"Cuento, 6ª parte
Resultó ser que aquella bella mujer de pelo negro, no era otra que la princesa Morgana. La mujer por la que empezó la guerra y por la que Montemar se convirtió en la ciudad maldita. Hoy se cuenta que aquella joven de quince primaveras se perdió en el bosque a lomos de su corcel blanco. Allí, en la espesura, fue atacada por una manada de lobos hambrientos que la hirieron de gravedad. Sir Héctor, el Valiente, llegó a tiempo para evitar que las bestias despedazaran el cuerpo. Se la llevó a su ciudad donde permaneció durante meses en un sueño profundo, según dicen, por las heridas en el alma. Sir Héctor cuidó de ella durante todo este tiempo y se condenó a sí mismo al no contar el verdadero paradero de la hija del rey. Si la gente se enteraba de que por sus bosques las alimañas campaban a sus anchas, haciéndolos inseguros, y más aún, que no había sido capaz de proteger a la princesa de estos peligros, todos sus privilegios, su nombre, sus hazañas, quedarían borradas para siempre.
Sin embargo, no predijo que la conciencia del hombre es tan frágil como un témpano de hielo al sol, y pronto se volvieron contra él por justamente el único error que no había cometido realmente.
La guerra se desató y la princesa despertó de su letargo después de que la niebla ocultase los muros de Montemar. Se sintió tan agradecida por sus cuidados que decidió quedarse allí, con el caballero que la había salvado, y ayudarle en sus últimos años.
Resultó ser que el hombre que me brindó el perdón, era aquel que la historia había olvidado, aquel que penetró en la ciudad y jamás se supo de su paradero. Aquel hombre había descubierto el ingenio, al igual que lo hizo su única hija estando junto a mí. Después, prendado de la princesa, se casó con ella. Decidió proteger el secreto. Pero su memoria no recordó que meses antes de partir hacia Montemar, le había hablado a su hija de quince años sobre sus intenciones. Aquella niña se convirtió en una mujer, hermosísima, de cabello rubio, y volvió a reunirse con su padre tras más de diez años de ausencia.
Y así fue todo.
Hoy día, Montemar sigue siendo una ciudad maldita, prohibida para los poco osados, pero cada mañana un rayo de luz traspasa la niebla y los llanos que la rodean se maravillan de su belleza. Siempre he pensado que algo tan extraordinario, tarde o temprano, paga un precio. La niebla no era el peor de los castigos, pero jamás se ha vuelto a ver a un ejército asolar los campos e intentar asediar la ciudad. Llamadlo miedo o prudencia, quién sabe.
Lo que los libros de historia no cuentan, y hoy, este anciano confesará pues su final ya le espera, es que jamás existió un hechicero, ni el Maligno ocupo los muros de Montemar.
Pude darme cuenta del ingenio, que tantas veces he nombrado ya, cuando abandoné la ciudad, en mi juventud, tras el perdón. La niebla se retiró durante unos segundos y lo vi. Toda la muralla estaba rodeada por un enorme foso, tan profundo que el ojo humano no podría ver su final. Sobre este foso, unas planchas de madera que lo cubrían. Ahí estaba el secreto. Cuando las grandes máquinas de asedio y los numerosos ejércitos se aproximaban, las planchas cedían por el peso y hacían que el foso quedara descubierto y que todo sucumbiera en su oscuridad. Por ello, el peso de un par de personas no era suficiente para activar el mecanismo y este muchacho pudo penetrar los muros de la ciudad maldita.
¿Sobre la niebla? La propia princesa me lo confesó, sabiendo que guardaría el secreto hasta mi muerte. El mismo ingenioso alquimista que pensó lo del foso, construyó una monstruosa máquina, artífice de la niebla maldita. Muy pocos sabían, entonces y ahora, que bajo Montemar transcurre un poderoso torrente de agua subterránea, más ancho y profundo que un río cualquiera. Aquella máquina era capaz, por medio de un mineral incandescente que llaman carbón, de calentar el agua y conseguir una gran cantidad de vapor. Ese vapor, esa niebla, era la respuesta al acertijo.
Como siempre digo, el ojo humano sólo ve lo que quiere ver, y era más monstruoso pensar en una niebla que se tragaba a toda alma viviente, a un ingenio de un hombre que sumió, voluntariamente, su ciudad en la maldición eterna únicamente por perpetuar su belleza, su esplendor, su vida.
He aquí la historia, tal y como la contaron los antiguos, tal y como la vivió este anciano que una vez fue muchacho, y tal y como la vivirán generaciones venideras que, ante todo, lucharán por sus ideales, por su vida, por el perdón.”
(...)

Me encanta esta historia tiene todo lo ke puedas buscar. Espero ke nunka dejes de escribir por ke lo aces muy bien
ResponderEliminarzoraida liañez