viernes, 17 de diciembre de 2010

Los peligros del café caliente

- Sabes que me dejaste plantada.

- Lo sé, intenté que...

- Y que además no estoy acostumbrada a que los hombres me dejen plantada con tanto descaro - sonrió.

Creo que también sonreí. No estoy seguro. Ahora bien, cuando sentí que su tono de voz pasaba de "estás muerto, chaval" a un cálido "es broma, no pasa nada", todos los músculos de mi cuerpo se relajaron de tal manera que mis manos dejaron resbalarse la taza de café, provocando una situación la mar de comprometida. Yo, como buen caballero que soy, intenté disimular, claro.

- Acabas de tirarte medio café encima, lo sabes, ¿no?

- ¿Cómo? Sí, no te preocupes. Es este frío. Que me deja las manos heladas y... ya sabes....

- Ya sé, sí - fue en ese momento en el que me di cuenta lo mucho que me gustaban sus ojos. No los ojos en sí, sino la forma magistral en que aquella mujer los utilizaba para transmitir cualquier cosa que se propusiera -. Dime, ese viaje tuyo... ¿ha sido fructífero? ¿Encontraste lo que buscabas?

- Sinceramente... creo que no. No he encontrado lo que buscaba. Aún. Pero sí que he encontrado el camino por el que debo seguir para dar con ello. Todo a su tiempo. Además, no ha sido fácil.

- Quiero que sepas que siento lo de tus abuelos y que imagino que nada puede hacerse para que ese dolor no permanezca en ti durante un tiempo. Espero que no pienses que soy una egoísta desconsiderada por lo que voy a decirte pero... ¿estás seguro de poder seguir con el blog? Para hacer algo a medias o mal, por el motivo que sea, prefiero parar esto aquí y ahora.

Y ahora os preguntaréis, ¿qué pensaste cuando ese tono, esas palabras, esa característica mirada, se clavaron en ti como mil puñales ardiendo al dudar de tu capacidad para llevar este proyecto a buen puerto? Diréis, ¿cómo reaccionaste ante la mínima confianza de una persona que meses atrás había confiado en ti con los ojos cerrados?, ¿qué sentiste al verse tu orgullo tocado por una persona que ni siquiera había tenido la decencia de decirte su nombre y se permitía el lujo de disponer de tu tiempo y trabajo como bien le parecía? Pues la respuesta es esta: yo todavía no me lo creo.

- Mira, chica - comencé, calmado -, me parece bien que me asaltes en iglesias y me hagas sentir especial porque una mujer más o menos hermosa se acerca a mí sin llevar diez copas encima; me parece bien que me pidas cosas absurdas a primera vista y yo, como un tonto, acepte sólo por la forma que tienes de mirarme; no digo nada del trabajo, arduo trabajo, que supone traducir las cartas que me diste y que, por otro lado, me encantan; me da igual que te presentes en mi casa a las tantas, sin avisar, para decirme no sé qué cosas; incluso puedo tolerar que, por hablar contigo por teléfono, haya quemado media cocina; pero hay algo que no voy a consentir. Y es que alguien que ni siquiera ha tenido el valor o la decencia de decirme su nombre, y que no me conoce en absoluto, dude de mí a la hora de hacer un buen trabajo en algo que yo mismo he aceptado y me he comprometido. No seré tan artista como Salva o Nerón, de acuerdo, pero lo que hago bien... lo hago bien. Y si digo que "he vuelto" y que voy a continuar, es que lo voy a hacer. Y no estoy aquí para tirar la toalla, estoy aquí para decirte que todo marcha bien y que sigo adelante. Así que... si no te parece mal, empieza a confiar en mí, querida.

¡Y cómo sonó ese "querida"! Yo pensé, nada más decirlo, que iba a venir acompañado de una sonora bofetada, al estilo película. Pero no fue así. Ella siguió mirando su taza de té, yo apreté la mandíbula (no para parecer más fiero, sino porque si no lo hacía, corría el riesgo de soltar toda una retahíla de disculpas). Pasaron un par de siglos, una Guerra Mundial y unas vacaciones de verano... y entonces... ella sonrió. Se levantó de la silla, dejó una moneda de 2 euros sobre la mesa y, ni corta ni perezosa, me dio un beso en la mejilla.

- Alba. Encantada de nuevo, Ojos de Lobo. Veo que sigues en plena forma. Me alegro. Te llamaré. ¡Cuídate mucho!

Y se fue. Sí, quedó comprobado que quedarse quieto como un pasmarote no ayuda a que una mujer se quede cuando está dispuesta a irse. Ni aunque pueda ser una táctica de psicología inversa. Así que... ¿qué iba a hacer yo allí? ¿quedarme? Pues sí, eso hice. Más que nada porque no me gusta salir detrás de las damas que te abandonan en cafeterías, pero sobre todo porque mis pantalones aún estaban chorreando de ese café demasiado caliente.

Ojos de Lobo







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