sábado, 4 de septiembre de 2010

Carta V Buen Camino... (5ªparte)

"De vuelta a Pamplona, pero esta vez de forma especial: como Peregrino y junto a mi compañero de aventuras Sam (cómo me gustaba por aquel entonces la comparación con el hobbit de la gran aventura de Tolkien).
Yo no llevaba colgando un anillo al cuello, pero sí que te llevaba a ti en mi mente, una carga mucho más liviana y a la par tan especial como aquella.

Pues bien, Pamplona estaba en fiestas. Ya lo vi la primera vez que llegué y parece que nada había cambiado, que el tiempo se había congelado y volvía a andar, ahora que yo le retaba a seguir caminando. La impresión ha sido, por ello, casi la misma. Me ha vuelto a sorprender la indumentaria: te puedo decir que de cada diez personas que caminaban por la calle, siete de ellas vestían pantalón blanco, camisa a juego y pañuelo rojo al cuello. Me arrancó una sonrisa el ver a un cartero montado en su moto de reparto, tan amarilla como los rayos del sol, vestido de blanco con pañuelo rojo y faja del mismo color. Un auténtico San Fermín.
Es lo que antes te decía de implicarse, de apasionarse con algo.

Además de esto, de las tres personas que no iban de pamplonicas, dos de ellas iban vestidas al más puro estilo de los años 80: punk, heavy o incluso alguna campana se colaba en aquellos pantalones de flores. Un desfase total, tanto temporal como festivo. Te apuesto la cabeza, y no la pierdo, a que la mayoría ni había dormido o se acababa de levantar a las 2 de la tarde. Pero eso sí, todos con sus litros en la mano como fieles compañeros. Y yo con un simple bordón… ¡qué ironías!

Inconvenientes: olores nauseabundos en las calles, abarrotamiento allá por donde pasas, ruidos, borracheras que se completan expulsando el banquete de la primera comunión, los sonidos aberrantes de las ferias y los jovenzuelos que durante esos días se creen que han crecido, cuando en realidad hacen las niñerías más absurdas de todo el año.

En fin, que después me acusarán a mí de falta de cordura, pero aquello parecía sacado del Jardín de las Delicias de El Bosco: miles y miles de detalles y figuras que en conjunto son una maravilla pero que en realidad son una completa locura. Lo mires por donde lo mires.

Después del breve paseo y de visitar la catedral, muy bonita pero nada del otro mundo a mi entender, tocaba el aprovisionamiento. Esta vez para dos, para la Compañía del Camino, y esta vez no en una tiendecilla de aldea donde todo parece estar carísimo, sino en el mismísimo Corte Inglés, donde no hay nada que parezca carísimo, directamente lo es.

Bendita globalización. Nunca hubiera imaginado que podría estar agradecido a no se qué personaje que se lo ocurrió poner un Corte Inglés en medio de esa marabunta de gente que transita por Pamplona. Esta vez, tenía la seguridad de que todo lo que quisiera lo iba a encontrar: leche fresca, carne para hacer en el camping gas, aceite, fruta del día… pequeñas cosas que sólo si se tienen pasan desapercibidas en el día a día. Además de esta comodidad, que nunca viene mal a un peregrino novato, he sentido la sensación extraña de sentirme como en casa. Nada tiene que ver con que considere agradables los abarrotados pasillos o las sonrientes cajeras que nunca suelen acertar a la primera con el cambio. No. Lo digo porque durante años yo viví justo al lado de un Corte Inglés, allí, el lugar que por un momento eché en falta y que ahora más que nunca añoro con nostalgia insana. Una jugarreta del destino que quería burlarse de mí y que ahora no hace sino acrecentar el escozor de la llaga que se abrió en mi pecho hace meses, quizá años… no lo recuerdo.

Ese sentimiento de cotidianeidad ha sucumbido bajo una avalancha de contradicciones nada más verme reflejado en el escaparate de aquella gran superficie del consumo. Era la primera vez que me veía a mí mismo como Peregrino, así que sobra hablarte de la ilusión, la alegría, la extrañeza y de cientos de sentimientos más que cruzaron mi mente. La escena era para enmarcar, princesa: un personajillo con una mochila desproporcionada y de la cual colgaban, como si nada, un par de calcetines y unos bóxer azul celeste. He tenido que bajarme la visera de la gorra para no volver a contemplar ese cuadro y no estallar en una carcajada mezcla de satisfacción y ridículo total.
Para eso ya estaba toda esa gente que compraba en el Corte Inglés, que nos miraba con cara de póquer. Pero a mí ya me daba igual. Estaba seguro de que no sería ni el primero ni el último ese día.

El avituallamiento ha sido, por descontado, a la carta, pero ciñéndose al presupuesto estipulado. Uno no puede despilfarrar ahora que sólo lleva dos días, pues si así hubiera sido mi aventura no hubiese durado lo que canta un gallo. Es difícil admitirlo, mi niña, pero ese comportamiento ahorrativo va en contra de mi propio carácter, siempre dispuesto a saciar su apetito de caprichos. Otra de tantas cosas que se ven desde aquí, desde otro ángulo, desde "el otro lado del espejo", desde el Camino de Santiago."

(...)

1 comentario:

  1. Es curioso como el tiempo hace que vivas las mismas situaciones, pero con diferentes sensaciones...... A saber cuanto más le queda a Salva por volver a vivir tan igual pero diferente a la vez...

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