lunes, 30 de agosto de 2010

Carta V Buen Camino... (4ªparte)

He aquí las enormes murallas de Pamplona. ¿Quién podría pasar a su lado y no quedar impresionado? Realmente inexpugnables. Realmente guardianas de una promesa de alivio.
Un buen ejemplo de los prodigios que puede hacer el hombre... ojalá que todas fuesen así todas: auténticas maravillas.

Ojos de Lobo



"Hasta ahora, y gracias a la Fortuna, sólo me he entretenido en contarte, de la mejor forma que soy capaz, los prodigios y maravillas que el Camino me estaba ofreciendo en bandeja de plata. La Fortuna, esa dama de ojos tristes y corazón salvaje que muda como la marea. Una vez hizo que te conociera, lo que le estaré eternamente agradecido, y esta vez sus designios iban a estropear la perfección de este viaje.
Aunque, bien mirado, en la imperfección está la verdadera maravilla, aunque el dolor sea el precio a pagar por ella. Y fue eso precisamente lo que tuve que sentir.

Empezó como un leve malestar, por lo que lo consideré tan normal como un fresco amanecer. Pero el dolor fue creciendo poco a poco y mi pie izquierdo se resentía cada vez más. Llegó el punto, justo cuando las ciclópeas murallas me cerraron el paso y enmudecieron mis leves quejas, en que empecé a cojear. Estaba perdiendo parte de esa energía que te prometí que iba a conservar durante todo el Camino, por ti y por mí.
Lo que me asusta no es que sienta una punzada de dolor cada vez que apoyo el pie, sino que puede ser sólo el principio de algo más serio. De una de esas lesiones tan frecuentes en los peregrinos y de las que había leído en mi guía.
No es comparable, lo sé, pero estoy seguro de que cuando comenzó tu pesadilla no estabas asustada por el hoy, sino por el mañana. Sólo estabas viendo la sombra del lobo que pronto te invitaría a entrar en sus fauces. Fue eso, el acordarme de ti, querida mía, aunque fuera para rememorar tu dolor, lo que me alzó de ese hoyo en el que estaba empezando a caer.

Hoy estoy seguro de que, mientras escribo estas líneas, encerrado entre cuatro paredes, mi niña de ojos profundos no batalla contra un futuro, sino contra un presente. Vive el momento y no lo que pueda ser. Porque cómo bien escuché un día, querida mía, no hay preocupación sino ocupación. Permíteme que yo me ocupe en quererte, aunque sólo sea con vanas palabras que el tiempo se encargará de borrar, si no lo haces tú antes."
(...)

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