"Así, con un par de kilos más en la espalda y con el ánimo renovado, encaminamos nuestros pasos hacia la meta de aquel día: Cizur. El sol se apostaba en lo alto del cielo con un poder indecible pero comprensible a las dos de la tarde de aquella jornada de Julio. La despedida de Pamplona no podría haber sido más paradójica: lo último que contemple al dejar atrás la ciudadela fue la feria, extrañamente parecida a todas las que he visto hasta ahora. Lo último que escuche al dejar atrás el bullicio de las calles empedradas fue el agudo soniquete de esas tómbolas en las que siempre toca algo.
Una despedida tan pobre sólo podía presagiar un mal final. No voy a deleitarme en describir demasiado aquella hora que se me hizo interminable, porque mi mano hoy está más cansada que de costumbre. A pesar de ello, mención se merece, sin duda. No te lo vas a creer, Laura. Yo todavía no puedo o no quiero creerlo, y mira si ha pasado tiempo desde entonces y cómo los vientos han desdibujado mi ser y mi pensamiento. Pues bien, un cúmulo de cosas ha hecho que, durante unos minutos, me planteara el abandonar, el dejarme caer y quedarme allí con la esperanza de que algo sucediese y que me permitiera llegar a ese pueblo que ya se veía en la lejanía. El calor era insoportable y no había una sola sombra bajo la que poder cobijarse, el peso de la espalda se me clavaba en los huesos y en algunos momentos me impedía respirar, el duro asfalto hacía que a cada paso que daba el dolor de mi pie se hiciera cada vez más insufrible, un dolor que ya empezaba a afectar a gran parte de esa pierna. Todo eso enmarcado en un andadero al pie de la carretera sin ningún atractivo que pudiese desviar la atención de este peregrino agonizante. Me creerás exagerado, lo sé, querida mía, pero era tal la desesperación y las trabas que estaba intentando superar que ni en mi peor enfermedad había sufrido tan intensamente. Quizá viviera momentos de mayor dolor, pero no de un dolor que llegase tan hondo. Y eso que aún no sabía lo que me esperaba.
El bordón sujetaba casi todo el peso de mi cuerpo cuando apoyaba el pie izquierdo, pero ni con esas conseguía frenar las imágenes de fracaso que se amontonaban fundidas en el ardiente asfalto. ¿Sabes lo que hice? Aceleré el paso. Sí, eso acrecentó la tortura, pero así la hacía más efímera.
Momentos como este, te lo aseguro, los tenemos todos, y el que quiera negarlo sólo se engaña a sí mismo. Sólo quiero decirte que, cuando te asalten a ti, recuerda que yo continué mi camino, que no me rendí ante lo que parecía un final seguro. Lo sé, lo mío es más fácil. Pero también sé que tu resistencia supera a la mía con creces y aunque sea por puro amor propio estoy seguro de que, en esos momentos de penumbra, pensarás para tus adentros: “a mí no me tumba nadie”. Y si alguna vez lo dudas, aquí está tu peregrino, para envolverte en el consuelo y recoger esos pedazos de fortaleza que te devuelvan la esperanza. Que me devuelvan a ti. "
(...)


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