viernes, 23 de marzo de 2012

Carta VI El Perdón... (10ªparte)


Quizá el lector no entienda aún, a simple vista, esta imagen. Confío en que al final de estas líneas lo comprenda todo.
Ojos de Lobo



"Qué hermosas parecen las palabras cuando estas se nos presentan en un cuento, ¿verdad, querida mía?
Lejos de resultar un absurdo modo de ocupar líneas de esta carta, comprenderás como todo tiene su conexión. Como en la vida.
El monte del Perdón no fue sino como la ciudad maldita de mi cuento. Desde la llanura, parecía un gigante infranqueable, una montaña a la que ningún hombre había logrado subir y no resultar herido en el intento. Las historias le daban fama de ser un paso muy duro para el peregrino, y eran precisamente eso, las historias, lo que alimentaba el miedo del caminante. ¿La respuesta de éste? Atacar al gigante con todas sus fuerzas, cuando en realidad, esta táctica era un absoluto error. Pronto el peregrino se daba cuenta de que tanto esfuerzo podía con él y, como los ejércitos, sucumbía en la oscuridad del foso sin fondo, del cansancio y el dolor. A pesar de todo, al llegar a la cima, todo era hermoso, el mundo se abría ante ti con total magnificencia. Allí, en lo alto del monte del Perdón, un monumento recordaba a los peregrinos y dotaba a la escena de un ambiente mágico y de leyenda.
Sin embargo, a los incautos les quedaba aún superar el peor de los escollos, el que jamás habrían esperado. No tenían que huir de los lobos, ni defenderse ante una imagen reflejada en un espejo… pero les quedaba por afrontar la bajada a la llanura: un camino monstruosamente repleto de piedras del tamaño de un balón de fútbol. Enormes cantos rodados que hacían que se tropezara, se pisara mal… en fin, que el verdadero sufrimiento era el que menos se esperaba. Sólo quedaba una cosa, aprender la lección y suplicar perdón por las falsas confianzas. Eso hice, querida mía, pedir que la prepotencia y las historias no influyesen a partir de ahora en mi camino.

La vida no está exenta de estas lecciones magistrales sobre lo estúpidos que somos a veces. Sí, eso de creer en palabras con poco sentido que nos hablan de males inimaginables, cuando en realidad, con un poco de inteligencia, podríamos superarlos sin problema alguno. Cómo nos asustamos ante lo obvio, cuando el verdadero verdugo se esconde ante lo inesperado. El lobo con piel de cordero, mi niña, a eso es a lo que hay que tener miedo.
Sin embargo, la lección más importante que me dio el monte del Perdón y que, sin lugar a dudas, el muchacho confiado recibió aquel día, en Montemar, es que jamás se debe rendir uno antes las dificultades del terreno, de la vida. Que vivir no es nunca suficiente y que debemos luchar por ese tiempo que, mejor o peor, más o menos, la Fortuna nos brinda. Porque a decir verdad, querida Laura, para la muerte nunca se está preparado, pero sin embargo la muerte no es nuestra enemiga hasta que nosotros no la vemos como tal y nos abandonamos a sus juegos diabólicos de dolor y lágrimas.
No te abandones tú, no lo hagas nunca. Y cuando las fuerzas flaqueen, no temas, aquí tienes a alguien que, desde la oscuridad de su prisión de silencio, sólo respira por ti, para ti, para que recojas mi aire si te falta alguna vez. En lo bueno y en lo malo. En el llanto y en la risa. En lo fácil y lo difícil. Allí estaré yo, sea como sea, pienses lo que pienses y se oponga lo que se oponga. No te quepa duda de eso.

Así, con mi ayuda, sólo tendrás que preocuparte por contemplar la maravilla que se muestra ante ti, la impresionante fortaleza de Montemar, el día a día…

Porque sí, Laura. Porque es capaz de reunir la belleza del mar y los montes en un sólo soplo. Así era la sublime ciudad maldita. Así es la gloriosa vida.


Desde aquí y por siempre.
Salva"

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