lunes, 12 de marzo de 2012

Carta VI El Perdón... (7ªparte)


Duro ascenso al Alto del Perdón. Sobran más palabras.
Os dejo con la continuación del cuento, con aquella extraña pareja que había traspasado las murallas de la ciudad maldita de Montemar.
¿Qué se esconderá detrás de la niebla?
Ojos de Lobo


"Cuento, 4ªparte
Comenzamos a ascender por una calleja que partía de la plaza y que, según me pareció, se dirigía a lo más profundo de la ciudad. Una vez superada la niebla de la entrada, Montemar se alzaba tan hermosa y misteriosa como nunca jamás había visto nada igual. Lo cierto es que no podía comprender como aquella montaña de bellezas arquitectónicas sin precedentes, fuera la morada del Maligno o que estuviera mortalmente maldita por un tenebroso hechicero. Según ascendías y echabas la vista atrás, te sentías dueño del mundo, observando la extensa llanura, las pobres aldeas más cercanas a aquel baluarte, incluso se observaba la ciudad de Cornall, con su imponente puerto fluvial y su gran mercado de mercancías extranjeras.
Tardamos unos minutos en llegar hasta otra plaza que daba paso a la segunda línea de murallas, mucho menos gruesas e imponentes.  Pero por el contrario, su virtuosismo a la hora de combinar los sillares, formando todo tipo de formas geométricas, volvió a regalarme una de las mejores vistas que hoy recuerdo.
Justo ahí, adosadas a los muretes, un par de casas de labranza donde trabajaban, al menos, quince mujeres. En su compañía, un par de diminutos cachorros de perro jugueteaban sin importarles nada ni nadie. El portón de la muralla permanecía abierto sin nada ni nadie que lo protegiese.
- No te precipites muchacho – dijo ella, adivinando mis intenciones – una muralla puede esconder más secretos de los que el ojo humano es capaz de ver a primera vista. Y esos cachorros… son como…

No le dejé terminar. Por una vez iba a ser yo el que diera el primer paso hacia la victoria, hacia lo que fuera que buscaba aquella joven, hacia lo que fuera que buscaba yo.
Me lancé a la carrera hacia mi objetivo. Las mujeres, que hasta entonces no habían reparado en nuestra presencia se giraron y me miraron con un gesto amenazador. “Sólo son mujeres”, pensé yo, y nada pudo detenerme. Nada hasta que esculle un aullido que me heló la sangre. Quedé paralizado y casi caigo de bruces contra la fría piedra. No hubo tiempo de mucho más, pues tras el aullido, unos gruñidos  se acercaban poco a poco a mí, por la espalda. Giré la cabeza a la par que eché a correr todo lo rápido que me fue posible, al contemplar que al menos una docena de lobos me seguía de cerca con el único propósito de descuartizar mi cuerpo.
Corrí. Como nunca antes lo había hecho. Sentía un tremendo dolor en mis piernas, no acostumbradas a tales esfuerzos, pero no podía parar pues a mi espalda las bestias se divertían con mi miedo. Tuve la fortuna, que a veces lo predispone todo para su disfrute personal, que di con una pequeña portezuela de madera insertada en la muralla interior. Esta no estaba abierta, pero con el primer tirón desesperado se abrió. A pesar de ello, no fui lo suficientemente rápido como para poder evitar el embiste de uno de los lobos, que me hirió en la pierna izquierda, tiñéndose de rojo por momentos.
Ella había desaparecido. Ahora estaba solo. Quizá mi impaciencia y mi poca cordura habían conseguido que la mujer a la que ya comenzaba a amar (¡¿qué estoy diciendo?!), hubiese sido devorada por los lobos. Ella misma me lo había intentado decir. Pero no le escuché. Nunca escucho.
Seguí adelante sin demasiado ánimo, con la esperanza de encontrar a alguien que acabase conmigo o de quedarme morando por Montemar eternamente, como la niebla.
En vez de eso, llegué hasta un palacio, hasta lo que parecía la morada de Sir Héctor, el gran castillo. Entré, no podía quedarme fuera sin completar mi viaje y personarme ante el gobernante de aquella ciudad maldita. Nada más entrar una sala, vacía, cuyas paredes estaban forradas con espejos. De nuevo otra maravilla, otro sueño de algún loco hecho realidad. Observando fijamente en uno de los espejos, una extraña figura comenzó a materializarse como por arte de magia. Era una mujer, de pelo negro como la noche y con una mirada penetrante que helaba la sangre. En su mano un maza de pequeñas dimensiones, que brillaba casi tanto como la cota de mallas que cubría su cuerpo, bajo el vestido oscuro. No sentí miedo. ¿Quién puede sentir miedo ante un reflejo, ante algo irreal?
Fue mi último error. La maza se descargó con todas sus fuerzas contra mi cabeza."

(...)

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