miércoles, 5 de enero de 2011

Carta VI El Perdón... (2ªparte)


No, eso que se ve allá arriba no es el sol, es la luna. La noche aún encima de Cizur, con el Monte del Perdón al fondo y un par de caminantes que se preparan para su ascensión. Recuerdo perfectamente esa foto. Y por encima de todo recuerdo que allí, aún de madrugada, me di cuenta de que, en ocasiones, la noche es la mejor aliada para verlo todo mucho más claro.

Ojos de Lobo


"De ahí a la noche. De nuevo una litera sin manta y algo dura pero que sirvió a las mil maravillas a mi propósito de descansar. Cuando uno se levanta a las cinco de la madrugada el día pasa de forma diferente, sin duda. Hubiera sido un pecado no aprovechar la cocina y el pan que nos había sobrado del día anterior, para preparar unas requemadas tostadas que me supieron a gloria. Fue Carlos el que se encargó de hacerlas, con su típico estilo, con esa extraña energía que siempre tiene cuando se pone a cocinar. Es un caso, querida mía. Un caso aparte. El olor del café fue lo que ya me hizo pensar que nada podía ser mejor aquella mañana. Era uno de esos días en los que te levantas y parece que todo está en su lugar, que todas las señales de la vida parecen sonreírte.

Y así, junto a Uli, que aquella noche había dormido a la intemperie con su pequeño techo desmontable, comenzamos a caminar por aquel pueblo de Cizur que aún no se había desperezado. Sólo se veía algún peregrino en la lejanía y eso, junto a la tenue niebla que nos daba los buenos días, le daba a la estampa un aspecto fantasmagórico, sólo iluminado por las pocas farolas y la siempre presente luna.

Aún no había amanecido y nosotros, la Compañía del Camino, que ahora tenía un miembro más, dirigíamos nuestros pasos hacia la primera gran prueba física de este Camino: El Alto del Perdón. Se podía observar en la lejanía, adornado por una decena de molinos eólicos que parecían darnos la bienvenida. Ahora sí, me di cuenta de que el paisaje había cambiado totalmente:

Me encontraba en una llanura amarillenta, repleta de campos de cultivo de cereal que poco podían recordar a las frondosas espesuras de los Pirineos. Un camino de tierra que desprendía polvo a nuestro paso, serpenteaba por la planicie que nos preparaba para la ascensión. En realidad, no parecía un monte demasiado complicado, pero las apariencias siempre engañan y cada una de las guías de peregrino que había consultado, se jactaban de la dureza del aquella subida. Así que aquella llanura era una bendición si de verdad nos esperaba un calvario. Siempre con los molinos de frente, desafiantes, y con un cielo que poco a poco tomaba tintes celestes gracias al sol, que ya empezaba a asomarse por el parduzco horizonte.

Sólo dos colores hacían que aquella primera hora de camino no fuera desesperadamente monótona. Las masas verdes que habían sido colocadas sobre el trigo como a pinceladas. Las torpes y encantadoras pinceladas de un niño. Y en segundo lugar un amarillo mágico, que casi hacia daño a la vista de lo hermoso que podía ser al impactar en él los primeros rayos de luz, un amarillo como sólo los girasoles pueden regalarnos. Nunca hasta que te conocía me había topado tan de cerca con esta flor, pero hoy puedo decir que es una de mis preferidas, aunque no vaya a volver a verla nunca. Sin embargo, y ante todo pensamiento racional, ¿qué mejor motivo para seguir luchando que la inmensidad de color de una flor? Una flor que marchita durante la noche, que se ve vencida por la oscuridad, pero que a la mañana siguiente vuelve a levantar su rostro y recuperar la energía que le falta del sol, de ese amigo que sabe nunca le dejará marchitarse eternamente en la inmensidad de la noche.

Nunca me he visto como un sol, pero quizá mi misión sea serlo.

¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas aquella foto en la que tu rostro queda enmarcado entre un campo de girasoles? Yo no puedo olvidarla… ni quiero. Quizá sea porque sé que, igual que tú, querida mía, mi pasado, presente y futuro estuvieron, están y estarán unidos a ella."

(...)

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