jueves, 24 de mayo de 2012

Carta VII Cruce de caminos... (3ªparte)


Templo de Eunate. Presumiblemente, de fundación templaria.

"El camino nunca se detiene… un peregrino tampoco debe hacerlo a no ser que no haya otro remedio. Desde aquel momento, y a pesar de mi articulación dolorida, me propuse que aquello fuera la seña de identidad de éste que ahora te escribe, querida mía.

Además, alguien me dijo un día que la vida nos devuelve lo que invertimos en ella… quizá en ese momento no lo entendía, como tantas otras cosas. Pero tiene razón. Y por ello, ante el esfuerzo por seguir adelante, el Camino nos tenía reservada una buena sorpresa: un reencuentro.

Uli, el tercer miembro de la Compañía, descansaba en un banco de piedra y su sonrisa pareció renacer cuando nos vio aparecer a ambos por aquella calleja. Me alegré mucho, te lo aseguro. No sólo porque aquel muchacho me había parecido tan fascinante como el propio Camino, sino porque así la monótona - en ocasiones - compañía de Carlos se hacía más llevadera.

Tras los saludos de rigor, nos tocó tomar una decisión. Uli nos había comentado que a un par de kilómetros de allí, desviándose de la ruta pero enlazando con el Camino Aragonés (es decir, más distancia pero una misma meta), había una iglesia muy interesante, según las guías, por su origen enigmático y muy unido a los caballeros del Temple. Ya sabes, mi niña, que tengo una debilidad especial con temas caballerescos… creo que no hasta el punto que sospechas de soñar con ellos, pero sí para afrontar el nimio sacrificio de un par de kilómetros más. ¿Qué era aquello comparado con lo que ya había andado?

Así que nos costó poco decidirnos y encaminamos nuestros pasos hacía el templo misterioso.

Allí estaba, frente a nosotros, a varios centenares de metros, altivo y sin inmutarse. A nuestra derecha… un camino que bordeaba un campo labrado y con restos de ya haber sido recogida la cosecha. Aquel camino acababa más adelante, dando un rodeo extraordinariamente inútil. Pero para más INRI a la izquierda, un sendero que se perdía en la lejanía y que, igual que el otro, presumiblemente acababa llegando a la iglesia.  Carlos y yo nos miramos. Mi mente intentó calcular cuál de ellos era el más corto, cuál el menos complicado, cuál estaba más protegido por la sombra de un par de arbolillos solitarios…

En eso estaba cuando el Camino volvió a reírse de mí tras la lección magistral que iba a darnos nuestro amigo Uli: sin apenas vacilar un instante, tomó su didjeridu, bebió un poco de agua y se puso a andar a través del campo de labranza. En línea recta, por supuesto.

No sé como te hubieses quedado tú, Laura, pero Carlos y yo nos quedamos con la boca abierta y, por mi parte, me di cuenta de una nueva enseñanza y quizá enemiga de algún sabiondo refrán: “a grandes problemas, soluciones simples”.

De nuevo, maravillado por las cosas que uno aprende cuando se aleja de su hogar y se embarca en una aventura semejante. Ojalá día a día, aprendiésemos tanto como yo lo llevo haciendo en apenas tres días. Quizá así, mi niña, problemas tan importantes como ¿qué camino he de tomar para llegar a mi destino?, se resuelvan de la manera más sencilla posible.  El ser humano es así, cuando quiere afrontar un problema le da miles de vueltas y se centra en estudiar cual de los rodeos hacia la solución es el más conveniente. La verdad… envidio a gente que consigue ser como Uli y ataca de frente, sin miedo, confiando en sus posibilidades y con la ilusión de llegar a la meta siempre presente.

Porque es cierto que suele pasar. Que ante la desesperación del no saber cómo seguir adelante, cuando las opciones son similares y de ninguna sacamos nada en claro más que disquisiciones que nos vuelven aún más cuerdos… una mirada al frente y un caminar por el sendero más abrupto e impracticable es la respuesta que nuestro corazón está buscando.  Hay que luchar, por supuesto, eso queda sabido por descontado.

Lo de la mente y el pensar… cuando ésta consigue aceptar que han sido los mejores pasos de su vida, responde con una sonrisa. Pero eso ya viene un par de suspiros después.


A decir verdad, no era nada fácil caminar por ese lugar: surcos en la tierra inquebrantable hasta ahora pero fácilmente destructible ante las botas de tres peregrinos. Era, el nuestro, un caminar inestable, lento por momentos, salvando una acequia por donde un buen reguero de agua estaba esperando a que alguno cayese para soltar la carcajada… Sí, todo eso era así. Pero llegamos al templo en menos de quince minutos y con la sonrisa en el rostro.

¿Compensó tanto esfuerzo? ¿Valió la pena el “camino difícil” con tal de saber con certeza que llegaríamos no sólo antes a la meta, sino que llegaríamos? Si no te importa, querida mía, me contestaré a mí mismo con otra pregunta… ¿valió la pena abrazarte sabiendo que, tarde o temprano, iba a separarme de ti? Contéstalo tú si quieres, mi niña, yo me conformo con saberlo."

(...)

 
 

viernes, 18 de mayo de 2012

Carta VII Cruce de caminos... (2ªparte)

"Y yo me quedaba aún más perplejo, querida mía, no sólo cuando le encontraba un nuevo sentido a la expresión, “contra el dolor, la ilusión”, sino cuando me daba cuenta de lo que me dejaba allá arriba, en el Alto del Perdón.

La enseñanza que de todo ello saqué, como ya has leído, está clara y no es tarea mía darle más bombo y platillo. Lo que sí dejé, y esto es lo que más me importa hoy día, son mis primeras lágrimas caminando. Mis primeras verdaderas lágrimas de dolor y de impotencia… aunque… ahora mismo no recuerdo si ya antes había sucumbido al embrujo del llanto… Perdóname por estas lagunas, mi niña, son cosas que mi cabeza ya ha dejado de controlar.

Sea como sea, un surquito se adivinaba en mi mejilla si se era buen observador y le daba a mi rostro una estampa aún más sufridora.

 Sufrí. Mucho. Algo que en ti no debe de ser ajeno… pero yo hasta ese momento había creído que tales espectros se quedarían en el autobús Madrid-Pamplona.



Lágrimas… es extraño y a la vez fascinante recordar tus lágrimas. Siempre me lo has dicho “no me gusta que me vean llorar”. Y aún así yo tuve el privilegio, la macabra satisfacción de alguien que te ama con locura, de verte tan desnuda ante mí como para no temer por un llanto. Quisiera hablarte de aquella primera vez. “Llora todo lo que quieras, pero me parte el alma verte llorar por algo así”, eso te dije y tan sólo la luz de una luna casi llena y unas escaleras de fría piedra te escucharon sollozar. Tu mano dolorida, tu corazón aún con ese escalofrío del que acaba de soportar un duro golpe, y mis palabras de colchón para darte ese lecho donde desahogar tus pesares y convertirlos en dichas.

Yo ya te amaba.

Yo aún no lo sabía.

Pero si hoy me dejaran presenciar, como último deseo, un momento de mi vida, quizá no sabría con qué escena construida a tu lado quedarme… pero estoy seguro de que entre mis opciones estaría la de aquella conversación de domingo, en una solitaria calle de un pueblo sin almas y repleto de estrellas, al lado de la mujer que cambió el rumbo de mi vida y con esta extraña sensación que me reporta el estar tan solo, de que en aquel momento te enamoraste un poquito más de mí.

En fin… si no es verdad… permite que yo siga viviendo creyendo que así era."

(...)

martes, 15 de mayo de 2012

Carta VII Cruce de caminos... (1ªparte)


Las llanuras infinitas al otro lado de El Perdón


Por si al lector le flojea la memoria, muy justificada sensación después de una nueva ausencia prolongada, recordar que Salva había enfilado el Alto del Perdón nada más asomarse las primeras luces del alba. Para explicar el purgatorio personal que vivió durante su ascenso y su bajada, nos deleitaba con una historia hecha cuento sobre la ciudad maldita de Montemar.
Con una enseñanza cerraba la última de las cartas: nada es lo que parece y la soberbia solo puede ser aplacada por el perdón.
He aquí cómo continúa esta historia.

Ojos de Lobo


VII.- Cruce de caminos…


"El ser humano nunca dejará de sorprenderme. Hace tiempo pensaba que tras una dificultad, tras un obstáculo que uno considera insalvable, lo más lógico era detenerse y reflexionar, darle tiempo al tiempo y por un momento dejar que todo volviera a su sitio. Pero de un tiempo a esta parte he podido comprobar, en esta lucidez esquiva, que somos de todo menos lógicos. Y sabes, mi niña… doy gracias a la Fortuna de que así sea.

No creas que esto se queda en una simple reflexión como tantas otras en estas cartas… no. Todo esto viene de ese sentimiento extraño que inundó mi alma cuando llegamos a Uterga, el pueblo de recias casonas de piedra que nos esperaba nada más concluir la bajada del Alto del Perdón. Allí, Carlos y yo decidimos pararnos. Por si no te diste cuenta, querida mía, Uli ya no estaba con nosotros. Parece ser que para él la subida resultaba mucho más liviana y pronto nos adelantó cuando aún nos quedaba mucho por acariciar la panza de los gigantescos molinos de viento que guardaban la cumbre. Lo cierto es que no había ningún tipo de lazo de amistad más que la de tres personas que compartieron una tarde de reflexiones y que comenzaron a andar juntos a la mañana siguiente, más por curiosidad mutua que por otra cosa.

Así las cosas, Sam y Frodo hicieron un alto en el camino para recuperar fuerzas y para que un servidor se diera cuenta de que cada vez le dolía más la rodilla izquierda. Pero he aquí lo que pretendía explicarte, Laura, las incongruencias humanas: aún estando agotado, aún teniendo que morderme el labio para no soltar un quejido de dolor cuando apoyaba la rodilla, aún así, mi corazón estaba presto a seguir caminando. Es más, casi no quería ni detenerme allí a perder el tiempo y las ansias por continuar hacía la meta eran casi más poderosas que la sed acumulada. ¿Puedes creerlo?

Cómo nos sorprendemos a veces de nosotros mismos, ¿verdad? Quizá ahora, tras este transitar por un sendero de emociones contradictorias, caiga en la cuenta de lo que significa tener ganas de luchar a pesar de las adversidades y del dolor irremediable.
Tomo conciencia hoy, aquí, perdido del mundo y de tu estela, de cómo el corazón siempre manda en estos asuntos y que cuando la mente se inmiscuye, quiera ser para bien o para mal, es cuando el duendecillo de la ilusión empieza a quedarse afónico. Y entonces, es posible que ya no te grite lo feliz que eres a pesar de que sufres, o quizá ya no te sorprendas a ti mismo repitiendo sus palabras de “merece la pena dolores así, si hay meta certera que te recompense”…
No lo sé. Quizá me haya pasado alguna vez… quizá nos haya pasado.

Y ante una verdad tan indiscutible sólo puedo responder con unas escuetas palabras: aprende, Salva… aprende."

(...)