"Perdóname, de verdad, si me he extendido demasiado en preámbulos y banalidades. Es de sabios colocar al lector en el punto de partida del que escribe, y sólo conociendo lo que por mi mente surcaba en aquella mañana, comprenderás el resto del viaje. Considéralo pues, mi niña, como un prólogo algo desastroso pero realmente brillante.
Además, durante esta madrugada de preparación, a escasos minutos de empezar a andar, conocí a aquel que se convertiría, pasando el tiempo, en mi compañero de viaje.
Ya no quedaba casi gente en el frío albergue. No me levanté de los últimos pero me lo tomé con excesiva tranquilidad. No tenía ninguna prisa, eso es cierto. El principio del fin es, como poco, lo más paradójico de cualquier viaje con meta señalada. Espero que cuando llegue mi fin, además de poder contar con ese manantial de luz que es tu mirada, éste sea repentino y sin haber sido consciente de que tuvo un principio. Aunque de esto ya hablaré más adelante, quizá. Ahora es preciso hablar de él.
No le había visto la noche anterior, no le había visto jamás, ni siquiera cuando, recién levantado, eche un vistazo general para observar a mis futuros compañeros de camino. Y su estética era, cuanto menos, rara.
Vestía con unas botas negras, parecían altas por lo que me dejaba distinguir su pantalón. Si no supiera que era casi imposible, hubiese jurado que se trataba de ese calzado que se utilizaba en tiempos pasados para montar a caballo. Sea como fuere, estaban limpias como una patena, aunque sin brillo. Su pantalón, del mismo color que la bota e igualmente pulcro y limpio, parecía de lana, aunque por las formas ajustadas y bien diseñadas, he de decir que no había visto una prenda semejante nunca. Lo único que rompía su monotonía negra, eran unas protecciones de color pardo que estaban cosidas a la altura de las rodillas. Aún no lo sabía, pero tenían una utilidad, que no creo que imagines, querida mía.
Estaba observando como se ponía un extraño chaleco de cuero sobre una camisa ancha de color hueso, con corderajes en puños y cuello. Sobre el chaleco negro, una vez bien abrochado, que protegiera casi hasta su barbilla, se puso una prenda difícil de calificar. Parecía una chaqueta, aunque era bastante larga, casi hasta la mitad del muslo. Era de piel, curtida, pero no parecía cuero sino mucho más tosca. Cualquiera que lo hubiese contemplado en medio del bosque, hubiera huido de lo que parecía un robusto cazador abrigado con una piel de oso. Y si además hubieran visto como se enfundaba en una enorme capa de lana negra, tan pesada como una docena de abrigos y tan larga que arrastraba por el suelo, hubiesen pensado que estaban contemplando a un personaje salido de un cuento de hadas. Sin embargo ahí estaba. Terminando de hacer su considerable atillo y protegiéndose de las miradas curiosas, quizá sólo la mía, con un pañuelo azul que le cubría el rostro hasta casi los ojos.
En cuanto le vi caminar hacia la salida del albergue y su mirada se paró de soslayo sobre la mía, supe que seríamos compañeros de más de una aventura durante nuestro peregrinar.
Ya te contaré más sobre este personaje, Laura, ahora basta con que sepas esto y que, desde luego, no consiga aburrirte para que continúes leyendo este apasionado relato que, no te quepa duda, vivirá y morirá bajo tus ojos, bajo ese manantial de luz que es tu mirada.
Desde aquí y por siempre.
Salva. "
Además, durante esta madrugada de preparación, a escasos minutos de empezar a andar, conocí a aquel que se convertiría, pasando el tiempo, en mi compañero de viaje.
Ya no quedaba casi gente en el frío albergue. No me levanté de los últimos pero me lo tomé con excesiva tranquilidad. No tenía ninguna prisa, eso es cierto. El principio del fin es, como poco, lo más paradójico de cualquier viaje con meta señalada. Espero que cuando llegue mi fin, además de poder contar con ese manantial de luz que es tu mirada, éste sea repentino y sin haber sido consciente de que tuvo un principio. Aunque de esto ya hablaré más adelante, quizá. Ahora es preciso hablar de él.
No le había visto la noche anterior, no le había visto jamás, ni siquiera cuando, recién levantado, eche un vistazo general para observar a mis futuros compañeros de camino. Y su estética era, cuanto menos, rara.
Vestía con unas botas negras, parecían altas por lo que me dejaba distinguir su pantalón. Si no supiera que era casi imposible, hubiese jurado que se trataba de ese calzado que se utilizaba en tiempos pasados para montar a caballo. Sea como fuere, estaban limpias como una patena, aunque sin brillo. Su pantalón, del mismo color que la bota e igualmente pulcro y limpio, parecía de lana, aunque por las formas ajustadas y bien diseñadas, he de decir que no había visto una prenda semejante nunca. Lo único que rompía su monotonía negra, eran unas protecciones de color pardo que estaban cosidas a la altura de las rodillas. Aún no lo sabía, pero tenían una utilidad, que no creo que imagines, querida mía.
Estaba observando como se ponía un extraño chaleco de cuero sobre una camisa ancha de color hueso, con corderajes en puños y cuello. Sobre el chaleco negro, una vez bien abrochado, que protegiera casi hasta su barbilla, se puso una prenda difícil de calificar. Parecía una chaqueta, aunque era bastante larga, casi hasta la mitad del muslo. Era de piel, curtida, pero no parecía cuero sino mucho más tosca. Cualquiera que lo hubiese contemplado en medio del bosque, hubiera huido de lo que parecía un robusto cazador abrigado con una piel de oso. Y si además hubieran visto como se enfundaba en una enorme capa de lana negra, tan pesada como una docena de abrigos y tan larga que arrastraba por el suelo, hubiesen pensado que estaban contemplando a un personaje salido de un cuento de hadas. Sin embargo ahí estaba. Terminando de hacer su considerable atillo y protegiéndose de las miradas curiosas, quizá sólo la mía, con un pañuelo azul que le cubría el rostro hasta casi los ojos.
En cuanto le vi caminar hacia la salida del albergue y su mirada se paró de soslayo sobre la mía, supe que seríamos compañeros de más de una aventura durante nuestro peregrinar.
Ya te contaré más sobre este personaje, Laura, ahora basta con que sepas esto y que, desde luego, no consiga aburrirte para que continúes leyendo este apasionado relato que, no te quepa duda, vivirá y morirá bajo tus ojos, bajo ese manantial de luz que es tu mirada.
Desde aquí y por siempre.
Salva. "

No hay comentarios:
Publicar un comentario