Aún dormidos, esquivando la mirada del Perdón, un ejército de dorados y eternos peregrinos, dan la bienvenida al caminante.
Cuento 1ªparte
“Hace siglos, en un reino hoy olvidado, la horrorosa plaga de la guerra se extendían por sus campos y ciudades, dejando tantas viudas y huérfanos a su paso que parecía que la Muerte se había construido un nido de destrucción en aquellas tierras. Las causas del conflicto se habían olvidado por completo, y aún así padres e hijos continuaban luchando día y noche.
Algunos dicen que Sir Héctor apareció el día en que un eclipse ocultó la luz del reino y que él fue el resplandor que el Sol osó no velar. Sea como fuere, aquel caballero se hizo pronto con un grupo de fieles que le siguieron en las numerosas hazañas que iba atesorando, siempre al margen de la guerra pero con tal valor que pronto un ejercito entero se rindió a su paso y le ofreció servicio y protección durante el resto de sus vidas. Con un número de almas que ascendía hasta las cinco mil, Sir Héctor se propuso pacificar el reino y acabar con los movimientos que desestabilizaron la paz años atrás.
No hubo rey, noble o plebeyo que no temblara o se inclinara ante su espada. Su maestría con las armas sólo era superada por su buen hacer en la política, en los negocios y la justicia, su mejor compañera. Así fueron trascurriendo los años y las cruentas batallas que Sir Héctor libró aún hoy se recuerdan en los libros de historia. Sin embargo, y a pesar de las muertes, en diez años se consiguió lo que en cincuenta no se había ni siquiera soñado: la paz. El grandioso héroe firmó tratados con los demás reinos, basados en la tolerancia y en el diálogo, y el bienestar regresó a los corazones. En agradecimiento a su hazaña, el rey, que siempre había admirado al joven guerrero, mandó construir para él una ciudad grandiosa en la cima de un monte, donde sólo quedaban las ruinas de un templo. Todo hombre, mujer o niño capaz de aportar su granito de arena participó en el nacimiento de aquella maravilla, que tardó 25 años en quedar completa. Nadie había visto, ni creo que se vea jamás, un portento tan espectacular como aquella ciudad, que desde ese día pasó a llamarse Montemar, pues reunía dentro y fuera de sus muros la belleza de los montes y el mar.
El rey y Sir Héctor, se prometieron vasallaje y todo estuvo bien.
Todo hasta que, trascurridos unos años, el rey en su lecho de muerte y Sir Héctor a las puertas de sus sesenta primaveras, acaeció la desgracia. La princesa Morgana, la única hija del rey, la futura reina, desapareció una mañana de invierno. La búsqueda fue infructuosa y concluyó cuando hallaron su corcel blanco atado a un roble. Su pelaje estaba manchado de sangre y sobre su lomo, la capa de Morgana hecha jirones. El rey y poco a poco el reino, concluyó que había sido un secuestro planeado desde la mismísima Montemar y que obedecía a la necesidad de Sir Héctor de perpetuar su linaje. ¡Qué espíritu maligno había poseído al héroe de tiempos pasados! ¡Tan hermosa era la princesa que su belleza había conseguido corromper al corazón más puro que hasta entonces habitó el reino!
La respuesta del rey ante las negativas de Héctor a recibirle, se hizo esperar un par de meses. Con todo el dolor de su alma pero con unas ansias de venganza que jamás deberían fraguarse en pecho humano, reunió a su ejército y se dispuso a tomar la ciudad. Él mismo en cabeza, dirigió la expedición, mas la mala fortuna quiso que su delicada salud se resintiera y a pocos días de alcanzar Montemar, el rey muriera profiriendo juramentos y amenazas al mismísimo Maligno. El ejército se retiró ante el fallecimiento de su líder y volvieron a casa.
A pesar de ello, Sir Héctor sabía que un gran ejército había estado a punto de asediar su ciudad. Y también comprendía que, tras la muerte de su viejo amigo, años tras año Montemar estaría en peligro, pues la venganza ha sido siempre un monstruo demasiado amigo del hombre. Fue por eso que decidió pedir a los dioses que protegieran lo único que le quedaba, su ciudad. En esta parte del relato, la leyenda se hace protagonista, pues muchos dicen que en ese momento un poderoso mago moraba por palacio y escuchó las súplicas de Sir Héctor. A condición de darle un sitió en su corte, el hechicero le prometió proteger su ciudad como jamás una muralla había conseguido. El pacto se selló aquella misma noche y el mago profirió su sortilegio. Montemar quedó cubierta por una espesa niebla mágica que ocultó la ciudad al ojo humano casi por completo. El hechicero le juró al rey que jamás un ejercito tomaría su ciudad pues la niebla le protegería durante siglos. Sin embargo, sus puertas siempre deberían de permanecer abiertas, para que los espíritus que moran en la niebla pudiesen entrar y salir a sus anchas.
Y así fue. A lo largo de todos estos años, casi ya quince desde que la princesa desapareciera, decenas de ejércitos con miles de hombres se han acercado a Montemar y todos han sucumbido bajo la niebla, desapareciendo sin dejar rastro. El miedo se ha ido apoderando de la gente, de los soldados, y lo que en otro tiempo fue una ciudad grandiosa, hoy se ha convertido en una fortaleza maldita y prohibida para todo aquel que valore su alma."
(...)


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