Templo de Eunate. Presumiblemente, de fundación templaria.
"El camino nunca se detiene… un peregrino tampoco debe hacerlo a no ser que no haya otro remedio. Desde aquel momento, y a pesar de mi articulación dolorida, me propuse que aquello fuera la seña de identidad de éste que ahora te escribe, querida mía.
Además, alguien me dijo un día que la vida nos devuelve lo que invertimos en ella… quizá en ese momento no lo entendía, como tantas otras cosas. Pero tiene razón. Y por ello, ante el esfuerzo por seguir adelante, el Camino nos tenía reservada una buena sorpresa: un reencuentro.
Uli, el tercer miembro de la Compañía, descansaba en un banco de piedra y su sonrisa pareció renacer cuando nos vio aparecer a ambos por aquella calleja. Me alegré mucho, te lo aseguro. No sólo porque aquel muchacho me había parecido tan fascinante como el propio Camino, sino porque así la monótona - en ocasiones - compañía de Carlos se hacía más llevadera.
Tras los saludos de rigor, nos tocó tomar una decisión. Uli nos había comentado que a un par de kilómetros de allí, desviándose de la ruta pero enlazando con el Camino Aragonés (es decir, más distancia pero una misma meta), había una iglesia muy interesante, según las guías, por su origen enigmático y muy unido a los caballeros del Temple. Ya sabes, mi niña, que tengo una debilidad especial con temas caballerescos… creo que no hasta el punto que sospechas de soñar con ellos, pero sí para afrontar el nimio sacrificio de un par de kilómetros más. ¿Qué era aquello comparado con lo que ya había andado?
Así que nos costó poco decidirnos y encaminamos nuestros pasos hacía el templo misterioso.
Allí estaba, frente a nosotros, a varios centenares de metros, altivo y sin inmutarse. A nuestra derecha… un camino que bordeaba un campo labrado y con restos de ya haber sido recogida la cosecha. Aquel camino acababa más adelante, dando un rodeo extraordinariamente inútil. Pero para más INRI a la izquierda, un sendero que se perdía en la lejanía y que, igual que el otro, presumiblemente acababa llegando a la iglesia. Carlos y yo nos miramos. Mi mente intentó calcular cuál de ellos era el más corto, cuál el menos complicado, cuál estaba más protegido por la sombra de un par de arbolillos solitarios…
En eso estaba cuando el Camino volvió a reírse de mí tras la lección magistral que iba a darnos nuestro amigo Uli: sin apenas vacilar un instante, tomó su didjeridu, bebió un poco de agua y se puso a andar a través del campo de labranza. En línea recta, por supuesto.
No sé como te hubieses quedado tú, Laura, pero Carlos y yo nos quedamos con la boca abierta y, por mi parte, me di cuenta de una nueva enseñanza y quizá enemiga de algún sabiondo refrán: “a grandes problemas, soluciones simples”.
De nuevo, maravillado por las cosas que uno aprende cuando se aleja de su hogar y se embarca en una aventura semejante. Ojalá día a día, aprendiésemos tanto como yo lo llevo haciendo en apenas tres días. Quizá así, mi niña, problemas tan importantes como ¿qué camino he de tomar para llegar a mi destino?, se resuelvan de la manera más sencilla posible. El ser humano es así, cuando quiere afrontar un problema le da miles de vueltas y se centra en estudiar cual de los rodeos hacia la solución es el más conveniente. La verdad… envidio a gente que consigue ser como Uli y ataca de frente, sin miedo, confiando en sus posibilidades y con la ilusión de llegar a la meta siempre presente.
Porque es cierto que suele pasar. Que ante la desesperación del no saber cómo seguir adelante, cuando las opciones son similares y de ninguna sacamos nada en claro más que disquisiciones que nos vuelven aún más cuerdos… una mirada al frente y un caminar por el sendero más abrupto e impracticable es la respuesta que nuestro corazón está buscando. Hay que luchar, por supuesto, eso queda sabido por descontado.
Lo de la mente y el pensar… cuando ésta consigue aceptar que han sido los mejores pasos de su vida, responde con una sonrisa. Pero eso ya viene un par de suspiros después.
A decir verdad, no era nada fácil caminar por ese lugar: surcos en la tierra inquebrantable hasta ahora pero fácilmente destructible ante las botas de tres peregrinos. Era, el nuestro, un caminar inestable, lento por momentos, salvando una acequia por donde un buen reguero de agua estaba esperando a que alguno cayese para soltar la carcajada… Sí, todo eso era así. Pero llegamos al templo en menos de quince minutos y con la sonrisa en el rostro.
¿Compensó tanto esfuerzo? ¿Valió la pena el “camino difícil” con tal de saber con certeza que llegaríamos no sólo antes a la meta, sino que llegaríamos? Si no te importa, querida mía, me contestaré a mí mismo con otra pregunta… ¿valió la pena abrazarte sabiendo que, tarde o temprano, iba a separarme de ti? Contéstalo tú si quieres, mi niña, yo me conformo con saberlo."
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