jueves, 24 de mayo de 2012

Carta VII Cruce de caminos... (3ªparte)


Templo de Eunate. Presumiblemente, de fundación templaria.

"El camino nunca se detiene… un peregrino tampoco debe hacerlo a no ser que no haya otro remedio. Desde aquel momento, y a pesar de mi articulación dolorida, me propuse que aquello fuera la seña de identidad de éste que ahora te escribe, querida mía.

Además, alguien me dijo un día que la vida nos devuelve lo que invertimos en ella… quizá en ese momento no lo entendía, como tantas otras cosas. Pero tiene razón. Y por ello, ante el esfuerzo por seguir adelante, el Camino nos tenía reservada una buena sorpresa: un reencuentro.

Uli, el tercer miembro de la Compañía, descansaba en un banco de piedra y su sonrisa pareció renacer cuando nos vio aparecer a ambos por aquella calleja. Me alegré mucho, te lo aseguro. No sólo porque aquel muchacho me había parecido tan fascinante como el propio Camino, sino porque así la monótona - en ocasiones - compañía de Carlos se hacía más llevadera.

Tras los saludos de rigor, nos tocó tomar una decisión. Uli nos había comentado que a un par de kilómetros de allí, desviándose de la ruta pero enlazando con el Camino Aragonés (es decir, más distancia pero una misma meta), había una iglesia muy interesante, según las guías, por su origen enigmático y muy unido a los caballeros del Temple. Ya sabes, mi niña, que tengo una debilidad especial con temas caballerescos… creo que no hasta el punto que sospechas de soñar con ellos, pero sí para afrontar el nimio sacrificio de un par de kilómetros más. ¿Qué era aquello comparado con lo que ya había andado?

Así que nos costó poco decidirnos y encaminamos nuestros pasos hacía el templo misterioso.

Allí estaba, frente a nosotros, a varios centenares de metros, altivo y sin inmutarse. A nuestra derecha… un camino que bordeaba un campo labrado y con restos de ya haber sido recogida la cosecha. Aquel camino acababa más adelante, dando un rodeo extraordinariamente inútil. Pero para más INRI a la izquierda, un sendero que se perdía en la lejanía y que, igual que el otro, presumiblemente acababa llegando a la iglesia.  Carlos y yo nos miramos. Mi mente intentó calcular cuál de ellos era el más corto, cuál el menos complicado, cuál estaba más protegido por la sombra de un par de arbolillos solitarios…

En eso estaba cuando el Camino volvió a reírse de mí tras la lección magistral que iba a darnos nuestro amigo Uli: sin apenas vacilar un instante, tomó su didjeridu, bebió un poco de agua y se puso a andar a través del campo de labranza. En línea recta, por supuesto.

No sé como te hubieses quedado tú, Laura, pero Carlos y yo nos quedamos con la boca abierta y, por mi parte, me di cuenta de una nueva enseñanza y quizá enemiga de algún sabiondo refrán: “a grandes problemas, soluciones simples”.

De nuevo, maravillado por las cosas que uno aprende cuando se aleja de su hogar y se embarca en una aventura semejante. Ojalá día a día, aprendiésemos tanto como yo lo llevo haciendo en apenas tres días. Quizá así, mi niña, problemas tan importantes como ¿qué camino he de tomar para llegar a mi destino?, se resuelvan de la manera más sencilla posible.  El ser humano es así, cuando quiere afrontar un problema le da miles de vueltas y se centra en estudiar cual de los rodeos hacia la solución es el más conveniente. La verdad… envidio a gente que consigue ser como Uli y ataca de frente, sin miedo, confiando en sus posibilidades y con la ilusión de llegar a la meta siempre presente.

Porque es cierto que suele pasar. Que ante la desesperación del no saber cómo seguir adelante, cuando las opciones son similares y de ninguna sacamos nada en claro más que disquisiciones que nos vuelven aún más cuerdos… una mirada al frente y un caminar por el sendero más abrupto e impracticable es la respuesta que nuestro corazón está buscando.  Hay que luchar, por supuesto, eso queda sabido por descontado.

Lo de la mente y el pensar… cuando ésta consigue aceptar que han sido los mejores pasos de su vida, responde con una sonrisa. Pero eso ya viene un par de suspiros después.


A decir verdad, no era nada fácil caminar por ese lugar: surcos en la tierra inquebrantable hasta ahora pero fácilmente destructible ante las botas de tres peregrinos. Era, el nuestro, un caminar inestable, lento por momentos, salvando una acequia por donde un buen reguero de agua estaba esperando a que alguno cayese para soltar la carcajada… Sí, todo eso era así. Pero llegamos al templo en menos de quince minutos y con la sonrisa en el rostro.

¿Compensó tanto esfuerzo? ¿Valió la pena el “camino difícil” con tal de saber con certeza que llegaríamos no sólo antes a la meta, sino que llegaríamos? Si no te importa, querida mía, me contestaré a mí mismo con otra pregunta… ¿valió la pena abrazarte sabiendo que, tarde o temprano, iba a separarme de ti? Contéstalo tú si quieres, mi niña, yo me conformo con saberlo."

(...)

 
 

viernes, 18 de mayo de 2012

Carta VII Cruce de caminos... (2ªparte)

"Y yo me quedaba aún más perplejo, querida mía, no sólo cuando le encontraba un nuevo sentido a la expresión, “contra el dolor, la ilusión”, sino cuando me daba cuenta de lo que me dejaba allá arriba, en el Alto del Perdón.

La enseñanza que de todo ello saqué, como ya has leído, está clara y no es tarea mía darle más bombo y platillo. Lo que sí dejé, y esto es lo que más me importa hoy día, son mis primeras lágrimas caminando. Mis primeras verdaderas lágrimas de dolor y de impotencia… aunque… ahora mismo no recuerdo si ya antes había sucumbido al embrujo del llanto… Perdóname por estas lagunas, mi niña, son cosas que mi cabeza ya ha dejado de controlar.

Sea como sea, un surquito se adivinaba en mi mejilla si se era buen observador y le daba a mi rostro una estampa aún más sufridora.

 Sufrí. Mucho. Algo que en ti no debe de ser ajeno… pero yo hasta ese momento había creído que tales espectros se quedarían en el autobús Madrid-Pamplona.



Lágrimas… es extraño y a la vez fascinante recordar tus lágrimas. Siempre me lo has dicho “no me gusta que me vean llorar”. Y aún así yo tuve el privilegio, la macabra satisfacción de alguien que te ama con locura, de verte tan desnuda ante mí como para no temer por un llanto. Quisiera hablarte de aquella primera vez. “Llora todo lo que quieras, pero me parte el alma verte llorar por algo así”, eso te dije y tan sólo la luz de una luna casi llena y unas escaleras de fría piedra te escucharon sollozar. Tu mano dolorida, tu corazón aún con ese escalofrío del que acaba de soportar un duro golpe, y mis palabras de colchón para darte ese lecho donde desahogar tus pesares y convertirlos en dichas.

Yo ya te amaba.

Yo aún no lo sabía.

Pero si hoy me dejaran presenciar, como último deseo, un momento de mi vida, quizá no sabría con qué escena construida a tu lado quedarme… pero estoy seguro de que entre mis opciones estaría la de aquella conversación de domingo, en una solitaria calle de un pueblo sin almas y repleto de estrellas, al lado de la mujer que cambió el rumbo de mi vida y con esta extraña sensación que me reporta el estar tan solo, de que en aquel momento te enamoraste un poquito más de mí.

En fin… si no es verdad… permite que yo siga viviendo creyendo que así era."

(...)

martes, 15 de mayo de 2012

Carta VII Cruce de caminos... (1ªparte)


Las llanuras infinitas al otro lado de El Perdón


Por si al lector le flojea la memoria, muy justificada sensación después de una nueva ausencia prolongada, recordar que Salva había enfilado el Alto del Perdón nada más asomarse las primeras luces del alba. Para explicar el purgatorio personal que vivió durante su ascenso y su bajada, nos deleitaba con una historia hecha cuento sobre la ciudad maldita de Montemar.
Con una enseñanza cerraba la última de las cartas: nada es lo que parece y la soberbia solo puede ser aplacada por el perdón.
He aquí cómo continúa esta historia.

Ojos de Lobo


VII.- Cruce de caminos…


"El ser humano nunca dejará de sorprenderme. Hace tiempo pensaba que tras una dificultad, tras un obstáculo que uno considera insalvable, lo más lógico era detenerse y reflexionar, darle tiempo al tiempo y por un momento dejar que todo volviera a su sitio. Pero de un tiempo a esta parte he podido comprobar, en esta lucidez esquiva, que somos de todo menos lógicos. Y sabes, mi niña… doy gracias a la Fortuna de que así sea.

No creas que esto se queda en una simple reflexión como tantas otras en estas cartas… no. Todo esto viene de ese sentimiento extraño que inundó mi alma cuando llegamos a Uterga, el pueblo de recias casonas de piedra que nos esperaba nada más concluir la bajada del Alto del Perdón. Allí, Carlos y yo decidimos pararnos. Por si no te diste cuenta, querida mía, Uli ya no estaba con nosotros. Parece ser que para él la subida resultaba mucho más liviana y pronto nos adelantó cuando aún nos quedaba mucho por acariciar la panza de los gigantescos molinos de viento que guardaban la cumbre. Lo cierto es que no había ningún tipo de lazo de amistad más que la de tres personas que compartieron una tarde de reflexiones y que comenzaron a andar juntos a la mañana siguiente, más por curiosidad mutua que por otra cosa.

Así las cosas, Sam y Frodo hicieron un alto en el camino para recuperar fuerzas y para que un servidor se diera cuenta de que cada vez le dolía más la rodilla izquierda. Pero he aquí lo que pretendía explicarte, Laura, las incongruencias humanas: aún estando agotado, aún teniendo que morderme el labio para no soltar un quejido de dolor cuando apoyaba la rodilla, aún así, mi corazón estaba presto a seguir caminando. Es más, casi no quería ni detenerme allí a perder el tiempo y las ansias por continuar hacía la meta eran casi más poderosas que la sed acumulada. ¿Puedes creerlo?

Cómo nos sorprendemos a veces de nosotros mismos, ¿verdad? Quizá ahora, tras este transitar por un sendero de emociones contradictorias, caiga en la cuenta de lo que significa tener ganas de luchar a pesar de las adversidades y del dolor irremediable.
Tomo conciencia hoy, aquí, perdido del mundo y de tu estela, de cómo el corazón siempre manda en estos asuntos y que cuando la mente se inmiscuye, quiera ser para bien o para mal, es cuando el duendecillo de la ilusión empieza a quedarse afónico. Y entonces, es posible que ya no te grite lo feliz que eres a pesar de que sufres, o quizá ya no te sorprendas a ti mismo repitiendo sus palabras de “merece la pena dolores así, si hay meta certera que te recompense”…
No lo sé. Quizá me haya pasado alguna vez… quizá nos haya pasado.

Y ante una verdad tan indiscutible sólo puedo responder con unas escuetas palabras: aprende, Salva… aprende."

(...)





domingo, 13 de mayo de 2012

Una espera dolorosamente larga

 
- ¿Por qué has tardado tanto en mandarme el manuscrito? Intenté llamarte, hablar contigo, incluso me propuse volver a Ucero para ver si aparecías de nuevo como por arte de magia. Pero nada - no quería parecer demasiado ofendido, aunque lo estaba.

- Bueno. Ambos necesitábamos un descanso.

- ¿Ya está? ¿Eso es todo lo que vas a decirme?

- De momento... no puedo decirte nada más. Te entrego los textos originales de las cartas siete, ocho, nueve y diez. Con eso tienes para al menos un par de meses, supongo.

- Supones bien.

Después de eso, los dos apuramos el café. Por primera vez desde que Alba llegara a mi vida, comprendía que aquella mujer tenía los mismos problemas que el resto de mortales. Ya, lo sé, parece lógico y normal y seguro que alguno se está riendo ahora mismo... pero durante todos estos meses, es como si hubiese imaginado que ella era una especie de... diosa. Como si controlara todo y a todos, como si el destino de las cartas y de la vida de quien se cruzara con ellas, estuviera única y exclusivamente en sus manos. Infinidad de hilos movidos a su antojo que hoy, ya digo que por vez primera, parecían desesperadamente enredados en sus manos.

Finalmente había recibido un correo electrónico suyo, pidiendo vernos en el mismo sitio donde "te tiraste el café encima". Después de más de un mes intentando dar con ella... era lógico que contestara inmediatamente, y que mi disponibilidad fuera total y completa.

Ella apareció, puntual. En aquella ocasión, yo lo había sido aún más. El par de capuccinos con nata y la tortita con sirope de fresa fueron lentamente desapareciendo mientras ninguno de los dos sabía por dónde empezar. Al final, para mi sorpresa, había sido yo el encargado de romper el silencio.

Así que ella también necesita descansos, pensé. Por eso, y porque quería disfrutar de la perturbadora compañía de aquella hermosa mujer, propuse un corto paseo por Alcalá. Para bajar las tortitas, bromeé. Accedió con una sonrisa.

- Quiero preguntarte algo - dijo ya cuando enfilábamos la calle Mayor.

- Dime.

- ¿Por qué nunca me has propuesto vernos?

- Perdona, creo que los cientos de mensajes y los miles de correos electrónicos en estos dos últimos meses no significan precisamente un comportamiento pasota por mi parte.

- Ya. No digo eso. Digo para salir. Como hombre y mujer. Conocernos.

Si no hubiese estado andando, hubiese echado a andar. Si no hubiese llevado un poco de dignidad en el bolsillo, hubiese echado a correr. Ella se hizo la tonta y siguió con la vista clavada en los jóvenes alborotados que circulaban bajo los soportales. Yo tragué saliva repetidas veces, unas doscientas repetidas veces, y contesté lo peor que podría haber contestado.

- Verás... nunca había pensado en ello.

Lo sé, Iván me va a matar. Y lo entendería. Al fin y al cabo, es él el que ha tenido que soportarme hablando de "la rubia" -  después, Alba - , que no paraba de venirme a la cabeza desde que nos la encontramos en aquella reveladora excursión a la montaña.

Sin embargo ella pareció encajar bien mi mentira, ya que siguió el juego como una auténtica experta en recibir embustes de hombres inexpertos.

- Y ahora, ¿estás pensando en ello?

- Bueno... sí... pienso. Quiero decir... lo estoy pensando ahora mismo porque es imposible no pensarlo cuando lo acabas de decir, claro. ¡No pienses en algo!, e inmediatamente después piensas en ello... es matemático... así que pienso que sí... que sí lo pienso vamos. Esto... ¿entiendes algo de lo que estoy diciendo?

- Algo.

- Menos mal...

- ¿Y bien?

- Y bien...¿qué?

- Que si quieres que nos veamos.

- Ahhh. Te refieres a... pues... si te apetece... creo que podría estar bien. Así como amigos, claro.

- Como lo que somos.

- Sí. Eso mismo.

- Te parece bien... ¿la semana que viene?

- Creo que me viene de lujo.

- ¿Crees? Bueno, yo te llamo - y durante un par de segundos, dejó su mano apoyada en mi espalda, a la altura de la cintura.

Y entonces fue cuando los nervios acumulados salieron a la superficie. Hubo un momento de mirada a todos los lados posibles, otro de risa tonta, uno más de escalofríos internos, de balbuceos, de hiperventilación... en fin... lo normal en mí.

- ¿Qué ibas a decir?

- No, nada.

- Dilo

- Es una tontería y...

- Que lo digas. Dilo, dilo, dilo, dilo - Alba sonreía de oreja a oreja. Disfrutaba con la tortura, por lo que se ve. Cada vez más insistente y yo cada vez con menos sangre que bombear al cerebro, puesto que toda se concentraba en mis mejillas.

A pesar de todo, y para orgullo de Iván y del resto de personajes maravillosos que habitan mi vida, he de decir que tuve un mínimo resplandor lúcido, demostrándose que, a veces, en situaciones bajo presión, manejo la situación como un auténtico galán. He aquí la mejor respuesta de la tarde y, por descontado, el orgullo de un hombre acostumbrado a dar patinazos con las mujeres.

- Decía que... por una vez, una espera dolorosamente larga... ha merecido la pena.



Ojos de Lobo

viernes, 23 de marzo de 2012

Carta VI El Perdón... (10ªparte)


Quizá el lector no entienda aún, a simple vista, esta imagen. Confío en que al final de estas líneas lo comprenda todo.
Ojos de Lobo



"Qué hermosas parecen las palabras cuando estas se nos presentan en un cuento, ¿verdad, querida mía?
Lejos de resultar un absurdo modo de ocupar líneas de esta carta, comprenderás como todo tiene su conexión. Como en la vida.
El monte del Perdón no fue sino como la ciudad maldita de mi cuento. Desde la llanura, parecía un gigante infranqueable, una montaña a la que ningún hombre había logrado subir y no resultar herido en el intento. Las historias le daban fama de ser un paso muy duro para el peregrino, y eran precisamente eso, las historias, lo que alimentaba el miedo del caminante. ¿La respuesta de éste? Atacar al gigante con todas sus fuerzas, cuando en realidad, esta táctica era un absoluto error. Pronto el peregrino se daba cuenta de que tanto esfuerzo podía con él y, como los ejércitos, sucumbía en la oscuridad del foso sin fondo, del cansancio y el dolor. A pesar de todo, al llegar a la cima, todo era hermoso, el mundo se abría ante ti con total magnificencia. Allí, en lo alto del monte del Perdón, un monumento recordaba a los peregrinos y dotaba a la escena de un ambiente mágico y de leyenda.
Sin embargo, a los incautos les quedaba aún superar el peor de los escollos, el que jamás habrían esperado. No tenían que huir de los lobos, ni defenderse ante una imagen reflejada en un espejo… pero les quedaba por afrontar la bajada a la llanura: un camino monstruosamente repleto de piedras del tamaño de un balón de fútbol. Enormes cantos rodados que hacían que se tropezara, se pisara mal… en fin, que el verdadero sufrimiento era el que menos se esperaba. Sólo quedaba una cosa, aprender la lección y suplicar perdón por las falsas confianzas. Eso hice, querida mía, pedir que la prepotencia y las historias no influyesen a partir de ahora en mi camino.

La vida no está exenta de estas lecciones magistrales sobre lo estúpidos que somos a veces. Sí, eso de creer en palabras con poco sentido que nos hablan de males inimaginables, cuando en realidad, con un poco de inteligencia, podríamos superarlos sin problema alguno. Cómo nos asustamos ante lo obvio, cuando el verdadero verdugo se esconde ante lo inesperado. El lobo con piel de cordero, mi niña, a eso es a lo que hay que tener miedo.
Sin embargo, la lección más importante que me dio el monte del Perdón y que, sin lugar a dudas, el muchacho confiado recibió aquel día, en Montemar, es que jamás se debe rendir uno antes las dificultades del terreno, de la vida. Que vivir no es nunca suficiente y que debemos luchar por ese tiempo que, mejor o peor, más o menos, la Fortuna nos brinda. Porque a decir verdad, querida Laura, para la muerte nunca se está preparado, pero sin embargo la muerte no es nuestra enemiga hasta que nosotros no la vemos como tal y nos abandonamos a sus juegos diabólicos de dolor y lágrimas.
No te abandones tú, no lo hagas nunca. Y cuando las fuerzas flaqueen, no temas, aquí tienes a alguien que, desde la oscuridad de su prisión de silencio, sólo respira por ti, para ti, para que recojas mi aire si te falta alguna vez. En lo bueno y en lo malo. En el llanto y en la risa. En lo fácil y lo difícil. Allí estaré yo, sea como sea, pienses lo que pienses y se oponga lo que se oponga. No te quepa duda de eso.

Así, con mi ayuda, sólo tendrás que preocuparte por contemplar la maravilla que se muestra ante ti, la impresionante fortaleza de Montemar, el día a día…

Porque sí, Laura. Porque es capaz de reunir la belleza del mar y los montes en un sólo soplo. Así era la sublime ciudad maldita. Así es la gloriosa vida.


Desde aquí y por siempre.
Salva"

lunes, 19 de marzo de 2012

Carta VI El Perdón... (9ªparte)


"Cuento, 6ª parte


Resultó ser que aquella bella mujer de pelo negro, no era otra que la princesa Morgana. La mujer por la que empezó la guerra y por la que Montemar se convirtió en la ciudad maldita. Hoy se cuenta que aquella joven de quince primaveras se perdió en el bosque a lomos de su corcel blanco. Allí, en la espesura, fue atacada por una manada de lobos hambrientos que la hirieron de gravedad. Sir Héctor, el Valiente, llegó a tiempo para evitar que las bestias despedazaran el cuerpo. Se la llevó a su ciudad donde permaneció durante meses en un sueño profundo, según dicen, por las heridas en el alma. Sir Héctor cuidó de ella durante todo este tiempo y se condenó a sí mismo al no contar el verdadero paradero de la hija del rey. Si la gente se enteraba de que por sus bosques las alimañas campaban a sus anchas, haciéndolos inseguros, y más aún, que no había sido capaz de proteger a la princesa de estos peligros, todos sus privilegios, su nombre, sus hazañas, quedarían borradas para siempre.
Sin embargo, no predijo que la conciencia del hombre es tan frágil como un témpano de hielo al sol, y pronto se volvieron contra él por justamente el único error que no había cometido realmente.
La guerra se desató y la princesa despertó de su letargo después de que la niebla ocultase los muros de Montemar. Se sintió tan agradecida por sus cuidados que decidió quedarse allí, con el caballero que la había salvado, y ayudarle en sus últimos años.

Resultó ser que el hombre que me brindó el perdón, era aquel que la historia había olvidado, aquel que penetró en la ciudad y jamás se supo de su paradero. Aquel hombre había descubierto el ingenio, al igual que lo hizo su única hija estando junto a mí. Después, prendado de la princesa, se casó con ella. Decidió proteger el secreto. Pero su memoria no recordó que meses antes de partir hacia Montemar, le había hablado a su hija de quince años sobre sus intenciones. Aquella niña se convirtió en una mujer, hermosísima, de cabello rubio, y volvió a reunirse con su padre tras más de diez años de ausencia.
Y así fue todo.
Hoy día, Montemar sigue siendo una ciudad maldita, prohibida para los poco osados, pero cada mañana un rayo de luz traspasa la niebla y los llanos que la rodean se maravillan de su belleza. Siempre he pensado que algo tan extraordinario, tarde o temprano, paga un precio. La niebla no era el peor de los castigos, pero jamás se ha vuelto a ver a un ejército asolar los campos e intentar asediar la ciudad. Llamadlo miedo o prudencia, quién sabe.

Lo que los libros de historia no cuentan, y hoy, este anciano confesará pues su final ya le espera, es que jamás existió un hechicero, ni el Maligno ocupo los muros de Montemar.
Pude darme cuenta del ingenio, que tantas veces he nombrado ya, cuando abandoné la ciudad, en mi juventud, tras el perdón. La niebla se retiró durante unos segundos y lo vi. Toda la muralla estaba rodeada por un enorme foso, tan profundo que el ojo humano no podría ver su final. Sobre este foso, unas planchas de madera que lo cubrían. Ahí estaba el secreto. Cuando las grandes máquinas de asedio y los numerosos ejércitos se aproximaban, las planchas cedían por el peso y hacían que el foso quedara descubierto y que todo sucumbiera en su oscuridad. Por ello, el peso de un par de personas no era suficiente para activar el mecanismo y este muchacho pudo penetrar los muros de la ciudad maldita.
¿Sobre la niebla? La propia princesa me lo confesó, sabiendo que guardaría el secreto hasta mi muerte. El mismo ingenioso alquimista que pensó lo del foso, construyó una monstruosa máquina, artífice de la niebla maldita. Muy pocos sabían, entonces y ahora, que bajo Montemar transcurre un poderoso torrente de agua subterránea, más ancho y profundo que un río cualquiera. Aquella máquina era capaz, por medio de un mineral incandescente que llaman carbón, de calentar el agua y conseguir una gran cantidad de vapor. Ese vapor, esa niebla, era la respuesta al acertijo.
Como siempre digo, el ojo humano sólo ve lo que quiere ver, y era más monstruoso pensar en una niebla que se tragaba a toda alma viviente, a un ingenio de un hombre que sumió, voluntariamente, su ciudad en la maldición eterna únicamente por perpetuar su belleza, su esplendor, su vida.

He aquí la historia, tal y como la contaron los antiguos, tal y como la vivió este anciano que una vez fue muchacho, y tal y como la vivirán generaciones venideras que, ante todo, lucharán por sus ideales, por su vida, por el perdón.”

(...)

viernes, 16 de marzo de 2012

Carta VI El Perdón... (8ª parte)


Monumento en la cima del Alto del Perdón


Cuento, 5ª parte.


"Al despertar me encontraba tumbado, con el suelo de mármol de almohada y con un pie aprisionándome el cuello. Delante de mí, dos figuras más de las que sólo podía ver los pies. Un hombre de botas negras y una mujer.


Una voz femenina y totalmente desconocida para mí resonó en la sala.


- Tú, extranjero, que has llegado hasta aquí desafiando las leyes de los hombres, enfrentándote al mismísimo diablo y alcanzando al fin la morada del caballero de Montemar.... ahora te pregunto, ¿estás preparado para morir?


Justo en ese momento, una espada se posó sobre mi cuello, recorriéndome un escalofrío por el gélido metal contra mi piel. No sé si fue por valor o por ventura, pero de mis labios brotaron, como creadas por la mano divina, unas palabras que jamás he olvidado.


- Me preguntáis si estoy dispuesto a morir mientras vuestra espada amenaza mi cuello. ¿No creéis innecesaria la pregunta? Me habláis del caballero de Montemar, de desafiar leyes y vencer a demonios, y me hacéis protagonista involuntario de tales hazañas. ¿Y ahora me preguntáis si estoy preparado para morir? Os diré, que en mi vida había estado tan preparado para el final como ahora, aunque la Muerte nunca me habría hecho una pregunta tan inoportuna como la vuestra. ¿Quién está preparado para morir? ¿Acaso lo estáis vos? ¿Acaso ese caballero del que habláis lo estaría si la hoja de vuestra espada anunciara su final? No. Si voy a morir que sea por vuestra mano, y no por una respuesta a una pregunta que un ser viviente jamás podría contestar con certeza. Ahora, en este lugar, en este momento, siento que mis últimas horas han merecido la pena. Que he luchado por lo que anhelaba, aún sin saber lo que era exactamente. Que he huido del destino para fraguarme mi propio futuro. Que he encontrado una razón para no morir colgado de un viejo roble. Y esa razón es: que no hay nada más bello que vivir y sentirse vivo, y que no hay monstruo o espectro que pueda negarnos el derecho a exprimir nuestro tiempo al máximo. Porque siempre hay una batalla más que vencer, siempre hay una lágrima más que verter y una sonrisa que compartir.

Y ahora, si repitierais la pregunta que tan desafortunada me ha parecido, sólo podría contestaros una cosa: estoy preparado para que me arrebatéis la vida, pero no para morir.


- Que así sea – contestó la mujer.


- Tenéis el perdón – resonó una voz masculina, a la par que la presión de mi cuello y la frialdad de la espada, desaparecían.


Me levanté, consciente de que había vuelto a nacer. A mi lado, la mujer de pelo negro del espejo. Frente a mí, un robusto caballero de barba oscura y mi vieja compañera de aventuras: la muchacha rubia que hacía vibrar a un corazón salvaje.



El resto de la historia es de sobra conocida, pues ha pasado a los anales polvorientos que hoy presiden las grandes bibliotecas de mi reino. Si os place, este anciano que un día fue un muchacho a quien se le brindó el perdón, os relatará el final. "

(...)

lunes, 12 de marzo de 2012

Carta VI El Perdón... (7ªparte)


Duro ascenso al Alto del Perdón. Sobran más palabras.
Os dejo con la continuación del cuento, con aquella extraña pareja que había traspasado las murallas de la ciudad maldita de Montemar.
¿Qué se esconderá detrás de la niebla?
Ojos de Lobo


"Cuento, 4ªparte
Comenzamos a ascender por una calleja que partía de la plaza y que, según me pareció, se dirigía a lo más profundo de la ciudad. Una vez superada la niebla de la entrada, Montemar se alzaba tan hermosa y misteriosa como nunca jamás había visto nada igual. Lo cierto es que no podía comprender como aquella montaña de bellezas arquitectónicas sin precedentes, fuera la morada del Maligno o que estuviera mortalmente maldita por un tenebroso hechicero. Según ascendías y echabas la vista atrás, te sentías dueño del mundo, observando la extensa llanura, las pobres aldeas más cercanas a aquel baluarte, incluso se observaba la ciudad de Cornall, con su imponente puerto fluvial y su gran mercado de mercancías extranjeras.
Tardamos unos minutos en llegar hasta otra plaza que daba paso a la segunda línea de murallas, mucho menos gruesas e imponentes.  Pero por el contrario, su virtuosismo a la hora de combinar los sillares, formando todo tipo de formas geométricas, volvió a regalarme una de las mejores vistas que hoy recuerdo.
Justo ahí, adosadas a los muretes, un par de casas de labranza donde trabajaban, al menos, quince mujeres. En su compañía, un par de diminutos cachorros de perro jugueteaban sin importarles nada ni nadie. El portón de la muralla permanecía abierto sin nada ni nadie que lo protegiese.
- No te precipites muchacho – dijo ella, adivinando mis intenciones – una muralla puede esconder más secretos de los que el ojo humano es capaz de ver a primera vista. Y esos cachorros… son como…

No le dejé terminar. Por una vez iba a ser yo el que diera el primer paso hacia la victoria, hacia lo que fuera que buscaba aquella joven, hacia lo que fuera que buscaba yo.
Me lancé a la carrera hacia mi objetivo. Las mujeres, que hasta entonces no habían reparado en nuestra presencia se giraron y me miraron con un gesto amenazador. “Sólo son mujeres”, pensé yo, y nada pudo detenerme. Nada hasta que esculle un aullido que me heló la sangre. Quedé paralizado y casi caigo de bruces contra la fría piedra. No hubo tiempo de mucho más, pues tras el aullido, unos gruñidos  se acercaban poco a poco a mí, por la espalda. Giré la cabeza a la par que eché a correr todo lo rápido que me fue posible, al contemplar que al menos una docena de lobos me seguía de cerca con el único propósito de descuartizar mi cuerpo.
Corrí. Como nunca antes lo había hecho. Sentía un tremendo dolor en mis piernas, no acostumbradas a tales esfuerzos, pero no podía parar pues a mi espalda las bestias se divertían con mi miedo. Tuve la fortuna, que a veces lo predispone todo para su disfrute personal, que di con una pequeña portezuela de madera insertada en la muralla interior. Esta no estaba abierta, pero con el primer tirón desesperado se abrió. A pesar de ello, no fui lo suficientemente rápido como para poder evitar el embiste de uno de los lobos, que me hirió en la pierna izquierda, tiñéndose de rojo por momentos.
Ella había desaparecido. Ahora estaba solo. Quizá mi impaciencia y mi poca cordura habían conseguido que la mujer a la que ya comenzaba a amar (¡¿qué estoy diciendo?!), hubiese sido devorada por los lobos. Ella misma me lo había intentado decir. Pero no le escuché. Nunca escucho.
Seguí adelante sin demasiado ánimo, con la esperanza de encontrar a alguien que acabase conmigo o de quedarme morando por Montemar eternamente, como la niebla.
En vez de eso, llegué hasta un palacio, hasta lo que parecía la morada de Sir Héctor, el gran castillo. Entré, no podía quedarme fuera sin completar mi viaje y personarme ante el gobernante de aquella ciudad maldita. Nada más entrar una sala, vacía, cuyas paredes estaban forradas con espejos. De nuevo otra maravilla, otro sueño de algún loco hecho realidad. Observando fijamente en uno de los espejos, una extraña figura comenzó a materializarse como por arte de magia. Era una mujer, de pelo negro como la noche y con una mirada penetrante que helaba la sangre. En su mano un maza de pequeñas dimensiones, que brillaba casi tanto como la cota de mallas que cubría su cuerpo, bajo el vestido oscuro. No sentí miedo. ¿Quién puede sentir miedo ante un reflejo, ante algo irreal?
Fue mi último error. La maza se descargó con todas sus fuerzas contra mi cabeza."

(...)

viernes, 9 de marzo de 2012

Cuando ya parecía perdido...

Pues sí... no os engañó la vista ni estáis teniendo un mal sueño de esos que mojan sábanas y almohadas con el sudor de un terror casi siempre menos fiero de lo que parece.
Soy yo, Ojos de Lobo.

La última vez que me dirigí directamente a vosotros fue para deciros que, tras un pequeño parón, había vuelto para continuar con mi trabajo. Eso fue hace más de un año.
No quiero que penséis que os mentí. En aquel momento estaba convencido de que iba a poder con todo, que iba a poder sobreponerme a las circunstancias y no tirar la toalla. Como muchas veces me ha ocurrido... me equivoqué.
La vida que uno lleva, a veces, resulta demasiado exigente como para darse tiempo a disfrutar de las pequeñas cosas, incluso de las grandes cosas que se salen de la norma. A veces nos olvidamos que no hay mayor condena que la de encadenarse uno mismo al carro de la monotonía. Pero lo más triste, es que casi siempre nos tienen que pasar cosas horribles o traumáticas para que se nos encienda la bombilla y nos demos cuenta, casi como si de una rebelación orgásmica se tratara, del mal rumbo que llevamos al no prestar atención a nuestro propio rumbo, a nuestro propio camino.
Pero es así. Yo he pasado por una enfermedad de cuyo nombre no voy a acordarme. Y ha sido eso lo que me ha vuelto a despertar y lo que, hace unos días, me hizo desempolvar unas viejas cartas que tenía ya olvidadas. Las cartas que me dio aquella mujer, de la que no he sabido nada en muchos meses, y que estaban firmadas por un joven llamado Salvador.

Quiero hacer un pacto con vosotros. No sin antes dar la bienvenida a los nuevos y desear que, cuanto antes, puedan ponerse al día con las cartas ya publicadas. De veras que no llevará demasiado tiempo y, salvo que me equivoque, no creo que os disgusten demasiado. Así pues, os invito a iniciar este viaje por el principio. Más que nada porque si no... no creo que entendáis nada a partir de este momento.

A los que ya me conocen y no me han abandonado (que serán los menos), decirles que lo siento mucho y que, si les parece, pueden releer por encima algunos pasajes de cartas anteriores para refrescar su memoria. De un modo u otro, intentaré, en algunos de mis pasajes posteriores añadir referencias que faciliten que, esos detalles que se han perdido con el tiempo, afloren en vuestra memoria.

Ahora hablemos del pacto. Está claro que ha pasado mucho tiempo y que es imposible no tenerlo en cuenta. Aún así, os pido un enorme esfuerzo. Ahora entenderéis porqué: a partir de ahora, vamos a fingir (vosotros y yo) que todo este tiempo han sido apenas unos días. Voy a escribir como si nada hubiese pasado. En primer lugar porque así será mucho más fácil reengancharse al hilo de la historia; en segundo, porque así siento que traiciono un poco menos a Salva al haberle tenido relegado a un segundo plano durante tantos meses; y en tercer lugar... porque así me evito tener que pedir perdones y disculpas que, aunque se merecen, no llegarían, en ningún caso, a justificar tan larga ausencia. Y en este caso no sólo pensando en vosotros, sino también en aquella mujer que, hace tanto tiempo ya, me regaló la oportunidad de vivir esta aventura.
Alba era su nombre, como recordaréis de una de mis últimas entradas. Con ella he mantenido, hace apenas unos minutos, una conversación especial. Por lo extrañamente corta que ha sido. Únicamente me ha dicho una cosa: "Partamos de cero. Como si nada hubiese pasado. Continúa. Tendrás noticias mías. Mucha suerte y bienvenido de nuevo, Ojos de Lobo".
Evidentemente, esto vino precedido de una carta, leída a través del altavoz del teléfono, que tuve a bien escribir unas horas antes con la peregrina intención de mandársela al correo postal cuando, idiota de mí, no tenía apuntada su dirección por ninguna parte.
Así que mientras yo recitaba lo escrito, ella escuchaba.
Había pensado publicar esa carta por aquí también pero... al final he decidido que no es necesario. Dejadme que sean las únicas palabras que he intercambiado con Alba de las cuales no habéis sido testigos.
Desde luego, y no sé si por intuición o por ser lo más lógico, que tendré noticias suyas muy pronto.


Así pues... arrancamos de nuevo.

Ya no voy a decir que espero que esto dure mucho o no volver a abandonaros. La vida es una maravillosa caja de sorpresas y, nos guste o no, nunca sabemos donde nos puede llevar el vaivén de unas olas tan caprichosas como son las del destino. Lo que sí os aseguro es que, el tiempo que estemos juntos, seáis de los nuevos o de los que ya han seguido mis pasos, espero que sea tan mágico como las aventuras de aquel que un día cualquiera, por estos o aquellos motivos, echó a andar por un Camino ancestral y legendario. Quizá así, en mitad del caos de nuestra apresurada existencia, caigamos en la cuenta, vosotros y yo, que en la vida no hay mal camino, sino pésimos caminantes.

Un abrazo de bienvenida

Ojos de Lobo