domingo, 6 de junio de 2010

Carta III: Principios... (2ªparte)

"Como bien pueda, ya sabes que mi don de escritura a veces flaquea, te describiré un par de imágenes que aún tengo grabadas en mi mente, un par de paisajes inconmensurablemente hermosos y que espero sean de tu agrado. No espero más de ti.

Bajo la llovizna, una acompañante más en este primer día y a la cual se echaría en falta otros muchos, comencé a caminar por una senda marcada por la mano del hombre y que trascurría dejando la carretera a mano izquierda. Según decían, era una de las partes más bellas de todo el Camino, a pesar de que el moderno monstruo de asfalto hubiera hecho mella en el espectacular paisaje dominado por pinos, robles y los invencibles helechos.
Nunca había caminado con semejante techo de vegetación sobre mi cabeza, lo que, además de cubrirme ante las frías gotas, hacía de la senda un lugar misterioso al no permitir llegar ni un sólo rayo del tímido sol, que ya asomaba tras los nubarrones.
Miraba a todas partes, intentando impregnarme de cada mínimo detalle, de los olores, las sensaciones, del sonido de las lágrimas de rocío que se apelotonaban en los helechos, en un intento descabellado de saltar al vacío y chocar con el pedregoso sendero. Al fijar la mirada hacia delante, sólo un par de espaldas con enormes mochilas rompían la perfección de aquel paraíso, y sólo el repicar de las pisadas sobre la arena me hacía despertar del eterno sueño en que creía estar. Cada poco sentía que mi cabeza estaba casi empapada ya, pero me dio igual. Era una sensación tan pura, querida mía, tan impropia del mundo ajetreado en el que vivimos, que hubiera dado cada gramo de mi mochila en oro por caminar por aquel edén durante toda mi corta existencia.
Son todas imágenes inolvidables y que, a la vez, vas dejando atrás en un abrir y cerrar de ojos. Irónico, pero no se aleja demasiado de nuestra propia vida.

Todo ello, con un extraño acompañante que era mi sombra en esa mañana oscura. Aquel peregrino, el hombre de la capa parda y pañuelo celeste en boca, seguía mis pasos a escasa distancia. En ocasiones su presencia se hacía tan insoportable que tenía que girar la cabeza para ver que aún le sacaba un trecho. Otras, sólo al mirar de reojo, contemplaba como aquella sombra no se iba a despegar de mí por mucho que yo quisiera. Entonces un mar de contradicciones se ceñía sobre mí. Creo que alguna vez lo habrás sentido, Laura, cuando sabes que tienes a alguien cerca, alguien al que ni siquiera conoces pero te es tan cercano como tu propia presencia. Entonces sientes miedo, a veces hasta pavor, pues bajo su atenta mirada te ves indefensa, incapacitada para realizar cualquier acto con un mínimo de cordura. Aunque la locura y la cordura a veces se parezcan tanto.
Pero además de eso, te sientes en cierto modo protegida. Sabiendo que está ahí, parece como si fuera un espíritu protector que no se separaría de ti por nada del mundo y que, cuando llegara el momento, quizá fuera la mano a la que agarrarte.
Una sensación parecida me recorrió, dejando que se escapara una sonrisa. Sé que me entiendes, preciosa, sobran más palabras. "


(...)

2 comentarios:

  1. Si esa sensación que describes la he sentido alguna vez a altas horas de la madrugada volviendo a casa, cuando no hay ni un alma en la calle y solo se oye el eco de los pasos del que al igual que tu regresa a su hogar

    ResponderEliminar
  2. El Camino, como todo camino, te enfrenta a tí mismo, en la soledad de las interminables curvas y las difíciles subidas. Esa es la soledad que siente el peregrino, y por eso se valora tanto la compañía de otros pasos, aunque sean desconocidos.

    ResponderEliminar