
Una imagen inesperada la de hoy, sin duda. En primer plano, vida. En segundo, una inmensa fábrica de arenas descansando sobre un valle que, en último plano, cierra la estampa. Cada cual que llegue a sus conclusiones sobre el impacto natural de esta monstruosidad humana. Yo sólo voy a deciros algo que quizá no entandáis... a mí me impresionó de manera brutal la extraña "belleza" de aquella estampa y no se me fue de la cabeza hasta bien entrada la tarde, allí, en Larrasoaña.
Una cosa más. No he hecho esto nunca y espero que a Salva no le importe: quiero dedicar este final de carta a una persona con la que he tenido el placer de re-conocerme últimamente. Me ha ayudado a recordar una verdad incuestionable: a veces, sin saber cómo, cuándo, ni por qué... sin tener la más remota idea, alguien suspira por nosotros.
Ojos de Lobo
"El final del día me tenía reservada una sorpresa inimaginable.
Volví a encontrarme con aquel peregrino. Yo me encontraba sentado junto a un gran frontón, viendo jugar a unos críos y preparándome unas rebanadas de pan con no sé que cosa enlatada… cuando apareció. Lo hizo como casi siempre, casi de la nada, porque cuando me giré al escuchar ruido a mis espaldas, él ya estaba sentado, con un artilugio que se asemejaba a un farol, unas tostas con tomate y enfrascado en la escritura de un documento. A la luz tenue, una gran pluma de ave se movía con ligereza sobre un papel que, o bien pergamino autentico o bien imitación de este, cada vez estaba más lleno de un mar de frases. El peregrino sordomudo me miró, guiñó su ojo derecho como ya lo hubiera hecho aquella mañana y siguió escribiendo. Me sentí tan extraño, tan fuera de lugar, que a pesar de mi curiosidad terminé rápido de cenar y me fui a mi habitación, donde las italianas me esperaban para decirme algo sobre los despertadores.
Me acosté.
No voy a extenderme en cómo me dormí, en mis preparativos para el día que llegaba ni nada por el estilo. Creo que lo que ocurrió aquella noche, durante aquel instante que pareció pasar como un relámpago, será más de tu interés, mi niña.
Nunca he tenido un sueño profundo así que desperté en cuanto noté algo extraño en mi almohada. Estaba en la litera de arriba, mirando a la pared, por lo que sentí, de repente, un escalofrío de temor al reparar en que tenía que girarme. Estaba seguro de que alguien había tocado mi cama. Me armé de valor y lo hice, de un salto casi. Hubiera gritado al ver a un hombre encapuchado en cualquier otra situación, pero esa noche no. El peregrino misterioso estaba allí, de pie, junto a mi litera. Justo cuando iba a recriminar su entrada tan poco cortés y adecuada, me silenció al hacerme un gesto rápido con su mano, indicándome la almohada. Allí descansaban un par de hojas de papel escritas con tinta negra, hojas que reconocí de inmediato: eran las que aquella tarde había visto escribir al sordomudo. Un papelito, este sí, de un cuaderno cuadriculado sencillo, reposaba sobre los documentos y en él se leía, con grandes letras, REGALO.
Me quedé tan asombrado que por un momento cerré los ojos para comprobar que no estaba soñando. Cuando los abrí, el papel seguía ahí, pero no el hombre. Me asomé como pude a la ventana del albergue y le vi allá abajo, en la placita donde se encontraba aquel edificio, caminando con prisas hacia una calleja, donde desapareció en la oscuridad.
Sonreí.
Tampoco sabía muy bien qué hacer después de aquel episodio digno de una película de suspense que se precie.
Sólo me dio por quedarme allí unos minutos antes de volver a retomar mi sueño. Permanecí en aquella ventana del segundo piso, pensando en que me esperaban sorpresas, aventuras, tan emocionantes como la que había vivido aquella madrugada. Después miré a la luna y con un susurro te deseé buenas noches y dulces sueños, querida mía.
Me quedé tan asombrado que por un momento cerré los ojos para comprobar que no estaba soñando. Cuando los abrí, el papel seguía ahí, pero no el hombre. Me asomé como pude a la ventana del albergue y le vi allá abajo, en la placita donde se encontraba aquel edificio, caminando con prisas hacia una calleja, donde desapareció en la oscuridad.
Sonreí.
Tampoco sabía muy bien qué hacer después de aquel episodio digno de una película de suspense que se precie.
Sólo me dio por quedarme allí unos minutos antes de volver a retomar mi sueño. Permanecí en aquella ventana del segundo piso, pensando en que me esperaban sorpresas, aventuras, tan emocionantes como la que había vivido aquella madrugada. Después miré a la luna y con un susurro te deseé buenas noches y dulces sueños, querida mía.
Eso fue justo antes de regresar a mi litera, durante ese último instante de mi día en el que miré a las estrellas, a la preciosa esfera celeste que las guiaba y acompañaba en el firmamento y un duendecillo de Larrasoaña me trajo una incomparable imagen de cuento de hadas: ese manantial de luz de tu mirada.
Desde aquí y por siempre.
Salva."
Desde aquí y por siempre.
Salva."

De nuevo, una vez más, sencillamente genial.
ResponderEliminarAunque nos hagas esperar el misterioso contenido del pergamino
...:)....
ResponderEliminar