Monumento en la cima del Alto del Perdón
Cuento, 5ª parte.
"Al despertar me encontraba tumbado, con el suelo de mármol de almohada y con un pie aprisionándome el cuello. Delante de mí, dos figuras más de las que sólo podía ver los pies. Un hombre de botas negras y una mujer.
Una voz femenina y totalmente desconocida para mí resonó en la sala.
- Tú, extranjero, que has llegado hasta aquí desafiando las leyes de los hombres, enfrentándote al mismísimo diablo y alcanzando al fin la morada del caballero de Montemar.... ahora te pregunto, ¿estás preparado para morir?
Justo en ese momento, una espada se posó sobre mi cuello, recorriéndome un escalofrío por el gélido metal contra mi piel. No sé si fue por valor o por ventura, pero de mis labios brotaron, como creadas por la mano divina, unas palabras que jamás he olvidado.
- Me preguntáis si estoy dispuesto a morir mientras vuestra espada amenaza mi cuello. ¿No creéis innecesaria la pregunta? Me habláis del caballero de Montemar, de desafiar leyes y vencer a demonios, y me hacéis protagonista involuntario de tales hazañas. ¿Y ahora me preguntáis si estoy preparado para morir? Os diré, que en mi vida había estado tan preparado para el final como ahora, aunque la Muerte nunca me habría hecho una pregunta tan inoportuna como la vuestra. ¿Quién está preparado para morir? ¿Acaso lo estáis vos? ¿Acaso ese caballero del que habláis lo estaría si la hoja de vuestra espada anunciara su final? No. Si voy a morir que sea por vuestra mano, y no por una respuesta a una pregunta que un ser viviente jamás podría contestar con certeza. Ahora, en este lugar, en este momento, siento que mis últimas horas han merecido la pena. Que he luchado por lo que anhelaba, aún sin saber lo que era exactamente. Que he huido del destino para fraguarme mi propio futuro. Que he encontrado una razón para no morir colgado de un viejo roble. Y esa razón es: que no hay nada más bello que vivir y sentirse vivo, y que no hay monstruo o espectro que pueda negarnos el derecho a exprimir nuestro tiempo al máximo. Porque siempre hay una batalla más que vencer, siempre hay una lágrima más que verter y una sonrisa que compartir.
Y ahora, si repitierais la pregunta que tan desafortunada me ha parecido, sólo podría contestaros una cosa: estoy preparado para que me arrebatéis la vida, pero no para morir.
- Que así sea – contestó la mujer.
- Tenéis el perdón – resonó una voz masculina, a la par que la presión de mi cuello y la frialdad de la espada, desaparecían.
Me levanté, consciente de que había vuelto a nacer. A mi lado, la mujer de pelo negro del espejo. Frente a mí, un robusto caballero de barba oscura y mi vieja compañera de aventuras: la muchacha rubia que hacía vibrar a un corazón salvaje.
(...)


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