martes, 13 de julio de 2010

Carta IV De vuelta... (3ªparte)

Puede que sea esta la estampa que contempló Salva nada más salir de Larrasoaña. Puede que no. Sea como sea, fue lo primero que yo vi nada más ponerme a caminar aquel día. Y me sobrecogió. Lo sé, la foto no le hace justicia a la realidad... pero algo es algo... Ahora es cuando vuestra imaginación se pone en marcha. ¡Aprovechadla!

Ojos de Lobo


"Estarás de acuerdo conmigo, mi niña, en que después de caminar 27 kilómetros, el ponerse en marcha podía ser, cuanto menos, complicado. Y así ha sido.
El dolor muscular de mis piernas ha hecho que las ganas de contemplar las maravillas que me aguardaban los 21 kilómetros siguientes, decrecieran.
Ahora que me doy cuenta, hablarte de estos “dolores”, a ti, es tan absurdo como creer que tienen importancia al compararlos con tu lucha. Si estuvieras ahora a mi lado hubiésemos compartido un par de carcajadas, un par de miradas de complicidad y esta irracional queja se hubiera quedado ahí. Sin embargo, y muy a mi pesar, no te tengo todo lo cerca que quisiera por lo que saldaré esto de la forma más racional que me sea posible. Porque, a pesar de todo, hay que ser fuertes y sabes tan bien como yo, que la gente luchadora mira a los problemas a la cara y los afronta con una mueca de entusiasmo. Esa es una de las cosas que admiro de ti y que hacen que, día tras día, me sienta tan orgulloso de ti como afortunado por tenerte.

Por eso, querida mía, me he vuelto a enfundar las botas y a pisar fuerte de nuevo ese camino pedregoso que me ha vuelto a dar la bienvenida.
Todo ha comenzado como acabó: con un paisaje arbolado que iba ganando atractivo por momentos.
Nada más salir de Larrasoaña, de frente a veces y a mi derecha otras, una aldea casi oculta por la espesura me vigilaba, impasible. Lo más estremecedor era la enorme construcción en piedra que se erguía como una fortaleza y que se convertía en el mejor centinela y testigo de mis primeros pasos en ese fresco amanecer. Dos enormes chopos le flanqueaban a ambos lados, dándole más majestuosidad si cabe. A decir verdad no parecía un edificio defensivo, a pesar de estar construido en inalterable piedra rojiza. Más bien parecía un monasterio. De esos que órdenes militares o humildes monjes habían levantado con el sudor de su esfuerzo o con el de otros, y en el que después habían morado durante siglos. Su presencia hoy es casi inexistente, pero sus maravillas siguen en pie, para deleite de todos. Sacrificios de pocos que servirán a causas mayores: la delicia de una eternidad de caminantes.

Al margen de esta belleza que te describo, me he dado cuenta de dos cosas.
La primera es que, a pesar de pensar que estaba perdiendo el tiempo, mis años de estudiante universitario sirvieron de algo. No ha habido más de media docena de personas que al escuchar la palabra Historia no hayan echado pestes sobre esta carrera. La frase: “vaya coñazo”, casi la consideraba ya como el inicio de mi discurso de graduación. Pero, querida Laura, que pena de aquellos que no valoraban todo lo que aprenden en esos “maravillosos años”, yo el primero. Podría hablarte de los monjes del Cistern, del Cluny y otros que controlaron el Camino de Santiago; de las órdenes militares que protegieron el Reino de Navarra durante siglos; de las luchas allí, al pie de los Pirineos, con enemigos de diversas coronas… Un sinfín de detalles que han hecho que esa simple mole de piedra se transformara en un libro abierto para unos ojos que saben leerlo. Satisfacción, esa es la palabra, mi niña.

Lo segundo en que he reparado es que, a pesar de contar con maravillas en nuestra geografía, no les prestamos atención. Me he visto a mi mismo en otros viajes, de placer si quieres llamarle, en los que me han pasado desapercibidas.

Si te place, y si la vida se digna en darnos la tregua que ambos merecemos, espero que una de tantas cosas pendientes que tengamos es el llevarte de viaje a cualquier rincón, con cualquier excusa, para contemplar maravillas: paisajes, el frescor de tu sonrisa, testigos de piedra, ese manantial de luz del que puedes presumir, y tantas otras cosas que encojan nuestro corazón, como aquella mañana se encogió el mío. "

(...)

1 comentario:

  1. No ha habido más de media docena de personas que al escuchar la palabra Historia no hayan echado pestes sobre esta carrera.Pero que pena de aquellos que no valoraban todo lo que aprenden de un libro, abierto para unos ojos que saben leerlo.
    A pesar de contar con maravillas en nuestra geografía, no les prestamos atención.
    Si se callaran los hombres, las piedras hablarían.=)

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