He vuelto.
Después de estos días de asueto, de descanso vacacional, he vuelto para volver a arrancarle palabras a unas enmohecidas cartas. Siento que la ausencia haya sido tan larga y sin previo aviso.
Tan sólo decir que me alegro de haber regresado por estas soledades y que espero que tenga al menos los mismos lectores que tenía a mi partida.
Para ellos y para todos los demás: ¡bienvenidos!
Ojos de Lobo
"Caminar sólo no es siempre la mejor forma de encontrar la soledad. Quizá sí lo sería en las planicies palentinas o en la sobrecogedora monotonía de los campos de Castilla. Pero no allí. No en aquel camino arbolado, serpenteante, con altos y llanos que retan a mis fuerzas pero que animan a mi espíritu. En aquel escenario todo parecía tener vida. Todo te observaba con asombrosa quietud y, a la par, desprendiendo un aura casi mágica que recordaba a los cuentos de hadas, donde duendecillos habitan en el lindero del bosque. Sobre todo había algo que animaba a cualquiera y que se convertía en la mejor banda sonora que cabría esperar. El río, ese torrente inolvidable de murmullos y tempestades. Ahora comprendo, mi niña, porque grandes maestros de la literatura situaron esos hermosos cuentos y fábulas a las orillas de los ríos: allí habitaban ninfas de belleza sólo comparable a tu simpatía, por allí moraban demonios dispuestos a tentar al primer campesino que acudiera a recoger agua, allí tenían sus encuentros secretos esos enamorados que se desean hasta en sueños y se aman hasta en la muerte… Si aún no lo has hecho, querida mía, te animo a que un buen día te acerques hasta un caudal, lejos del mundanal ruido, y cierres los ojos para sólo escuchar su arrullo. Te aseguro que olvidarás las preocupaciones y por un instante el rumor te trasportará a un universo lejos de los problemas que dejaste en Madrid que, por mucho que lo neguemos, nos estarán esperando con los brazos abiertos.
En ese paraíso de los sentidos te espero, Laura, allí ni enfermedades ni fantasmas del pasado pueden separarnos.
El río, además, me aguardaba en un claro para darme una grata sorpresa.
Mi intención era la de parar a descansar un rato después de un par de horas de caminata. Además quería que fuera cerca de la corriente imperturbable, pues quizá bajo su embrujo dormiría unos minutos. Así que, en cuanto vi aquel hueco en la masa de vegetación que separaba el río del camino, no dudé ni un segundo en aflojarme la mochila y prepararme para el momento de relajación, merecida por cierto.
Al contrario de mis intenciones, quedé atónito al ver allí, en aquel remoto lugar de cualquier parte, justo donde yo había decidido parar, a un viejo amigo y compañero de estudios durante años. Era él, aquel muchacho raro donde los haya, particular para todo o para nada, según se mire, y que podría ostentar, sin modestia alguna, el apelativo cariñoso de bicho raro. Era, para que me entiendas, preciosa, algo parecido a este que escribe pero en el polo opuesto del imán.
Lo único común era su nombre: Carlos.
Ahora podría contarte todo lo que nos dijimos, sin salir cada cual de su fascinación. Pero me parece inútil o cuanto menos innecesario pues tú misma puedes imaginar como se sienten dos amigos que se encuentran por sorpresa donde menos cabría esperar. Sólo te diré que nada le dije de Nerón. No tenía una razón de peso para no hacerlo pero me pareció que ni yo ni él estábamos preparados. Carlos hubiese pensado que me había vuelto loco (lo que quizá tú misma estés pensando), por lo que decirle algo sería una completa perdida de tiempo. Y por mi parte, no quería desvelar nada acerca de aquel personaje que había confiado en mí y del que no sabía nada. “Todo a su tiempo”, me dije.
Mientras dábamos nuestros primeros pasos juntos, comentamos los objetivos de aquel viaje, una de las dudas más punzantes que me recorrieron durante todo el viaje. El tema surgió, como suelen surgir los grandes debates y pensamientos, por un comentario absurdo. Al verme caminado junto a él, ambos cargados con enormes mochilas de las que colgaban calcetines y otras prendas húmedas, me recordó a Frodo y Sam, los personajillos del Señor de los Anillos. Para ambos, su destino, su objetivo, era destruir aquel anillo del que pendía el devenir de su mundo. Ellos tenían una meta. ¿Cuál era la nuestra? ¿Cuál era mi meta? Tengo que confesarte, querida Laura, que cuando comencé mi andadura no me planteé el motivo de porqué un ser humano encamina sus pasos a una ciudad, que dicen santa, recorriendo 800 kilómetros hasta llegar a ella. No eran motivos religiosos: por mi parte, si Dios es tan verdadero como algunos dicen, prefiero no mezclarme en sus dimensiones y no esgrimir su nombre para justificar un acto tan humano como este. Por motivos de salud o deporte: a decir verdad, el mal que me corroe por dentro es incurable. Por razones espirituales, culturales, diversión, necesidad… no tengo ni idea, mi niña. Es una verdadera pena que sea hoy cuando me dé cuenta de todo, quizá las cosas nunca hubieran seguido caminos tan oscuros. Pero no adelantemos acontecimientos, aún te queda mucho camino que recorrer a mi lado, y siendo mi última voluntad espero quedarme contigo hasta que la muerte me lleve o el Camino se acabe.
Y ahora dime, querida mía, ¿cuántas veces hacemos algo con una voluntad férrea, aunque en el fondo no sepamos muy bien el porqué? Si hay algo de lo que me arrepiento, ahora que escribo esto, es de las cosas que debería de haberte dicho, no con letras, sino con palabras. Es injusto saber que te tiembla la voz al lado de esa persona, es ilógico pensar que el silencio es el mejor puente para expresar todo lo que llevas dentro… pero aun así, seguiré en mi empeño de que sepas, por aquí, lo mucho que te podría haber dicho mirándote a los ojos.
Mas, ¿qué me ocurre? Creo que divago. No perdamos más el tiempo, ese tiempo que, como bien sabes, juega en nuestra contra."
(...)
Después de estos días de asueto, de descanso vacacional, he vuelto para volver a arrancarle palabras a unas enmohecidas cartas. Siento que la ausencia haya sido tan larga y sin previo aviso.
Tan sólo decir que me alegro de haber regresado por estas soledades y que espero que tenga al menos los mismos lectores que tenía a mi partida.
Para ellos y para todos los demás: ¡bienvenidos!
Ojos de Lobo
"Caminar sólo no es siempre la mejor forma de encontrar la soledad. Quizá sí lo sería en las planicies palentinas o en la sobrecogedora monotonía de los campos de Castilla. Pero no allí. No en aquel camino arbolado, serpenteante, con altos y llanos que retan a mis fuerzas pero que animan a mi espíritu. En aquel escenario todo parecía tener vida. Todo te observaba con asombrosa quietud y, a la par, desprendiendo un aura casi mágica que recordaba a los cuentos de hadas, donde duendecillos habitan en el lindero del bosque. Sobre todo había algo que animaba a cualquiera y que se convertía en la mejor banda sonora que cabría esperar. El río, ese torrente inolvidable de murmullos y tempestades. Ahora comprendo, mi niña, porque grandes maestros de la literatura situaron esos hermosos cuentos y fábulas a las orillas de los ríos: allí habitaban ninfas de belleza sólo comparable a tu simpatía, por allí moraban demonios dispuestos a tentar al primer campesino que acudiera a recoger agua, allí tenían sus encuentros secretos esos enamorados que se desean hasta en sueños y se aman hasta en la muerte… Si aún no lo has hecho, querida mía, te animo a que un buen día te acerques hasta un caudal, lejos del mundanal ruido, y cierres los ojos para sólo escuchar su arrullo. Te aseguro que olvidarás las preocupaciones y por un instante el rumor te trasportará a un universo lejos de los problemas que dejaste en Madrid que, por mucho que lo neguemos, nos estarán esperando con los brazos abiertos.
En ese paraíso de los sentidos te espero, Laura, allí ni enfermedades ni fantasmas del pasado pueden separarnos.
El río, además, me aguardaba en un claro para darme una grata sorpresa.
Mi intención era la de parar a descansar un rato después de un par de horas de caminata. Además quería que fuera cerca de la corriente imperturbable, pues quizá bajo su embrujo dormiría unos minutos. Así que, en cuanto vi aquel hueco en la masa de vegetación que separaba el río del camino, no dudé ni un segundo en aflojarme la mochila y prepararme para el momento de relajación, merecida por cierto.
Al contrario de mis intenciones, quedé atónito al ver allí, en aquel remoto lugar de cualquier parte, justo donde yo había decidido parar, a un viejo amigo y compañero de estudios durante años. Era él, aquel muchacho raro donde los haya, particular para todo o para nada, según se mire, y que podría ostentar, sin modestia alguna, el apelativo cariñoso de bicho raro. Era, para que me entiendas, preciosa, algo parecido a este que escribe pero en el polo opuesto del imán.
Lo único común era su nombre: Carlos.
Ahora podría contarte todo lo que nos dijimos, sin salir cada cual de su fascinación. Pero me parece inútil o cuanto menos innecesario pues tú misma puedes imaginar como se sienten dos amigos que se encuentran por sorpresa donde menos cabría esperar. Sólo te diré que nada le dije de Nerón. No tenía una razón de peso para no hacerlo pero me pareció que ni yo ni él estábamos preparados. Carlos hubiese pensado que me había vuelto loco (lo que quizá tú misma estés pensando), por lo que decirle algo sería una completa perdida de tiempo. Y por mi parte, no quería desvelar nada acerca de aquel personaje que había confiado en mí y del que no sabía nada. “Todo a su tiempo”, me dije.
Mientras dábamos nuestros primeros pasos juntos, comentamos los objetivos de aquel viaje, una de las dudas más punzantes que me recorrieron durante todo el viaje. El tema surgió, como suelen surgir los grandes debates y pensamientos, por un comentario absurdo. Al verme caminado junto a él, ambos cargados con enormes mochilas de las que colgaban calcetines y otras prendas húmedas, me recordó a Frodo y Sam, los personajillos del Señor de los Anillos. Para ambos, su destino, su objetivo, era destruir aquel anillo del que pendía el devenir de su mundo. Ellos tenían una meta. ¿Cuál era la nuestra? ¿Cuál era mi meta? Tengo que confesarte, querida Laura, que cuando comencé mi andadura no me planteé el motivo de porqué un ser humano encamina sus pasos a una ciudad, que dicen santa, recorriendo 800 kilómetros hasta llegar a ella. No eran motivos religiosos: por mi parte, si Dios es tan verdadero como algunos dicen, prefiero no mezclarme en sus dimensiones y no esgrimir su nombre para justificar un acto tan humano como este. Por motivos de salud o deporte: a decir verdad, el mal que me corroe por dentro es incurable. Por razones espirituales, culturales, diversión, necesidad… no tengo ni idea, mi niña. Es una verdadera pena que sea hoy cuando me dé cuenta de todo, quizá las cosas nunca hubieran seguido caminos tan oscuros. Pero no adelantemos acontecimientos, aún te queda mucho camino que recorrer a mi lado, y siendo mi última voluntad espero quedarme contigo hasta que la muerte me lleve o el Camino se acabe.
Y ahora dime, querida mía, ¿cuántas veces hacemos algo con una voluntad férrea, aunque en el fondo no sepamos muy bien el porqué? Si hay algo de lo que me arrepiento, ahora que escribo esto, es de las cosas que debería de haberte dicho, no con letras, sino con palabras. Es injusto saber que te tiembla la voz al lado de esa persona, es ilógico pensar que el silencio es el mejor puente para expresar todo lo que llevas dentro… pero aun así, seguiré en mi empeño de que sepas, por aquí, lo mucho que te podría haber dicho mirándote a los ojos.
Mas, ¿qué me ocurre? Creo que divago. No perdamos más el tiempo, ese tiempo que, como bien sabes, juega en nuestra contra."
(...)

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