domingo, 19 de septiembre de 2010

Carta V Buen Camino... (8ªparte)

Templo del Albergue de Cizur


"Últimos compases del día. Últimas reflexiones antes de preparar la cena, bien merecida, por cierto.
Lo primero la visita obligada al pueblo, aunque a decir verdad lo más bello era el albergue donde nos hospedábamos. Se trataba de una antigua fortaleza de la Orden de Malta. Conservaba un enorme y robusto torreón cuadrado y la iglesia, donde los peregrinos más rezagados iban a dormir aquella noche, sin la comodidad de un colchón, pero con el aura mágica que rezumaban aquellas frías piedras.
Después, tocaba hablar con los más allegados. Con mi madre, mi abuela, con esas personas que sabían de mi andadura y que me daban ánimos desde allí. El dolor de mi pie iba remitiendo por lo que me pareció absurdo comentarlo y preocupar innecesariamente a los que más me querían y más rogaban por mí en aquel fresco crepúsculo en Cizur.
Volviendo al dolor, me di cuenta de que no era nada muscular, sino simplemente un error de principiante. Me había abrochado demasiado prieta la bota y eso me oprimía el pie de tal forma que tras varios cientos de metros, el dolor era insoportable. Falsa alarma, querida mía, parece que los fantasmas se desvanecen.
Pero no puedo concluir esta carta sin hablarte del verdadero fantasma que mis ojos volvieron a contemplar aquel día. Sí, él, el extraño peregrino, Nerón.

El azar no tuvo nada que ver con ello. Al igual que muchos otros, ni apuesto por el azar ni creo en la casualidad. Sea por lo que fuera, sentí unas ganas enormes de ver la iglesia por dentro, de contemplar cómo iban a dormir los peregrinos menos afortunados que no habían llegado a tiempo para dormir en una litera. Me recibieron enormes banderolas que colgaban del techo, como si me hubiese teletransportado a la época en la que aquel templo vivió su esplendor. Enormes estandartes que mostraban impasibles los emblemas de los antiguos reinos de Aragón, Cataluña, Castilla… así como la Cruz de Malta y otros símbolos de corte medieval que me fascinaron.

Justo bajo la bandera en la que campaban a sus anchas leones sobre campos rojos y flores de lis sobre campos azules, un peregrino vestido con capa y cubierto su rostro con un celeste pañuelo, escribía sin prisa sobre un pergamino en perfectas condiciones. Si no hubiera sido porque una gran parte de los peregrinos que se encontraban allí ya intentaban dormir, hubiera pasado sin reparo y compartido con Nerón algunas reflexiones sobre su anterior relato. Sin embargo sólo observé, desde la puerta de la sólida iglesia, mirándole. Amontonándose en mi cabeza pensamientos, emociones, dudas y espíritus de diversa índole que me invitaban a soñar con que aquel extraño acompañante resultaría, al fin y al cabo, una razón más para continuar caminando."

(...)


domingo, 12 de septiembre de 2010

Carta V Buen Camino... (7ªparte)

Al fondo, aquello que parece una iglesia que parece un castillo, el albergue de peregrinos de Cizur Menor, antigua encomiendo de los Caballeros de Malta.
Un lugar así, no se encuentra todos los días

Ojos de Lobo


"Por eso, Cizur significó el más ansiado oasis que nunca habría imaginado. Y como en el árido desierto, el paraíso de este lugar ha sido el agua. ¡Cuántas veces, en mi niñez, habré dicho a mi madre que no quería ducharme! Cómo cambian las cosas.
Mami, sé que me estarás leyendo, estés donde estés, así que tengo que confesártelo: ha sido un placer sin nombre el pasarme quince minutos bajo el agua, a veces tibia, otras fresca.
A esto hay que sumarle la comida. Carlos y yo nunca habríamos imaginado encontrarnos con una cocina tan bien acondicionada en la que poder cocinar (cómo si fuera algo del otro mundo). ¡Qué sonrisa ha florecido en mi semblante al ver como los filetes chisporroteaban en la sartén y la sopa humeaba en aquel cacillo deformado! Cuchillos, tenedores, un vaso en el que beber agua sin limitación… ¡La tierra prometida, querida mía!

Además de eso, lo más interesante que aún le faltaba por vivir a la Compañía del Camino era la tarde de relaciones públicas que le esperaba. Como quizá hayas adivinado tras esos meses a tu lado - esas horas en las que pude nadar sin temor en el manantial de luz que es tu mirada -, soy una persona a la que la soledad, a veces, es fiel y buscada compañera. Pero a pesar de eso, en esta aventura nunca viene mal encontrarse gente como tú, peregrinos, con los que quizá lo único que compartas sea la meta pero con los que seguro compartirás, al menos, vuestra soledad. Y no me negarás que una soledad compartida es casi como un amor que florece, nunca sabes hasta donde llegará, pero seguirá creciendo mientras sol y agua, vuestras soledades, lo alimenten.
Las nuevas soledades han llegado, en primer lugar, de la mano del Hospitalero, el individuo que está al cargo del albergue de peregrinos. Aquel hombre, que hoy recuerdo con un cariño enorme, era tan cordial y tan amistoso que daban ganas de llevártelo en la mochila. Era como si nos conociera de siempre, como si con sólo llevar el apelativo de peregrinos ya fuésemos como parte de su familia. A decir verdad, fue así precisamente como me sentí, integrado en esa familia, ahora que la mía estaba lejos y la añoraba con todas mis ganas.
Además, hablé con la primera peregrina española: una chica catalana, de aspecto peculiar, que me ha parecido algo sosa pero que al menos ha sabido seguirnos la conversación con inteligencia y desparpajo. Sin embargo, en ese momento lo más impactante y a la par interesante de aquella mujer fue su arpa de boca. Un instrumento muy escuchado en esas películas del oeste que tanto odio, pero que cuando tú mismo lo tocas resulta divertidísimo.

Y Cizur seguía guardando sorpresas relacionadas con las más extrañas melodías. Ulrich, el que amistosamente se hacía llamar Uli, era un chico alemán con rastas, rubio y de ojos azules que era todo un poema para la vista. Estaba claro, querida mía, que hoy nos tocaba conocer a gente rara. Aunque… ¿acaso no lo éramos nosotros? Pero para raro el aparatoso instrumento musical que Uli llevaba consigo siempre, durante todo el Camino. Un arpa de boca, una flauta, son fácilmente transportables pero no lo es tanto un Didjeridú, que no es otra cosa que ese instrumento originario de Australia y que, básicamente, es un tubo de más de metro y medio de largo por el que se sopla y se obtiene un sonido deliciosamente inconfundible y que seguro habrás escuchado, mi niña.

Con este panorama tan prometedor y después de darme cuenta de que eso de hablar inglés no es para el que sabe, sino para el que menos vergüenza tiene, cómo iba yo a imaginar que el atardecer, que la puesta de sol, me iba a traer aún más sorpresas. De nuevo, mi vida, me quedaba mucho por aprender de los vericuetos del destino. Y hoy día, tanto este peregrino, que te adora, como tú misma, de sonrisa embrujadora, seguimos aprendiendo del destino… ¿o no?"

(...)

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Carta V Buen Camino... (6ªparte)

El milagro de una calle transitable en San Fermines




"Así, con un par de kilos más en la espalda y con el ánimo renovado, encaminamos nuestros pasos hacia la meta de aquel día: Cizur. El sol se apostaba en lo alto del cielo con un poder indecible pero comprensible a las dos de la tarde de aquella jornada de Julio. La despedida de Pamplona no podría haber sido más paradójica: lo último que contemple al dejar atrás la ciudadela fue la feria, extrañamente parecida a todas las que he visto hasta ahora. Lo último que escuche al dejar atrás el bullicio de las calles empedradas fue el agudo soniquete de esas tómbolas en las que siempre toca algo.

Una despedida tan pobre sólo podía presagiar un mal final. No voy a deleitarme en describir demasiado aquella hora que se me hizo interminable, porque mi mano hoy está más cansada que de costumbre. A pesar de ello, mención se merece, sin duda. No te lo vas a creer, Laura. Yo todavía no puedo o no quiero creerlo, y mira si ha pasado tiempo desde entonces y cómo los vientos han desdibujado mi ser y mi pensamiento. Pues bien, un cúmulo de cosas ha hecho que, durante unos minutos, me planteara el abandonar, el dejarme caer y quedarme allí con la esperanza de que algo sucediese y que me permitiera llegar a ese pueblo que ya se veía en la lejanía. El calor era insoportable y no había una sola sombra bajo la que poder cobijarse, el peso de la espalda se me clavaba en los huesos y en algunos momentos me impedía respirar, el duro asfalto hacía que a cada paso que daba el dolor de mi pie se hiciera cada vez más insufrible, un dolor que ya empezaba a afectar a gran parte de esa pierna. Todo eso enmarcado en un andadero al pie de la carretera sin ningún atractivo que pudiese desviar la atención de este peregrino agonizante. Me creerás exagerado, lo sé, querida mía, pero era tal la desesperación y las trabas que estaba intentando superar que ni en mi peor enfermedad había sufrido tan intensamente. Quizá viviera momentos de mayor dolor, pero no de un dolor que llegase tan hondo. Y eso que aún no sabía lo que me esperaba.

El bordón sujetaba casi todo el peso de mi cuerpo cuando apoyaba el pie izquierdo, pero ni con esas conseguía frenar las imágenes de fracaso que se amontonaban fundidas en el ardiente asfalto. ¿Sabes lo que hice? Aceleré el paso. Sí, eso acrecentó la tortura, pero así la hacía más efímera.

Momentos como este, te lo aseguro, los tenemos todos, y el que quiera negarlo sólo se engaña a sí mismo. Sólo quiero decirte que, cuando te asalten a ti, recuerda que yo continué mi camino, que no me rendí ante lo que parecía un final seguro. Lo sé, lo mío es más fácil. Pero también sé que tu resistencia supera a la mía con creces y aunque sea por puro amor propio estoy seguro de que, en esos momentos de penumbra, pensarás para tus adentros: “a mí no me tumba nadie”. Y si alguna vez lo dudas, aquí está tu peregrino, para envolverte en el consuelo y recoger esos pedazos de fortaleza que te devuelvan la esperanza. Que me devuelvan a ti. "

(...)

sábado, 4 de septiembre de 2010

Carta V Buen Camino... (5ªparte)

"De vuelta a Pamplona, pero esta vez de forma especial: como Peregrino y junto a mi compañero de aventuras Sam (cómo me gustaba por aquel entonces la comparación con el hobbit de la gran aventura de Tolkien).
Yo no llevaba colgando un anillo al cuello, pero sí que te llevaba a ti en mi mente, una carga mucho más liviana y a la par tan especial como aquella.

Pues bien, Pamplona estaba en fiestas. Ya lo vi la primera vez que llegué y parece que nada había cambiado, que el tiempo se había congelado y volvía a andar, ahora que yo le retaba a seguir caminando. La impresión ha sido, por ello, casi la misma. Me ha vuelto a sorprender la indumentaria: te puedo decir que de cada diez personas que caminaban por la calle, siete de ellas vestían pantalón blanco, camisa a juego y pañuelo rojo al cuello. Me arrancó una sonrisa el ver a un cartero montado en su moto de reparto, tan amarilla como los rayos del sol, vestido de blanco con pañuelo rojo y faja del mismo color. Un auténtico San Fermín.
Es lo que antes te decía de implicarse, de apasionarse con algo.

Además de esto, de las tres personas que no iban de pamplonicas, dos de ellas iban vestidas al más puro estilo de los años 80: punk, heavy o incluso alguna campana se colaba en aquellos pantalones de flores. Un desfase total, tanto temporal como festivo. Te apuesto la cabeza, y no la pierdo, a que la mayoría ni había dormido o se acababa de levantar a las 2 de la tarde. Pero eso sí, todos con sus litros en la mano como fieles compañeros. Y yo con un simple bordón… ¡qué ironías!

Inconvenientes: olores nauseabundos en las calles, abarrotamiento allá por donde pasas, ruidos, borracheras que se completan expulsando el banquete de la primera comunión, los sonidos aberrantes de las ferias y los jovenzuelos que durante esos días se creen que han crecido, cuando en realidad hacen las niñerías más absurdas de todo el año.

En fin, que después me acusarán a mí de falta de cordura, pero aquello parecía sacado del Jardín de las Delicias de El Bosco: miles y miles de detalles y figuras que en conjunto son una maravilla pero que en realidad son una completa locura. Lo mires por donde lo mires.

Después del breve paseo y de visitar la catedral, muy bonita pero nada del otro mundo a mi entender, tocaba el aprovisionamiento. Esta vez para dos, para la Compañía del Camino, y esta vez no en una tiendecilla de aldea donde todo parece estar carísimo, sino en el mismísimo Corte Inglés, donde no hay nada que parezca carísimo, directamente lo es.

Bendita globalización. Nunca hubiera imaginado que podría estar agradecido a no se qué personaje que se lo ocurrió poner un Corte Inglés en medio de esa marabunta de gente que transita por Pamplona. Esta vez, tenía la seguridad de que todo lo que quisiera lo iba a encontrar: leche fresca, carne para hacer en el camping gas, aceite, fruta del día… pequeñas cosas que sólo si se tienen pasan desapercibidas en el día a día. Además de esta comodidad, que nunca viene mal a un peregrino novato, he sentido la sensación extraña de sentirme como en casa. Nada tiene que ver con que considere agradables los abarrotados pasillos o las sonrientes cajeras que nunca suelen acertar a la primera con el cambio. No. Lo digo porque durante años yo viví justo al lado de un Corte Inglés, allí, el lugar que por un momento eché en falta y que ahora más que nunca añoro con nostalgia insana. Una jugarreta del destino que quería burlarse de mí y que ahora no hace sino acrecentar el escozor de la llaga que se abrió en mi pecho hace meses, quizá años… no lo recuerdo.

Ese sentimiento de cotidianeidad ha sucumbido bajo una avalancha de contradicciones nada más verme reflejado en el escaparate de aquella gran superficie del consumo. Era la primera vez que me veía a mí mismo como Peregrino, así que sobra hablarte de la ilusión, la alegría, la extrañeza y de cientos de sentimientos más que cruzaron mi mente. La escena era para enmarcar, princesa: un personajillo con una mochila desproporcionada y de la cual colgaban, como si nada, un par de calcetines y unos bóxer azul celeste. He tenido que bajarme la visera de la gorra para no volver a contemplar ese cuadro y no estallar en una carcajada mezcla de satisfacción y ridículo total.
Para eso ya estaba toda esa gente que compraba en el Corte Inglés, que nos miraba con cara de póquer. Pero a mí ya me daba igual. Estaba seguro de que no sería ni el primero ni el último ese día.

El avituallamiento ha sido, por descontado, a la carta, pero ciñéndose al presupuesto estipulado. Uno no puede despilfarrar ahora que sólo lleva dos días, pues si así hubiera sido mi aventura no hubiese durado lo que canta un gallo. Es difícil admitirlo, mi niña, pero ese comportamiento ahorrativo va en contra de mi propio carácter, siempre dispuesto a saciar su apetito de caprichos. Otra de tantas cosas que se ven desde aquí, desde otro ángulo, desde "el otro lado del espejo", desde el Camino de Santiago."

(...)