Más letras, más vida...
Un segundo capítulo de un camino que promete.
Todo vuestro.
II.- La historia comienza.
Hay que ver lo bien que uno duerme en SU camita. Lo sé, las temperaturas no siempre acompañan y el calor de Julio a veces es asfixiante, pero el sentirse arropado por el bienestar es algo que no cambiaría ni por todas las brisas frescas.
El amanecer en un lugar extraño, tan ajeno a ti como para abrir los ojos y por un momento no saber donde estás, es una experiencia que merece la pena experimentar.
Y así lo hice en Roncesvalles.
No puedo decir que el sol, ese curioso visitante tan inoportuno a veces, se filtrara a través de las ventanas del albergue porque, a decir verdad, las ventanas eran tan minúsculas que ni el más atrevido rayo de luz hubiera podido colarse por ellas. Sin embargo no sé de que me extraño tanto: no eran todavía las 6:30 de la mañana por lo que ni si quiera el gran astro se había desperezado de su largo letargo.
A pesar de todo, desperté.
Lo primero que se me vino a la mente fue: “no sabes en dónde te has metido, chaval”. Esos primeros segundos, cuando aún no puedes ni abrir los ojillos, fueron los peores, lo reconozco. Pero poco después, al recordar mi Camino, al recordarte a ti y todas mis palabras y promesas que a mí mismo me había hecho, el sueño pareció desvanecerse tan rápido como me incorporé de la litera.
Perdóname, Laura, pero no quiero dejar pasar el momento para contarte como fue esa primera nochecita. Te aconsejo que, si eres una persona de sueño difícil, te armes de valor si algún día duermes en este improvisado templo del peregrinaje.
No es sólo que me clavara la tabla de ese supuesto somier con el que contaba la litera, no, eso en verdad hubiera sido tan sólo una dulce tortura. Eran, además, los ronquidos acompasados de seis o siete peregrinos, los movimientos de la cama producidos, a mi entender, por aquella pareja de abajo cuya noche fue bastante más interesante que la mía. Pero no, pequeña, esto no acaba aquí, súmale aquella chica de la linterna que no puede o quiere dormir y se pone a leer, con la luz, como no, apuntándote a ti directamente; esos pies que se te quedan helados… En fin, un cúmulo de cosas que han hecho de esta primera noche, de este primer amanecer en el Camino, algo inolvidable.
Sin embargo, querida mía, la energía con la que me he puesto en pie ha sido sobrenatural. Nunca dejaré de sorprenderme.
Es curioso como a las puertas de lo que pensamos un paraíso, los primeros pasos siempre son rápidos y con energía. Hay paraísos que lo merecen.
Desde luego que si tuvieras que emprender el interminable camino de indagar sobre aquel que tan sinceramente te escribe, pensarías que es mejor reservar energía.
La ilusión es también un compañero fiel para estos primeros momentos, y se convierte en un aliado cuando no sólo nos acompaña en los pasos iniciales, como he dicho, sino cuando se convierte, por meritos propios, en parte de nuestra vida.
La ilusión de verte cada día sonreír, de contemplar ese manantial de luz en tu mirada, de saber que tu ilusión por la vida es, al menos, tan grande como mi ilusión porque sigas formando parte de ella… espero que se convierta, tarde o temprano, en mi más fiel aliada.
(...)
martes, 25 de mayo de 2010
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ahh el extraordinario mundo de los albergues de peregrinos...y las ilusiones en el camino, que son lo único que mantienen a uno en pie cuando la cuesta duele...
ResponderEliminarA la espera de más!