada más empezar la cuarta, había un gran hueco a mitad de página que ponía :" Pergamino". Es decir, que aquellas enigmáticas hojas encajaban dentro del relato de Salva... ¡y de qué manera! En fin, no quiero adelantar acontecimientos.

¿Por qué dije antes que lo peor vino después? Pues sencillamente porque, al terminar de leer, aún con el perfume de aquella mujer rondando mi nariz, me di cuenta de que, zopenco de mí, no le había pedido el teléfono.
Ojos de Lobo

martes, 22 de junio de 2010

Carta III Principios... (8ªparte)


Una imagen inesperada la de hoy, sin duda. En primer plano, vida. En segundo, una inmensa fábrica de arenas descansando sobre un valle que, en último plano, cierra la estampa. Cada cual que llegue a sus conclusiones sobre el impacto natural de esta monstruosidad humana. Yo sólo voy a deciros algo que quizá no entandáis... a mí me impresionó de manera brutal la extraña "belleza" de aquella estampa y no se me fue de la cabeza hasta bien entrada la tarde, allí, en Larrasoaña.
Una cosa más. No he hecho esto nunca y espero que a Salva no le importe: quiero dedicar este final de carta a una persona con la que he tenido el placer de re-conocerme últimamente. Me ha ayudado a recordar una verdad incuestionable: a veces, sin saber cómo, cuándo, ni por qué... sin tener la más remota idea, alguien suspira por nosotros.
Ojos de Lobo


"El final del día me tenía reservada una sorpresa inimaginable.
Volví a encontrarme con aquel peregrino. Yo me encontraba sentado junto a un gran frontón, viendo jugar a unos críos y preparándome unas rebanadas de pan con no sé que cosa enlatada… cuando apareció. Lo hizo como casi siempre, casi de la nada, porque cuando me giré al escuchar ruido a mis espaldas, él ya estaba sentado, con un artilugio que se asemejaba a un farol, unas tostas con tomate y enfrascado en la escritura de un documento. A la luz tenue, una gran pluma de ave se movía con ligereza sobre un papel que, o bien pergamino autentico o bien imitación de este, cada vez estaba más lleno de un mar de frases. El peregrino sordomudo me miró, guiñó su ojo derecho como ya lo hubiera hecho aquella mañana y siguió escribiendo. Me sentí tan extraño, tan fuera de lugar, que a pesar de mi curiosidad terminé rápido de cenar y me fui a mi habitación, donde las italianas me esperaban para decirme algo sobre los despertadores.

Me acosté.
No voy a extenderme en cómo me dormí, en mis preparativos para el día que llegaba ni nada por el estilo. Creo que lo que ocurrió aquella noche, durante aquel instante que pareció pasar como un relámpago, será más de tu interés, mi niña.
Nunca he tenido un sueño profundo así que desperté en cuanto noté algo extraño en mi almohada. Estaba en la litera de arriba, mirando a la pared, por lo que sentí, de repente, un escalofrío de temor al reparar en que tenía que girarme. Estaba seguro de que alguien había tocado mi cama. Me armé de valor y lo hice, de un salto casi. Hubiera gritado al ver a un hombre encapuchado en cualquier otra situación, pero esa noche no. El peregrino misterioso estaba allí, de pie, junto a mi litera. Justo cuando iba a recriminar su entrada tan poco cortés y adecuada, me silenció al hacerme un gesto rápido con su mano, indicándome la almohada. Allí descansaban un par de hojas de papel escritas con tinta negra, hojas que reconocí de inmediato: eran las que aquella tarde había visto escribir al sordomudo. Un papelito, este sí, de un cuaderno cuadriculado sencillo, reposaba sobre los documentos y en él se leía, con grandes letras, REGALO.
Me quedé tan asombrado que por un momento cerré los ojos para comprobar que no estaba soñando. Cuando los abrí, el papel seguía ahí, pero no el hombre. Me asomé como pude a la ventana del albergue y le vi allá abajo, en la placita donde se encontraba aquel edificio, caminando con prisas hacia una calleja, donde desapareció en la oscuridad.
Sonreí.
Tampoco sabía muy bien qué hacer después de aquel episodio digno de una película de suspense que se precie.

Sólo me dio por quedarme allí unos minutos antes de volver a retomar mi sueño. Permanecí en aquella ventana del segundo piso, pensando en que me esperaban sorpresas, aventuras, tan emocionantes como la que había vivido aquella madrugada. Después miré a la luna y con un susurro te deseé buenas noches y dulces sueños, querida mía.
Eso fue justo antes de regresar a mi litera, durante ese último instante de mi día en el que miré a las estrellas, a la preciosa esfera celeste que las guiaba y acompañaba en el firmamento y un duendecillo de Larrasoaña me trajo una incomparable imagen de cuento de hadas: ese manantial de luz de tu mirada.

Desde aquí y por siempre.
Salva."

domingo, 20 de junio de 2010

Carta III Principios... (7ªparte)


Un foto sin título. No creo que haga falta.
Al igual que un lugareño puede ser un reducto maravilloso en el que refugiarse para conversar o simplemente tomar prestada su mirada, que tanto y a tantos ha contemplado, lo es también un espacio como este. Una estampa única que nos aleja del polvoriento camino y nos hace pensar que, en cualquier momento, van a hacer acto de presencia las hadas, elfos, gnomos y demás criaturas del bosque.
Puede que ahí estén, escondidos en esa foto. No se ven pero, ¿podéis sentirlos?
Ojos de Lobo


"El día seguía pasando. Y el Alto de Erro se hizo un obstáculo fácilmente salvable para alguien con una energía renovada y con un buen bordón en su mano derecha.
El paisaje sigue siendo espectacular. A veces casi agachado para no toparte con el follaje que crece sobre mi cabeza, como el mejor de los techos.

Llegaba el momento de comer.
No sé si te he dicho antes que había traído unas cosillas de la gran ciudad, algo que me sirviera para comer durante un par de días, ahorrándome dinero y tiempo una vez comenzado el Camino.
No iba a prepararme un manjar, por supuesto, pero la situación y el escenario hicieron de esa comida algo muy especial: Cocinar con un camping gas un sobre de pasta en un medio cazo, escondido por si alguna autoridad decidía aguarme la fiesta, es una de las cosas que recomiendo se experimenten. Entonces es cuando sabrás, Laura, lo bien que se come en casa.

Por fin, y tras soportar el sol justiciero de las 4 de la tarde, llegué al pueblecito que, por una noche, sería mi residencia personal.
Estaba agotado, eso no puedo negártelo, pero no creo que fuera precisamente por eso por lo que me sentí pletórico al llegar hasta allí. ¿Sabes por qué? Lo había conseguido. Había logrado completar mi primera etapa, algo más de 25 kilómetros, una distancia que había recorrido con mis propias piernas, una distancia que, hasta ese día, me había parecido monstruosamente enorme. Lo había conseguido y en parte por ti.
No sé, ni puedo imaginarlas en el sueño más eterno, las palabras de agradecimiento y de cariño que me encantaría decirte ahora, mientras me instalo en una habitación junto a dos italianas y una inglesa.
Si estuvieras aquí, sentada en esa roca al lado del cauce del río, observando como lavo la ropa contra una piedra, te gritaría, quizá miles de veces, lo orgulloso que me siento de ti, lo feliz que me siento por tenerte a mi lado aunque en la distancia.
Si hubieras permanecido allí, tumbada en aquel césped y dándote cuenta, como yo, que no había nada que hacer en aquel lugar, posiblemente un par de sonrisas y unas palabras de aliento me hubieran mantenido ocupado hasta el atardecer.
En realidad, en este devenir de aburrimiento e ilusión, me he dado cuenta de una verdad que traspasa los cimientos de la lógica. Y es que, llegada mi hora, podría decirte que te quiero tantas veces como fueras capaz de escuchar y sin embargo eso sólo nos recordaría que quizá, en algunas ocasiones, el amor no es suficiente… ni mucho menos.
Ensoñaciones de un loco, palabras que se desvanecen… no las tengas en cuenta, querida mía… yo me desvaneceré con ellas. "
(...)

jueves, 17 de junio de 2010

Carta III Principios... (6ªparte)

De camino al Alto de Erro


La imagen de hoy es uno de esos ejemplos de cómo civilización y Camino se han dado la mano en una más que respetable armonía.
Una carretera que parece precipitarse al vacío unos metros más allá. Helechos custodiando su cauce. Un abrigo verde que lo envuelve todo, como dos manos que protegen al caminante. Y, cómo no, un peregrino. ¿Qué más se le puede pedir a una foto?
Ojos de Lobo





"Pero que sería del Camino, querida mía, sin los lugareños. Sin esa gente que ofrece su hospitalidad, su cariño (y a veces sus malos modos) a aquellos que día tras día transitan frente a la puerta de sus casas, sin pedir más que un mínimo de consideración.
Hay de todo, Laura. En eso no hay demasiada diferencia con la ciudad. Si te topas con alguien dispuesto a agradarte, dale gracias al cielo y si no es así, tampoco levantes la voz ni te quejes, quizá tú no agrades tampoco a alguno de ellos.
Hay que tener en cuenta que algunos sufren esa afección que yo he llamado amabilidad forzosa.
A uno de estos lugareños le recordaré con especial cariño. Fue justo antes de comenzar a subir el llamado Alto de Erro, el tramo más duro de la etapa y el primer puerto importante. Allí un anciano, con una vitalidad y unas ganas de vivir pasmosas, vendía bordones hechos artesanalmente. De las ganas de vivir, mi niña, no puedo sino callarme al estar dirigiéndome a una de las personas que sin duda tiene ganado el Paraíso por su fuerza. Esa persona eres tú, por si mi prosa no ha resultado ser demasiado clara.
Lo que si te diré es que me ofreció, además de un caramelo de los que su esposa se encargaba de hacer, un bordón.

- Si aún no tienes bordón es mejor que te lleves uno. Vas a ver cómo te ayuda en tu camino. Además son sólo 5 Euros – al verme dudar, continuó – Y qué son 5 Euros hoy en día, eso no es nada.

Se me escapó una carcajada. De nuevo una paradoja. En Madrid 5 Euros no son nada, como bien dijo aquel hombre. Te puedes tomar un par de refrescos y da las gracias. Aquí, en el Camino, 5 Euros eran mi presupuesto diario para la comida.
Ahora dime la verdad, mi niña, si esto lo hubieras pensado en el momento, ¿hubieras comprado aquel bordón que, a decir verdad, tampoco era nada del otro mundo?


Pues eso fue lo que yo hice. No pensar. "



(...)

lunes, 14 de junio de 2010

Carta III Principios... (5ªparte)

Caserío Navarro. Pueblo de Burguete.
A pesar de no tener la sensibilidad que tiene Salva para describir lugares, emociones, sentimientos, sí que es cierto que me quedé impresionado con el primer atisbo de civilización después de Roncesvalles. Estar ahí, frente a esas moles de piedra, impone, os lo aseguro. Lástima que, una vez más, una foto no pueda hacer justicia.
Ojos de Lobo


"Cuando llevas caminados ya quince kilómetros y parece como si las piernas no sintieran el cansancio, es cuando la alegría que te rodea se hace aún más fuerte. Que iluso fui, no sabía lo que me esperaba unas jornadas después. Pero no adelantemos acontecimientos.
Lo verdaderamente interesante es la escena que voy a relatarte.
Llegué a un pueblo, a otro más, y allí, no las piernas mas si el estómago empezó a quejarse. Ya hacía al menos un par de horas que había comido mi último bocado así que decidí buscar un sitio adecuado para tomarme (no te rías) un ColaCao bien fresquito.
Allí estaba él. Sentado en un banco de madera verde y comiendo un trozo de torta. Me detuve antes de dar el paso de sentarme a su lado. Ni siquiera para comer se había retirado la capucha, por eso mirarle era completamente absurdo. Allí me preparé mi segundo desayuno, en un termo y con un cartón de leche que había comprado en la tienda de la aldeucha anterior. Entonces me miró.

- Hola peregrino.

Fue lo único que se me ocurrió decirle. No contestó, ni siquiera pareció escucharme pues siguió comiendo como si nada. Me iba a costar entablar conversación con aquel extraño personaje, más aún después de saber lo que estaba a punto de rebelarme.
Se levantó con intención de marcharse. Se giró hacia mí, mirada contra mirada, y se señaló el oído y después la boca, cubierta por el pañuelo. Después movió la cabeza negativamente. No hizo falta más. Volví a perderle de vista.
Fue así, sentado en aquel banco de madera verde, tomando mi primer desayuno al aire libre, cuando descubrí que el peregrino de la capa, el extraño personaje, era sordomudo."

(...)

viernes, 11 de junio de 2010

Carta III Principios... (4ªparte)

"No recuerdo su nombre, ni siquiera la distancia a la que se encontraba de Roncesvalles, pero lo que nunca olvidaré será la belleza de aquel primer pueblecito en el Camino.
Hoy, ya en la oscura celda de la monotonía, puedo decirte, Laura, que ha sido el pueblo que más me ha impresionado: no por su tamaño y quizá tampoco por su belleza, pero tenía algo mágico. Enormes casones navarros, algunos con más de 200 años de historia (como bien indicaban en placas de piedra sobre el dintel de las puertas); coloridos jardines, encanto en las calles bañadas por dos continuos torrentillos de agua a ambos lados del camino… esas gentes que, abriendo sus ventanas, se desperezan y te miran sin poder ocultar un gesto de admiración… No lo sé, querida mía, pero son de esas cosas que nunca saldrán de mi pecho.

En mis noches de vigilia he intentado explicar el porqué de este sentimiento y la respuesta más convincente que encontré fue: el principio. Como dijo un viejo amigo, los principios son siempre hermosos. Pero ahora que escribo esto y en mi mente no hacen sino reaparecer imágenes de ti, de la dueña de estos escritos, creo que su teoría podría ser rebatida.

Recuerdo nuestro principio. La verdad y con una sinceridad que espero no sea hiriente, la primera vez que contemplé a aquella rubia de ojos profundos, mis impresiones se dividieron entre considerarte una joven atractiva sin llegar a ser destacable o una chica tan distante y fría como un hermoso témpano de hielo. Tan lejos te encontré de mí y de todo lo que me rodeaba, que creo ni te dirigí la palabra. Después, volviste a desaparecer entre el murmullo de otras ocho personas y pareció como si no quedara nada de ti en mi memoria.
De nuevo apareciste (lógico cuando se convive en la misma casa), otra imagen tuya, esta vez algo menos retirada de lo que hasta entonces había creído.

Después de esto, no podrás decir, querida mía, que este principio fuera hermoso. Quizá lo empezó a ser desde que mis ojos se quedaron fijos en los tuyos y de repente olvidara tu nombre, desde que verdaderamente supe quién eras. Unas horas más a tu lado, en la soledad de un campo de girasoles, me hicieron darme cuenta de que aquel témpano era, con mucho, una de las personas con más corazón y coraje que conozco.

Así que dejemos los principios a un lado y continuemos con nuestra andadura, nuestro camino, un camino que aún tiene mucho que decir y muchas sorpresas que darme, que darte. "

(...)

martes, 8 de junio de 2010

Carta III Principios... (3ªparte)


Sé que la imagen no es buena, queridos/as lectores/as, pero es la mejor que tenía entre mis archivadores.
Está tomada a menos de un kilómetro de Roncesvalles. Como bien dice Salva, una estampa primeriza pero pronto familiar: la espalda de un peregrino bajo un manto verde oscuro.
A seguir disfrutando

Ojos de Lobo


"¿Sabes lo que es realmente hermoso, querida mía? Que dentro de ese maravilloso escenario tú te sientas parte de él.
El sentirse parte de algo, de algo más grande que un simple grupo de gente, algo más allá de lo material… ese aura que te envuelve y que te hace sentirte a gusto, esa fue una de las primeras cosas que me tocó descubrir aquella mañana.
Fue de la forma más fortuita que te puedas imaginar.

Caminaba absorto en el paisaje que antes te he relatado cuando, sin saber de dónde, surgió ante mí eso que las gentes llaman crucero. Un mástil de fría piedra blanquecina que sostiene, en su máxima altura, una cruz adornada de esa o de otra manera. Según había leído, estos pequeños monumentos cristianos eran una de las señas de identidad del Camino de Santiago. Quizá por eso, a pesar de mi poca vocación religiosa, o porque me impresionó tanto que no pude continuar caminando, me detuve unos instantes frente a la cruz. Estando allí se me vinieron a la cabeza cientos de pensamientos: mi familia, mis amigos, mi vida, lo que pudimos pensar y no pensamos, lo que pudimos decir y no dijimos, lo que pudimos hacer y no hicimos…
En fin, una serie de ideas que sería absurdo contarte ahora, mi niña, pero que serán protagonistas en otras partes de mi relato, te lo aseguro.
Lo importante es que, sin saber muy bien porqué, me acerqué hasta el crucero y lo abracé. Fue entonces cuando un espíritu pareció salir de la gélida superficie pétrea y me susurró al oído: “Ahora ya eres parte de esto”. Justo en ese momento, un rostro cubierto por un pañuelo azul, encapuchado, pasó delante de mí, sin detenerse y mirándome con sus ojos oscuros me dejó más petrificado que la propia piedra. Después, ni una sola palabra, únicamente me guiñó el ojo y estoy seguro de que bajo su coraza de tela, sonrió.
No sé cuantos minutos pasaron, pero cuando volví de mi ensoñación ya había desaparecido. "

(...)

domingo, 6 de junio de 2010

Carta III: Principios... (2ªparte)

"Como bien pueda, ya sabes que mi don de escritura a veces flaquea, te describiré un par de imágenes que aún tengo grabadas en mi mente, un par de paisajes inconmensurablemente hermosos y que espero sean de tu agrado. No espero más de ti.

Bajo la llovizna, una acompañante más en este primer día y a la cual se echaría en falta otros muchos, comencé a caminar por una senda marcada por la mano del hombre y que trascurría dejando la carretera a mano izquierda. Según decían, era una de las partes más bellas de todo el Camino, a pesar de que el moderno monstruo de asfalto hubiera hecho mella en el espectacular paisaje dominado por pinos, robles y los invencibles helechos.
Nunca había caminado con semejante techo de vegetación sobre mi cabeza, lo que, además de cubrirme ante las frías gotas, hacía de la senda un lugar misterioso al no permitir llegar ni un sólo rayo del tímido sol, que ya asomaba tras los nubarrones.
Miraba a todas partes, intentando impregnarme de cada mínimo detalle, de los olores, las sensaciones, del sonido de las lágrimas de rocío que se apelotonaban en los helechos, en un intento descabellado de saltar al vacío y chocar con el pedregoso sendero. Al fijar la mirada hacia delante, sólo un par de espaldas con enormes mochilas rompían la perfección de aquel paraíso, y sólo el repicar de las pisadas sobre la arena me hacía despertar del eterno sueño en que creía estar. Cada poco sentía que mi cabeza estaba casi empapada ya, pero me dio igual. Era una sensación tan pura, querida mía, tan impropia del mundo ajetreado en el que vivimos, que hubiera dado cada gramo de mi mochila en oro por caminar por aquel edén durante toda mi corta existencia.
Son todas imágenes inolvidables y que, a la vez, vas dejando atrás en un abrir y cerrar de ojos. Irónico, pero no se aleja demasiado de nuestra propia vida.

Todo ello, con un extraño acompañante que era mi sombra en esa mañana oscura. Aquel peregrino, el hombre de la capa parda y pañuelo celeste en boca, seguía mis pasos a escasa distancia. En ocasiones su presencia se hacía tan insoportable que tenía que girar la cabeza para ver que aún le sacaba un trecho. Otras, sólo al mirar de reojo, contemplaba como aquella sombra no se iba a despegar de mí por mucho que yo quisiera. Entonces un mar de contradicciones se ceñía sobre mí. Creo que alguna vez lo habrás sentido, Laura, cuando sabes que tienes a alguien cerca, alguien al que ni siquiera conoces pero te es tan cercano como tu propia presencia. Entonces sientes miedo, a veces hasta pavor, pues bajo su atenta mirada te ves indefensa, incapacitada para realizar cualquier acto con un mínimo de cordura. Aunque la locura y la cordura a veces se parezcan tanto.
Pero además de eso, te sientes en cierto modo protegida. Sabiendo que está ahí, parece como si fuera un espíritu protector que no se separaría de ti por nada del mundo y que, cuando llegara el momento, quizá fuera la mano a la que agarrarte.
Una sensación parecida me recorrió, dejando que se escapara una sonrisa. Sé que me entiendes, preciosa, sobran más palabras. "


(...)

jueves, 3 de junio de 2010

Carta III: Principios... (1ªparte)

Santa María de Roncesvalles

Antes de dar comienzo a la tercera carta, he querido mostraros el interior de la colegiata de Roncesvalles, allí donde, al igual que Salvador, yo también recibí mi misa del Peregrino. No soy yo de aquellos que creen en el "Omnipresente jugador de destinos humanos", pero lo que sí es cierto es que aquí dentro, uno siente cosas extrañas. Llamadlas como queráis.

Es sólo eso. Un pequeño obsequio para los que me siguen por estos lares. Y una advertencia... abrochaos los cinturones, empieza el Camino.

Ojos de Lobo



III.- Principios…


"Una verdadera maravilla.

No tengo otras palabras para definir los impresionantes paisajes que, uno tras otro, se iban sucediendo frente a mí. Ni en el mejor de los sueños había tenido la oportunidad de sentir, de contemplar, tantísima vegetación, tanta belleza natural. La verdad es que deberías de contemplar esto y compartirlo conmigo, Laura. Estoy seguro de que al menos conseguiría arrancarte una mueca de asombro y una sensación de paz que no se paga con la mejor de las vistas de Madrid.

Como te dije, salí el último del albergue de Roncesvalles, sin mucha idea de hacia donde comenzar a caminar. Por eso, ante la duda, lo más sensato ha sido seguir al primer personaje con mochila al hombro que he visto. No creas, querida mía, que no he sido siempre fiel detractor de la idea de seguir al prójimo para alcanzar tu objetivo, pero aquí es una de las señales más fiables que te puedas encontrar. Eso y las flechas amarillas. Había leído por algún librillo de esos que llevamos los más novatos, que todo el camino está señalizado con esas marcas, como si quisieran recordarnos la senda de baldosas amarillas de la maravillosa fábula del Mago de Oz. Irónico, sí, pero real como la vida misma. Esas flechas sacarían de apuros a más de uno durante su viaje, incluyéndome a mí. Eran las brújulas más exactas, la seña de identidad del Peregrino, la única presencia que estaría con nosotros día y noche, la única que no nos dejaría nunca. Así, bajo su amparo y tu recuerdo, di mi primer paso hacia Santiago."

(...)

martes, 1 de junio de 2010

Voy a contaros algo...

Me siento casi obligado a hacerlo después de haber compartido dos cartas con vosotros. No se me entienda mal: no es que no confíe en las personas que pueden entrar en esta parcela - que también - sino que no fue creada para hablar de mí. Sin embargo, poco a poco, y a la luz de algunas dudas que, de manera privada, me han planteado ya algunos lectores, creo que es el momento de contar (al menos hasta donde pueda) de dónde salen estas cartas.

Todo comenzó con un viaje improvisado. Yo y un amigo decidimos pasar un fin de semana lejos de Madrid. Nuestro destino es Ucero, pueblo soriano perdido del mundo en cuyo cobijo comienza el Cañón del río Lobos. Apenas un albergue con sábanas acartonadas y olor a naftalina. Suficiente.
Cargados con mochilas, nuestros siempre comentarios mordaces sobre el género femenino y nuestras ganas de respirar aire puro, comenzamos la ruta que nos descubre, en primer lugar, la ermita de origen misterioso y plagada de leyendas. No suelo creer en esas cosas. Así que no sentí absolutamente nada más que frescor cuando franqueamos la puerta metálica y accedimos al interior del templo. No había nadie. Todos disfrutaban, fuera, del calor inusual del mes de noviembre.
Un par de minutos llevaba sentado en el banco, escribiendo en la libreta bocetos poco elaborados de lo que nunca se podrán llamar poemas, cuando una chica joven se acercó a mí. Me miró, sonrió y volvió a fijar la vista en el altar de piedra. Generalmente estas cosas no me pasan. Nunca me pasan. Así que ni supe reaccionar, ni sé ahora qué fue exactamente lo que hice o dejé de hacer. Únicamente sé que yo no hablé primero.
"
De Madrid, ¿verdad?",
dijo ella. Ante mi gesto de embobamiento supremo (como si me viera), me aclaró que era fácil distinguirnos entre el resto de turistas. No indagué en qué era eso tan particular en nosotros, y seguí sintiéndome como un pez fuera del agua. Eso sí, respondí con la cabeza de forma afirmativa.
Lo que ocurrió después... raro, muy raro. Ya lo es que una mujer desconocida te aborde en una iglesia templaria con aires místicos, pero más aún si lo hace con una oferta o proposición o pacto o yo qué sé qué.

"Vamos a hacer una cosa. Tú me das tu dirección postal y yo te mando un paquete con unas cartas. No mías. Sólo quiero que las descifres, las pases a máquina y me las entregues. Mejor, no las entregues. Publícalas en un blog de esos. Yo las leeré."

Anonadado. Es posible que me repitiera estas palabras una docena de veces. No lo sé. Porque no podía dejar de mirar sus labios y el tiempo se me hizo eterno. Cuando alcé la vista y vi que mi amigo me miraba con gesto incrédulo a la par que triunfal, me decidí a hablar. Dije, "¿me estás tomando el pelo?" Ya, lo sé, demasiado directo, pero mis neuronas no daban para mucho más (obsérvese que estaban ocupadas en reconocer las motas verdosas en sus ojos marrones).
"No, no. Para nada", dijo ella, "si no te fías de mí, lo entenderé".

¿Fiarme? Y qué más da si me fío o no. Me estás pidiendo un dato personal e íntimo en la segunda frase que compartimos. Eso es... ¡increíble! Evidentemente, esto no se lo dije. Y pasé a apuntarle mi dirección todo lo bien que pude, poniendo especial cuidado en hacer una letra de galante escritor de novela de misterio.
"¿Por qué yo?", le pregunté mientras ella se metía el papelito en el bolsillo del pantalón. "Te he visto escribir. Y quien escribe en una iglesia es porque tiene un... "algo" especial para escribir. El título de lo que escribías está en francés, por lo que supongo que algo manejas en ese idioma (aparte del inglés, que lo manejamos todos medianamente) y eso es un punto a tu favor. Además, tu letra es desastrosamente complicada así que doy por hecho que las caligrafías enrevesadas no se te resisten tanto como a otros. Eres de Madrid, por lo que tienes relación con el autor de las cartas. Y por último...me pareces un buen tío".

"Ya. Eso me dicen todas", estuve a punto de decir. Aunque evidentemente sólo era referido a la última de las razones. Pero ni lo dije, ni me dio tiempo a decir nada más: se levantó y se fue. Así, como si nada. Mi amigo y yo nos miramos... y decidimos pensar que todo era una broma (en realidad, no hablamos de otra cosa en toda la tarde, pero no está bien decirlo por aquí).

No volví a saber nada de la mujer, ni de cartas, ni de nada... hasta hace un mes: Recibí en mi casa un paquete. Además de las instrucciones para la publicación de las mismas, media docena de cuadernos ajados y sin muelles.
A partir de ahí... bueno... eso es otra historia.

Ojos de Lobo