sábado, 31 de julio de 2010

Carta IV De vuelta... (5ªparte)

Las cosas cambian. Las cosas están cambiando.
Salva empieza a enfrentarse a paisajes diferentes a los que está acostumbrado. Mi impresión después de contemplar esta foto es que una lengua de trigo ha invadido, la verde campiña. El corazón te arrastra hacia las fauces del gigante... pero es sólo una lengua. ¿Acaso alguien podría morir de un lametazo?
Ojos de Lobo




"El paisaje que me rodea está cambiando. Todo parece cambiar a la misma velocidad que mis pies avanzan. Da la sensación de que si echara la vista atrás, contemplaría cómo el horizonte se está modelando a tu paso.
Los frondosos humedales que me acompañaron en mi primera etapa se habían desvanecido. Ahora lo único que quedaba de ellos era el recuerdo y algunas manchas de follaje que de vez en cuando encontrabas y dabas gracias por un escenario algo más motivador.
En su lugar, se extendía ahora una lejanía serpenteante aunque sin montañas de fondo. Colinas desdibujadas por los núcleos de población que se iban haciendo cada vez más abundantes. Ahora, la carretera era también protagonista. Y todo porque nos aproximábamos a la primera gran urbe del camino.

"Es increíble cómo puede cambiar el paisaje en cuestión de 24 horas" – le dije a Carlos, que caminaba con paso firme a mi lado.
Lo más irracional es que de estos prados ocres y marrones, repletos de trigo y cereales de todo tipo, a los bosques verdes, nos separan una decena de kilómetros que nosotros mismos hemos recorrido a pie.

Era realmente increíble. Cómo puede cambiar todo en un abrir y cerrar de ojos y sin darte cuenta de que tú eres el protagonista. Las cosas pueden ser verdes un día para tornarse ocres a las pocas horas. En la vida ocurre lo mismo. Un día caminas por el mundo con la única preocupación de cómo y dónde pasarás tu tiempo libre, y cuando te quieres dar cuenta un enemigo salido de la nada torna tu paisaje y lo convierte en sombrío. Como de una sonrisa puede surgir una lágrima.
Querida mía, sabes tan bien como yo que la vida que nos ha tocado vivir está sujeta a constantes cambios, como el Camino, como el mundo que nos rodea. Sin embargo, lo que verdaderamente nos convierte en héroes es el aceptar los cambios que se nos presentan, afrontar los peligros que nos acechan y luchar por vencer ante tal reloj de arena que no nos da tregua alguna.
Sé que podrás decirme, mi niña, que hay cambios que nadie merece. Lo sé. No mereces la tortura por la que estás pasando, ni siquiera se la desearía a mi peor enemigo, pero ¿sabes lo que tú tienes que el resto no puede ni soñar? Tienes el destino en tus manos. Tienes el poder de mirarlo de frente, de tener cara a cara a tu enemigo, de mirarle a los ojos y susurrarle al oído: “Voy a poder contigo”.
Que así sea, mi niña."

(...)


miércoles, 28 de julio de 2010

Carta IV De vuelta... (4ªparte)

He vuelto.
Después de estos días de asueto, de descanso vacacional, he vuelto para volver a arrancarle palabras a unas enmohecidas cartas. Siento que la ausencia haya sido tan larga y sin previo aviso.
Tan sólo decir que me alegro de haber regresado por estas soledades y que espero que tenga al menos los mismos lectores que tenía a mi partida.
Para ellos y para todos los demás: ¡bienvenidos!

Ojos de Lobo


"Caminar sólo no es siempre la mejor forma de encontrar la soledad. Quizá sí lo sería en las planicies palentinas o en la sobrecogedora monotonía de los campos de Castilla. Pero no allí. No en aquel camino arbolado, serpenteante, con altos y llanos que retan a mis fuerzas pero que animan a mi espíritu. En aquel escenario todo parecía tener vida. Todo te observaba con asombrosa quietud y, a la par, desprendiendo un aura casi mágica que recordaba a los cuentos de hadas, donde duendecillos habitan en el lindero del bosque. Sobre todo había algo que animaba a cualquiera y que se convertía en la mejor banda sonora que cabría esperar. El río, ese torrente inolvidable de murmullos y tempestades. Ahora comprendo, mi niña, porque grandes maestros de la literatura situaron esos hermosos cuentos y fábulas a las orillas de los ríos: allí habitaban ninfas de belleza sólo comparable a tu simpatía, por allí moraban demonios dispuestos a tentar al primer campesino que acudiera a recoger agua, allí tenían sus encuentros secretos esos enamorados que se desean hasta en sueños y se aman hasta en la muerte… Si aún no lo has hecho, querida mía, te animo a que un buen día te acerques hasta un caudal, lejos del mundanal ruido, y cierres los ojos para sólo escuchar su arrullo. Te aseguro que olvidarás las preocupaciones y por un instante el rumor te trasportará a un universo lejos de los problemas que dejaste en Madrid que, por mucho que lo neguemos, nos estarán esperando con los brazos abiertos.
En ese paraíso de los sentidos te espero, Laura, allí ni enfermedades ni fantasmas del pasado pueden separarnos.

El río, además, me aguardaba en un claro para darme una grata sorpresa.
Mi intención era la de parar a descansar un rato después de un par de horas de caminata. Además quería que fuera cerca de la corriente imperturbable, pues quizá bajo su embrujo dormiría unos minutos. Así que, en cuanto vi aquel hueco en la masa de vegetación que separaba el río del camino, no dudé ni un segundo en aflojarme la mochila y prepararme para el momento de relajación, merecida por cierto.
Al contrario de mis intenciones, quedé atónito al ver allí, en aquel remoto lugar de cualquier parte, justo donde yo había decidido parar, a un viejo amigo y compañero de estudios durante años. Era él, aquel muchacho raro donde los haya, particular para todo o para nada, según se mire, y que podría ostentar, sin modestia alguna, el apelativo cariñoso de bicho raro. Era, para que me entiendas, preciosa, algo parecido a este que escribe pero en el polo opuesto del imán.
Lo único común era su nombre: Carlos.


Ahora podría contarte todo lo que nos dijimos, sin salir cada cual de su fascinación. Pero me parece inútil o cuanto menos innecesario pues tú misma puedes imaginar como se sienten dos amigos que se encuentran por sorpresa donde menos cabría esperar. Sólo te diré que nada le dije de Nerón. No tenía una razón de peso para no hacerlo pero me pareció que ni yo ni él estábamos preparados. Carlos hubiese pensado que me había vuelto loco (lo que quizá tú misma estés pensando), por lo que decirle algo sería una completa perdida de tiempo. Y por mi parte, no quería desvelar nada acerca de aquel personaje que había confiado en mí y del que no sabía nada. “Todo a su tiempo”, me dije.

Mientras dábamos nuestros primeros pasos juntos, comentamos los objetivos de aquel viaje, una de las dudas más punzantes que me recorrieron durante todo el viaje. El tema surgió, como suelen surgir los grandes debates y pensamientos, por un comentario absurdo. Al verme caminado junto a él, ambos cargados con enormes mochilas de las que colgaban calcetines y otras prendas húmedas, me recordó a Frodo y Sam, los personajillos del Señor de los Anillos. Para ambos, su destino, su objetivo, era destruir aquel anillo del que pendía el devenir de su mundo. Ellos tenían una meta. ¿Cuál era la nuestra? ¿Cuál era mi meta? Tengo que confesarte, querida Laura, que cuando comencé mi andadura no me planteé el motivo de porqué un ser humano encamina sus pasos a una ciudad, que dicen santa, recorriendo 800 kilómetros hasta llegar a ella. No eran motivos religiosos: por mi parte, si Dios es tan verdadero como algunos dicen, prefiero no mezclarme en sus dimensiones y no esgrimir su nombre para justificar un acto tan humano como este. Por motivos de salud o deporte: a decir verdad, el mal que me corroe por dentro es incurable. Por razones espirituales, culturales, diversión, necesidad… no tengo ni idea, mi niña. Es una verdadera pena que sea hoy cuando me dé cuenta de todo, quizá las cosas nunca hubieran seguido caminos tan oscuros. Pero no adelantemos acontecimientos, aún te queda mucho camino que recorrer a mi lado, y siendo mi última voluntad espero quedarme contigo hasta que la muerte me lleve o el Camino se acabe.

Y ahora dime, querida mía, ¿cuántas veces hacemos algo con una voluntad férrea, aunque en el fondo no sepamos muy bien el porqué? Si hay algo de lo que me arrepiento, ahora que escribo esto, es de las cosas que debería de haberte dicho, no con letras, sino con palabras. Es injusto saber que te tiembla la voz al lado de esa persona, es ilógico pensar que el silencio es el mejor puente para expresar todo lo que llevas dentro… pero aun así, seguiré en mi empeño de que sepas, por aquí, lo mucho que te podría haber dicho mirándote a los ojos.

Mas, ¿qué me ocurre? Creo que divago. No perdamos más el tiempo, ese tiempo que, como bien sabes, juega en nuestra contra."

(...)

martes, 13 de julio de 2010

Carta IV De vuelta... (3ªparte)

Puede que sea esta la estampa que contempló Salva nada más salir de Larrasoaña. Puede que no. Sea como sea, fue lo primero que yo vi nada más ponerme a caminar aquel día. Y me sobrecogió. Lo sé, la foto no le hace justicia a la realidad... pero algo es algo... Ahora es cuando vuestra imaginación se pone en marcha. ¡Aprovechadla!

Ojos de Lobo


"Estarás de acuerdo conmigo, mi niña, en que después de caminar 27 kilómetros, el ponerse en marcha podía ser, cuanto menos, complicado. Y así ha sido.
El dolor muscular de mis piernas ha hecho que las ganas de contemplar las maravillas que me aguardaban los 21 kilómetros siguientes, decrecieran.
Ahora que me doy cuenta, hablarte de estos “dolores”, a ti, es tan absurdo como creer que tienen importancia al compararlos con tu lucha. Si estuvieras ahora a mi lado hubiésemos compartido un par de carcajadas, un par de miradas de complicidad y esta irracional queja se hubiera quedado ahí. Sin embargo, y muy a mi pesar, no te tengo todo lo cerca que quisiera por lo que saldaré esto de la forma más racional que me sea posible. Porque, a pesar de todo, hay que ser fuertes y sabes tan bien como yo, que la gente luchadora mira a los problemas a la cara y los afronta con una mueca de entusiasmo. Esa es una de las cosas que admiro de ti y que hacen que, día tras día, me sienta tan orgulloso de ti como afortunado por tenerte.

Por eso, querida mía, me he vuelto a enfundar las botas y a pisar fuerte de nuevo ese camino pedregoso que me ha vuelto a dar la bienvenida.
Todo ha comenzado como acabó: con un paisaje arbolado que iba ganando atractivo por momentos.
Nada más salir de Larrasoaña, de frente a veces y a mi derecha otras, una aldea casi oculta por la espesura me vigilaba, impasible. Lo más estremecedor era la enorme construcción en piedra que se erguía como una fortaleza y que se convertía en el mejor centinela y testigo de mis primeros pasos en ese fresco amanecer. Dos enormes chopos le flanqueaban a ambos lados, dándole más majestuosidad si cabe. A decir verdad no parecía un edificio defensivo, a pesar de estar construido en inalterable piedra rojiza. Más bien parecía un monasterio. De esos que órdenes militares o humildes monjes habían levantado con el sudor de su esfuerzo o con el de otros, y en el que después habían morado durante siglos. Su presencia hoy es casi inexistente, pero sus maravillas siguen en pie, para deleite de todos. Sacrificios de pocos que servirán a causas mayores: la delicia de una eternidad de caminantes.

Al margen de esta belleza que te describo, me he dado cuenta de dos cosas.
La primera es que, a pesar de pensar que estaba perdiendo el tiempo, mis años de estudiante universitario sirvieron de algo. No ha habido más de media docena de personas que al escuchar la palabra Historia no hayan echado pestes sobre esta carrera. La frase: “vaya coñazo”, casi la consideraba ya como el inicio de mi discurso de graduación. Pero, querida Laura, que pena de aquellos que no valoraban todo lo que aprenden en esos “maravillosos años”, yo el primero. Podría hablarte de los monjes del Cistern, del Cluny y otros que controlaron el Camino de Santiago; de las órdenes militares que protegieron el Reino de Navarra durante siglos; de las luchas allí, al pie de los Pirineos, con enemigos de diversas coronas… Un sinfín de detalles que han hecho que esa simple mole de piedra se transformara en un libro abierto para unos ojos que saben leerlo. Satisfacción, esa es la palabra, mi niña.

Lo segundo en que he reparado es que, a pesar de contar con maravillas en nuestra geografía, no les prestamos atención. Me he visto a mi mismo en otros viajes, de placer si quieres llamarle, en los que me han pasado desapercibidas.

Si te place, y si la vida se digna en darnos la tregua que ambos merecemos, espero que una de tantas cosas pendientes que tengamos es el llevarte de viaje a cualquier rincón, con cualquier excusa, para contemplar maravillas: paisajes, el frescor de tu sonrisa, testigos de piedra, ese manantial de luz del que puedes presumir, y tantas otras cosas que encojan nuestro corazón, como aquella mañana se encogió el mío. "

(...)

jueves, 8 de julio de 2010

Carta IV De vuelta... (2ªparte)


"Del mismo modo que tu rostro está maravillado a la vez que asombrado por tal relato, querida mía, del mismo modo quedé yo cuando lo leí por primera vez aquella mañana de Julio.
Ya sabes que, como todo ser humano, la curiosidad a veces me vence. Por eso decidí que, sea como fuere, hablaría con aquel peregrino, el que se hacía llamar Nerón, y le preguntaría sobre su enigmática historia.
Sin embargo, y como tú misma comprenderás con el tiempo, los misterios más puros y más hermosos se nos presentan por sorpresa, cautivándonos. Pero esos mismos misterios guardan en su interior la inevitable cualidad del no saber. Así llegué a darme cuenta de que, por muchas preguntas que hiciera, aquel relato sólo iba a ser el principio de un imparable tobogán de enigmas. Enigmas que juntos, si te parece, querida mía, iremos descubriendo.

Por nuestra vida pasan en tropel miles de rostros a los que no prestamos la más mínima atención. A pesar de esto, es sabido que el ser humano no puede vivir en soledad sin acabar loco de cuerpo y alma. Es extraño, Laura, que esos a los que llamamos desconocidos, en un momento dado, en una situación incontrolable por nuestra voluntad, se conviertan en compañeros. Son gente que pasa por tu vida sin hacer mucho ruido pero que son la sal de nuestra existencia.

Todo esto para intentar que comprendas todas las contradicciones que vivimos hoy en día. Aquellas compañeras de habitación de aquel día, desconocidas en el sentido más amplio y estricto de la palabra, se habían convertido en eso mismo, en compañeras. Yo creo que la vida oculta una hipocresía involuntaria pero presente, en la que nuestros iguales pasan de ser nadie a todo en un abrir y cerrar de ojos. Este Camino hubiera sido horrible, imposible, sin gente que estuviera a mi lado y que irás conociendo con el tiempo. Pasaron de ser nada a ser todo con una facilidad pasmosa y preocupante. Más aún si te dijera que muchos de ellos, hoy en día, vuelven a ser figuras que se cruzan en mi camino sin que las preste apenas atención. Espero con todas mis fuerzas, que son más de las que imaginas, que seas siempre, querida mía, un todo en mi vida.

Así pues, las Tortellini (las dos jóvenes italianas) y la Reina de Inglaterra (la señora inglesa con más de 40 primaveras sobre sus hombros), se portaron bien aquella mañana. Sencillamente porque me hicieron comprender que, por muy difícil que parezca, si dos personas quieren comunicarse, lo consiguen. Por muy italiano, inglés o checo que seas. Y así, querida Laura, con la agradable sorpresa de que “puedo” hablar italiano y con la incertidumbre del nuevo día, comenzó esta segunda jornada de Camino. "
(...)

lunes, 5 de julio de 2010

Carta IV De vuelta... (1ªparte)+Relato

IV.- De vuelta...

"Mi segundo despertar lejos del hogar ha sido algo menos frenético que el anterior. La verdad, mi niña, no he tenido ni que esperar a que la dichosa alarma de mi móvil sonara. Tenía claro, desde el momento en que me acosté la noche anterior, que mis compañeras de habitación se iban a levantar antes que yo, por lo que, por muy discretas que quisieran ser, a un personajillo de sueño ligero como yo, cualquier ruido puede sacarle de su sueño.

Estoy seguro, Laura, que tras leer mi última carta la intriga sobre el extraño documento del sordomudo, te ha hecho empezar a leer con más interés. Sabe Dios -si es que Él entiende de estas cosas tan mundanas- que cuanto esté en mi mano para complacerte se hará con la presteza que me sea posible. Así que, sin más preámbulos, dejo que tú misma leas y juzgues, pues no sería completa ésta, mi historia, sin un relato como el que vas a leer. Tal y como el sordomudo lo escribió, he aquí su contenido."


“Hoy ha amanecido igual que ayer, igual que tantos días.
El susurro de un viento frío, distante, me ha hecho estremecer hasta el punto de que mi escalofrío despertó también a Naila. Como cada mañana, un resplandor me inundaba el alma y templaba mis mejillas: su mirada. Era cálida y gélida a partes iguales, un despropósito de la naturaleza tan sublimemente aprovechado. Con ese candor dulce y grisáceo, como el cielo, arrancó mi primer día de búsqueda. En realidad llevaba buscando algo toda mi vida, cada segundo que pasaba en soledad, pero esta vez había decidido ponerle un nombre a mi objetivo: la tumba de mi padre.

- Esos ojillos de gato me dicen que aún estás soñando – dijo Naila después de regalarme una caricia en el pelo.
- Ya sabes que sueño contigo. Así que al abrir los ojos y verte no puedo sino seguir soñando – respondí.
- ¡Qué poeta te vuelves cuando estás cansado! Aunque en realidad lo seas siempre, me sorprende saber que sólo lo eres conmigo.
- No te demores. El tiempo aún no se alió conmigo.

Recogí las mantas del suelo, totalmente empapado. En mi cuerpo sentía la humedad chascar mis huesos y entumecer mis latidos, aunque era una sensación tan rutinaria que ya ni me causaba mayor preocupación. Dormir al raso no era el problema. Dormir a su lado sí lo era.

Haciendo acopio de fuerza me puse a caminar sin que el cielo me hubiera dado su consentimiento. Por el contrario, los goterones traspasaban la lana como agujas en piel ardiente. No me importaba en absoluto. Saber que tarde o temprano le encontraría era lo que conseguía que un pobre diablo avanzara con paso firme en mar de lava ardiente.

Al abandonar Roncesvalles eché la vista atrás por primera vez. Recordé mi infancia sin saber cómo y me vi sentado en la butaquita de la entrada de casa, esperando las típicas visitas que importunaban a mi madre.
Se decía en el pueblo que no había nadie mejor en la zona con las hierbas y pócimas naturales, que mi padre. Un ser que se había anclado al pasado, siguiendo la ilustre tradición de los curanderos.
“Yo sano lo insano con sanos remedios” – solía repetir una y otra vez.
Pues allí estaba yo, tan niño, sonriendo a la señora Julia con sus reumas y al padre Pastor, con sus molestias de hígado.

- Mira que es simpático este crío – decía el cura – De mayor serás un cristiano ejemplar, Nerón.
Lástima que, como tantas otras veces, el padre se equivocara de pleno.

Nerón. Un bonito nombre para un loco, para un vividor de la vida, para un artista sin su musa o con musa equivocada. Jamás podré entender porque mi madre escogió a ese famoso Emperador. César o Marco Aurelio podrían haber sido nombres perfectos para mí.
Pero no. Seguro que papá tuvo que ver con todo aquello. Ni lo sé, ni me importa.
En realidad, amando el tiempo y las horas muertas he aprendido a amar también mi nombre. He aprendido a amar tantas cosas…
He descubierto que la vida no siempre es tan dulce como la señora Julia pretendía, ni tan espiritual como Pastor alegaba. No es que no crea ahora sus palabras, ni que sepa que, aún muertos, sus más allegados no han ido jamás a visitar sus lápidas… Simplemente comprendí que su falsedad era tan ruin que sus palabras carecían de sentido verdadero.
La señora Julia, tan pulcra y presumida, fornicaba a todas horas con un joven aprendiz que trabajaba para su esposo. Así, sus reumas eran tan frecuentes como placenteros. Y qué decir de Pastor que un buen observador no hubiera percatado. Rezando pasaba las noches a su virgen verdadera: una escondida botella que siempre permanecían bien llena.

Cosa es cierta que el hombre es falso por naturaleza mas no hay que optar por esconderse tras ella.
Algo así sólo lleva a un camino: ninguno.”

 Oculto tras el espejo. Nerón.
(...)