No me ha sido fácil decidir qué contaba exactamente en este pasaje. Primero, porque este espacio tiene un fin superior al de contar mis penas y alegrías. Segundo, porque en realidad no sabía cómo plasmar aquí mi afortunado encuentro.
Tres cartas de Salva completadas. Un Camino que ya ha cumplido su primera jornada y que, a decir verdad, empieza a apasionarme más de lo que me gusta confesar. Un joven caminante en soledad, acompañado por un sinfín de almas que viven en cada piedra, cada árbol, cada paisaje, cada crucero... Y por encima de todo eso, un personaje con capa, pañuelo y que dice ser sordomudo.
En este punto me encontraba hace unos días, dudando seriamente sobre la veracidad de los acontecimientos que aparecían en el texto. ¿Quién puede creerse que un tío pueda ir así por el Camino y no aparecer en las Noticias o en todos los periódicos nacionales? Sin embargo, ni una mención, ni dato, ni fotografía... que recompensara las horas que he pasado investigando sobre aquel individuo que, hasta hace unas horas, consideraba producto de la imaginación creadora de una mente especial: la de Salva.
Pero he aquí que la vida te prepara sorpresas.
El timbrazo del telefonillo me hizo saltar de la silla. Qué hora era... ¿las once de la noche?. Alguien a estas horas... Sea como sea, acudí a ver quién quería gastarme una obra e iba a salir escaldado con dos o tres insultos de esos que dejan sin moral a cualquiera. Sin embargo, fue una voz femenina la que me dijo: "Hola, ¿puedo subir?"
No es que yo tenga normas especiales por las cuales no insulto a las mujeres que llegan de madrugada pidiéndome subir a mi casa, es que reconocí la voz casi de inmediato. Era la mujer del paquete, la extraña rubia de Ucero. Sí, la de la iglesia, la que se atrevió a decir que mi caligrafía dejaba mucho que desear.
Por supuesto que abrí. Y por supuesto que recorrí mi casa a una velocidad que nunca había alcanzado antes. Mirándome al espejo, recogiendo trastos, peinándome un poco, cambiándome la camiseta de estar por casa por algo más decente, de nuevo el espejo, ¡dios mío que desastre de cocina!, si es que no se me puede dejar solo...
¿Y todo para qué? Pues para que la joven llegara a mi puerta y se quedara allí, sin hacer siquiera el amago de entrar.
No es que yo tenga normas especiales por las cuales no insulto a las mujeres que llegan de madrugada pidiéndome subir a mi casa, es que reconocí la voz casi de inmediato. Era la mujer del paquete, la extraña rubia de Ucero. Sí, la de la iglesia, la que se atrevió a decir que mi caligrafía dejaba mucho que desear.
Por supuesto que abrí. Y por supuesto que recorrí mi casa a una velocidad que nunca había alcanzado antes. Mirándome al espejo, recogiendo trastos, peinándome un poco, cambiándome la camiseta de estar por casa por algo más decente, de nuevo el espejo, ¡dios mío que desastre de cocina!, si es que no se me puede dejar solo...
¿Y todo para qué? Pues para que la joven llegara a mi puerta y se quedara allí, sin hacer siquiera el amago de entrar.
- No te preocupes, no voy a entrar. Vengo a decirte que me parece un gran trabajo lo que estás haciendo con las cartas. No me equivoqué contigo. Sigo el blog con asiduidad. Espero que el nombre que escogí como título no te parezca muy cursi. Ya lo entenderás...
- Gracias, no es más que...
- Es más de lo que podía esperar de ti. Me alegro. Y siento haberte subestimado. De todas formas, mira qué hora es. Seguro que estás cansado. Con que me des tu móvil... yo me voy por donde he venido. Por cierto, me encanta tu camiseta, aunque tenga una pequeña mancha, justo ahí. Da igual, cosas que pasan. ¡Por cierto, esta caja tiene documentos que necesitarás a lo largo del relato! No te lo di en Ucero por si resultaba que no estabas a la altura. Sí, no me mires así. Son las hojas del sordomudo. No creías que fuera verdad, ¿no? Jejejeje. Pues aquí tienes. No te empaches. Respeta el tiempo que exigen.
- Gracias, no es más que...
- Es más de lo que podía esperar de ti. Me alegro. Y siento haberte subestimado. De todas formas, mira qué hora es. Seguro que estás cansado. Con que me des tu móvil... yo me voy por donde he venido. Por cierto, me encanta tu camiseta, aunque tenga una pequeña mancha, justo ahí. Da igual, cosas que pasan. ¡Por cierto, esta caja tiene documentos que necesitarás a lo largo del relato! No te lo di en Ucero por si resultaba que no estabas a la altura. Sí, no me mires así. Son las hojas del sordomudo. No creías que fuera verdad, ¿no? Jejejeje. Pues aquí tienes. No te empaches. Respeta el tiempo que exigen.
Después de esto, yo me pregunto: ¿por qué será que las mujeres que asaltan a jóvenes en las iglesias y que se plantan en la puerta de mi casa meses después, son mi punto débil, ¿será que me quedo sin habla con todas o es que estas tienen algo especial que hacen que me quede atontadísimo de la vida? Claro que le di el móvil. Y si hubiese querido el número de la seguridad social o el de mi tarjeta de crédito. ¡¿Qué tendrá esa mujer?!
Y me dejó allí, con los pies descalzos sobre el felpudo, la cara de imbécil y una nueva caja en la mano. Cuando sentí que se cerraba la puerta del portal acerté a pensar en alto: " A ver si la siguiente caja es de bombones." Sí, a veces soy así de lumbreras.
Lo peor vino después. Cuando me senté en el sofá y examiné el contenido del paquete. ¡Hojas de pergamino! Con suma delicadeza acerté a leer la primera, aún incumpliendo la norma. Me dejó pasmado. Más de lo que ya estaba. Fui rápidamente a las cartas de Salva y vi que, nada más empezar la cuarta, había un gran hueco a mitad de página que ponía :" Pergamino". Es decir, que aquellas enigmáticas hojas encajaban dentro del relato de Salva... ¡y de qué manera! En fin, no quiero adelantar acontecimientos.
¿Por qué dije antes que lo peor vino después? Pues sencillamente porque, al terminar de leer, aún con el perfume de aquella mujer rondando mi nariz, me di cuenta de que, zopenco de mí, no le había pedido el teléfono.
Ojos de Lobo

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