Me siento casi obligado a hacerlo después de haber compartido dos cartas con vosotros. No se me entienda mal: no es que no confíe en las personas que pueden entrar en esta parcela - que también - sino que no fue creada para hablar de mí. Sin embargo, poco a poco, y a la luz de algunas dudas que, de manera privada, me han planteado ya algunos lectores, creo que es el momento de contar (al menos hasta donde pueda) de dónde salen estas cartas.
Todo comenzó con un viaje improvisado. Yo y un amigo decidimos pasar un fin de semana lejos de Madrid. Nuestro destino es Ucero, pueblo soriano perdido del mundo en cuyo cobijo comienza el Cañón del río Lobos. Apenas un albergue con sábanas acartonadas y olor a naftalina. Suficiente.
Cargados con mochilas, nuestros siempre comentarios mordaces sobre el género femenino y nuestras ganas de respirar aire puro, comenzamos la ruta que nos descubre, en primer lugar, la ermita de origen misterioso y plagada de leyendas. No suelo creer en esas cosas. Así que no sentí absolutamente nada más que frescor cuando franqueamos la puerta metálica y accedimos al interior del templo. No había nadie. Todos disfrutaban, fuera, del calor inusual del mes de noviembre.
Un par de minutos llevaba sentado en el banco, escribiendo en la libreta bocetos poco elaborados de lo que nunca se podrán llamar poemas, cuando una chica joven se acercó a mí. Me miró, sonrió y volvió a fijar la vista en el altar de piedra. Generalmente estas cosas no me pasan. Nunca me pasan. Así que ni supe reaccionar, ni sé ahora qué fue exactamente lo que hice o dejé de hacer. Únicamente sé que yo no hablé primero.
"De Madrid, ¿verdad?", dijo ella. Ante mi gesto de embobamiento supremo (como si me viera), me aclaró que era fácil distinguirnos entre el resto de turistas. No indagué en qué era eso tan particular en nosotros, y seguí sintiéndome como un pez fuera del agua. Eso sí, respondí con la cabeza de forma afirmativa.
Lo que ocurrió después... raro, muy raro. Ya lo es que una mujer desconocida te aborde en una iglesia templaria con aires místicos, pero más aún si lo hace con una oferta o proposición o pacto o yo qué sé qué.
Todo comenzó con un viaje improvisado. Yo y un amigo decidimos pasar un fin de semana lejos de Madrid. Nuestro destino es Ucero, pueblo soriano perdido del mundo en cuyo cobijo comienza el Cañón del río Lobos. Apenas un albergue con sábanas acartonadas y olor a naftalina. Suficiente.
Cargados con mochilas, nuestros siempre comentarios mordaces sobre el género femenino y nuestras ganas de respirar aire puro, comenzamos la ruta que nos descubre, en primer lugar, la ermita de origen misterioso y plagada de leyendas. No suelo creer en esas cosas. Así que no sentí absolutamente nada más que frescor cuando franqueamos la puerta metálica y accedimos al interior del templo. No había nadie. Todos disfrutaban, fuera, del calor inusual del mes de noviembre.
Un par de minutos llevaba sentado en el banco, escribiendo en la libreta bocetos poco elaborados de lo que nunca se podrán llamar poemas, cuando una chica joven se acercó a mí. Me miró, sonrió y volvió a fijar la vista en el altar de piedra. Generalmente estas cosas no me pasan. Nunca me pasan. Así que ni supe reaccionar, ni sé ahora qué fue exactamente lo que hice o dejé de hacer. Únicamente sé que yo no hablé primero.
"De Madrid, ¿verdad?", dijo ella. Ante mi gesto de embobamiento supremo (como si me viera), me aclaró que era fácil distinguirnos entre el resto de turistas. No indagué en qué era eso tan particular en nosotros, y seguí sintiéndome como un pez fuera del agua. Eso sí, respondí con la cabeza de forma afirmativa.
Lo que ocurrió después... raro, muy raro. Ya lo es que una mujer desconocida te aborde en una iglesia templaria con aires místicos, pero más aún si lo hace con una oferta o proposición o pacto o yo qué sé qué.
"Vamos a hacer una cosa. Tú me das tu dirección postal y yo te mando un paquete con unas cartas. No mías. Sólo quiero que las descifres, las pases a máquina y me las entregues. Mejor, no las entregues. Publícalas en un blog de esos. Yo las leeré."
Anonadado. Es posible que me repitiera estas palabras una docena de veces. No lo sé. Porque no podía dejar de mirar sus labios y el tiempo se me hizo eterno. Cuando alcé la vista y vi que mi amigo me miraba con gesto incrédulo a la par que triunfal, me decidí a hablar. Dije, "¿me estás tomando el pelo?" Ya, lo sé, demasiado directo, pero mis neuronas no daban para mucho más (obsérvese que estaban ocupadas en reconocer las motas verdosas en sus ojos marrones).
"No, no. Para nada", dijo ella, "si no te fías de mí, lo entenderé".
"No, no. Para nada", dijo ella, "si no te fías de mí, lo entenderé".
¿Fiarme? Y qué más da si me fío o no. Me estás pidiendo un dato personal e íntimo en la segunda frase que compartimos. Eso es... ¡increíble! Evidentemente, esto no se lo dije. Y pasé a apuntarle mi dirección todo lo bien que pude, poniendo especial cuidado en hacer una letra de galante escritor de novela de misterio.
"¿Por qué yo?", le pregunté mientras ella se metía el papelito en el bolsillo del pantalón. "Te he visto escribir. Y quien escribe en una iglesia es porque tiene un... "algo" especial para escribir. El título de lo que escribías está en francés, por lo que supongo que algo manejas en ese idioma (aparte del inglés, que lo manejamos todos medianamente) y eso es un punto a tu favor. Además, tu letra es desastrosamente complicada así que doy por hecho que las caligrafías enrevesadas no se te resisten tanto como a otros. Eres de Madrid, por lo que tienes relación con el autor de las cartas. Y por último...me pareces un buen tío".
"¿Por qué yo?", le pregunté mientras ella se metía el papelito en el bolsillo del pantalón. "Te he visto escribir. Y quien escribe en una iglesia es porque tiene un... "algo" especial para escribir. El título de lo que escribías está en francés, por lo que supongo que algo manejas en ese idioma (aparte del inglés, que lo manejamos todos medianamente) y eso es un punto a tu favor. Además, tu letra es desastrosamente complicada así que doy por hecho que las caligrafías enrevesadas no se te resisten tanto como a otros. Eres de Madrid, por lo que tienes relación con el autor de las cartas. Y por último...me pareces un buen tío".
"Ya. Eso me dicen todas", estuve a punto de decir. Aunque evidentemente sólo era referido a la última de las razones. Pero ni lo dije, ni me dio tiempo a decir nada más: se levantó y se fue. Así, como si nada. Mi amigo y yo nos miramos... y decidimos pensar que todo era una broma (en realidad, no hablamos de otra cosa en toda la tarde, pero no está bien decirlo por aquí).
No volví a saber nada de la mujer, ni de cartas, ni de nada... hasta hace un mes: Recibí en mi casa un paquete. Además de las instrucciones para la publicación de las mismas, media docena de cuadernos ajados y sin muelles.
A partir de ahí... bueno... eso es otra historia.
Ojos de Lobo
A partir de ahí... bueno... eso es otra historia.
Ojos de Lobo

Ay, que buenooo! Me ha encantado! No he parado de sonreir mientras lo leía :D Continuaaaa!
ResponderEliminarP.D. Antes me hablaste y no respondi, estaba viendo la tele!
Besotessss!!!