lunes, 24 de enero de 2011

Carta VI El Perdón... (6ªparte)

¿La extensa y extraña llanura a los pies de Montemar, quizá?

Cuento 3ªparte


"A la mañana siguiente partimos, los dos juntos, la dama y el muchacho, junto a un gran número de seguidores que habían concluido acompañar a la mujer según les ataba un juramento. No eran soldados y aún así portaban espadas, no eran caballero pero montaban en briosos corceles, quizá no eran grandes hombres de honorables familias... pero eran valientes. No eran héroes sino peregrinos en pos de llegar a la ciudad encantada de Montemar, a sus proximidades, y expulsar sobre la niebla maligna todos sus pecados, para que desaparecieran en ella.

Un total de 300 hombres caminamos durante días por bosques y praderas, bajo el ardiente sol y la compasiva luna, hasta que llegamos a las yermas llanuras que antecedían al monte maldito. Los numerosos ejércitos y las pesadas máquinas de asedio habían hecho que la escasa hierba no volviese a crecer jamás, lo que, junto a la visión de la ciudad cubierta por un manto oscuro, lograba espantar a cualquiera.

Cuando nos separaban tan sólo unos centenares de metros, los peregrinos, al grito de “¡Por la princesa y contra el Maligno!”, se lanzaron a la carga para intentar atravesar las enormes puertas de Montemar que, como el endiablado hechicero había dispuesto, siempre permanecían abiertas.

Uno a uno, desaparecieron. Nada quedó de ellos más que el eco de sus voces, de sus desgarrados gritos al chocar contra el muro de niebla. La mujer sólo sonrió, a la par que una lágrima surcaba su mejilla.

- Alabados seáis y recordados durante años. Vuestra muerte ha dado éxito a mi propósito.



Sin entender nada, pero cautivado por sus palabras, por su belleza, por su valentía, la seguí mientras cabalgábamos hacia nuestro fin. En aquel momento creí que iba a morir. Era el final, pero aquel final sí que había sido especial porque, por alguna extraña razón, sentí como si aquella muerte fuese a ser narrada en cuentos e historias muchos años después de que yo dejara de existir. El sentido de la vida que aquella mujer me había regalado era el mejor presente posible. Por ella, por mí, por la lucha ante las adversidades de la vida, me lancé a las llamas del Infierno, trasfiguradas en una niebla que helaba la sangre.

Justo al empezar a penetrar en la espesa capa de niebla, la mujer desmontó y me obligó a hacerlo.

- Ahora verás que no todo es tan terrible como parece.

Me cogió de la mano y entrecerré los ojos para no ver el rostro de la muerte, con su sonrisa sardónica. No sé si fueron segundos o minutos, pero cuando los volví a abrir por completo estaba allí, en Montemar, en medio del gran patio que se apostaba justo después de la puerta maldita, de aquella barrera que ningún ser humano había logrado cruzar y vivir para contarlo.

Me quedé durante unos segundos sin habla, mirándola a ella, y observando como una sonrisa de satisfacción se iba poco a poco dibujando en su rostro.

- ¡Lo hemos conseguido! La niebla no nos ha tragado. ¡Estamos vivos! Gracias al cielo…

- No muchacho, no te equivoques, el cielo no tiene nada que ver con esto. El ingenio. De todo es capaz el ingenio. Un hombre ya lo consiguió una vez… y sólo por puro ingenio.

- ¿Dónde está ahora ese hombre, mi señora?

- Vamos. Debes acostumbrarte a hacer menos preguntas. "

(...)


1 comentario:

  1. Por favor, continua con esta historia que tan familiar se me hace pero mi memoria no me deja seguirla.
    Y vuelve que se te echa de menos.
    Un besazo!

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