domingo, 13 de mayo de 2012

Una espera dolorosamente larga

 
- ¿Por qué has tardado tanto en mandarme el manuscrito? Intenté llamarte, hablar contigo, incluso me propuse volver a Ucero para ver si aparecías de nuevo como por arte de magia. Pero nada - no quería parecer demasiado ofendido, aunque lo estaba.

- Bueno. Ambos necesitábamos un descanso.

- ¿Ya está? ¿Eso es todo lo que vas a decirme?

- De momento... no puedo decirte nada más. Te entrego los textos originales de las cartas siete, ocho, nueve y diez. Con eso tienes para al menos un par de meses, supongo.

- Supones bien.

Después de eso, los dos apuramos el café. Por primera vez desde que Alba llegara a mi vida, comprendía que aquella mujer tenía los mismos problemas que el resto de mortales. Ya, lo sé, parece lógico y normal y seguro que alguno se está riendo ahora mismo... pero durante todos estos meses, es como si hubiese imaginado que ella era una especie de... diosa. Como si controlara todo y a todos, como si el destino de las cartas y de la vida de quien se cruzara con ellas, estuviera única y exclusivamente en sus manos. Infinidad de hilos movidos a su antojo que hoy, ya digo que por vez primera, parecían desesperadamente enredados en sus manos.

Finalmente había recibido un correo electrónico suyo, pidiendo vernos en el mismo sitio donde "te tiraste el café encima". Después de más de un mes intentando dar con ella... era lógico que contestara inmediatamente, y que mi disponibilidad fuera total y completa.

Ella apareció, puntual. En aquella ocasión, yo lo había sido aún más. El par de capuccinos con nata y la tortita con sirope de fresa fueron lentamente desapareciendo mientras ninguno de los dos sabía por dónde empezar. Al final, para mi sorpresa, había sido yo el encargado de romper el silencio.

Así que ella también necesita descansos, pensé. Por eso, y porque quería disfrutar de la perturbadora compañía de aquella hermosa mujer, propuse un corto paseo por Alcalá. Para bajar las tortitas, bromeé. Accedió con una sonrisa.

- Quiero preguntarte algo - dijo ya cuando enfilábamos la calle Mayor.

- Dime.

- ¿Por qué nunca me has propuesto vernos?

- Perdona, creo que los cientos de mensajes y los miles de correos electrónicos en estos dos últimos meses no significan precisamente un comportamiento pasota por mi parte.

- Ya. No digo eso. Digo para salir. Como hombre y mujer. Conocernos.

Si no hubiese estado andando, hubiese echado a andar. Si no hubiese llevado un poco de dignidad en el bolsillo, hubiese echado a correr. Ella se hizo la tonta y siguió con la vista clavada en los jóvenes alborotados que circulaban bajo los soportales. Yo tragué saliva repetidas veces, unas doscientas repetidas veces, y contesté lo peor que podría haber contestado.

- Verás... nunca había pensado en ello.

Lo sé, Iván me va a matar. Y lo entendería. Al fin y al cabo, es él el que ha tenido que soportarme hablando de "la rubia" -  después, Alba - , que no paraba de venirme a la cabeza desde que nos la encontramos en aquella reveladora excursión a la montaña.

Sin embargo ella pareció encajar bien mi mentira, ya que siguió el juego como una auténtica experta en recibir embustes de hombres inexpertos.

- Y ahora, ¿estás pensando en ello?

- Bueno... sí... pienso. Quiero decir... lo estoy pensando ahora mismo porque es imposible no pensarlo cuando lo acabas de decir, claro. ¡No pienses en algo!, e inmediatamente después piensas en ello... es matemático... así que pienso que sí... que sí lo pienso vamos. Esto... ¿entiendes algo de lo que estoy diciendo?

- Algo.

- Menos mal...

- ¿Y bien?

- Y bien...¿qué?

- Que si quieres que nos veamos.

- Ahhh. Te refieres a... pues... si te apetece... creo que podría estar bien. Así como amigos, claro.

- Como lo que somos.

- Sí. Eso mismo.

- Te parece bien... ¿la semana que viene?

- Creo que me viene de lujo.

- ¿Crees? Bueno, yo te llamo - y durante un par de segundos, dejó su mano apoyada en mi espalda, a la altura de la cintura.

Y entonces fue cuando los nervios acumulados salieron a la superficie. Hubo un momento de mirada a todos los lados posibles, otro de risa tonta, uno más de escalofríos internos, de balbuceos, de hiperventilación... en fin... lo normal en mí.

- ¿Qué ibas a decir?

- No, nada.

- Dilo

- Es una tontería y...

- Que lo digas. Dilo, dilo, dilo, dilo - Alba sonreía de oreja a oreja. Disfrutaba con la tortura, por lo que se ve. Cada vez más insistente y yo cada vez con menos sangre que bombear al cerebro, puesto que toda se concentraba en mis mejillas.

A pesar de todo, y para orgullo de Iván y del resto de personajes maravillosos que habitan mi vida, he de decir que tuve un mínimo resplandor lúcido, demostrándose que, a veces, en situaciones bajo presión, manejo la situación como un auténtico galán. He aquí la mejor respuesta de la tarde y, por descontado, el orgullo de un hombre acostumbrado a dar patinazos con las mujeres.

- Decía que... por una vez, una espera dolorosamente larga... ha merecido la pena.



Ojos de Lobo

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